

Cada año se producen más de 50.000 infartos en Argentina y las enfermedades cardiovasculares constituyen la principal causa de muerte en el país, según datos del Ministerio de Salud de la Nación.
Los números son contundentes y exponen la relevancia de fechas como el 9 de abril. En esta jornada se conmemora el Día de la Cardiología, con el que se busca destacar el trabajo de los profesionales de la salud dedicados a esta especialidad y en donde además se concientiza sobre la prevención de las enfermedades cardiovasculares, que representan el 30,3% de los decesos anuales por causas definidas.
El asesino silencioso que está afectando tu corazón
La prevención demuestra que podemos reducir los factores de riesgo para no desarrollar una enfermedad cardiovascular. Mejorar hábitos, realizar chequeos y estar atentos a nuestra salud son fundamentales para evitar complicaciones.
En ese sentido, el Dr. Mario Boskis MN. 74002, cardiólogo y miembro titular de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC), asegura que a partir de los 35 años es recomendable realizar al menos una consulta médica de rutina que incluya:
- un examen físico completo,
- un electrocardiograma y
- un análisis de sangre con determinación de colesterol y glucemia.
Pero, más allá de esos resultados, pide prestar atención al ritmo de vida y a un “asesino silencioso”: el estrés.

Por qué el estrés puede causarte la muerte
Boskis asegura que “el estrés está reconocido hoy como uno de los principales factores de riesgo en la enfermedad cardiovascular”. Sin embargo, muchas veces permanece subestimado, en gran parte porque resulta difícil de medir en el consultorio, a diferencia de variables más objetivas como el colesterol o la presión arterial.
Además, subraya que no solo constituye un riesgo en sí mismo, sino que además actúa como un potente amplificador de otros factores. “Bajo condiciones de estrés, las personas tienden a adoptar conductas poco saludables: aumento en el consumo de tabaco o alcohol, alimentación inadecuada que favorece la obesidad y los trastornos metabólicos, y una menor adherencia a la actividad física, muchas veces por falta de motivación o fatiga mental", afirma.
Cómo impacta el estrés crónico en el cuerpo
Según explica el cardiólogo Mario Boskis, todo comienza con una reacción natural: la activación del sistema nervioso simpático. Ante una situación de tensión, el cuerpo se prepara para la acción, pero el problema surge cuando ese estado se mantiene. Si el estrés se vuelve crónico, el organismo empieza a liberar cortisol de forma constante, una hormona que, en exceso, altera el equilibrio biológico.
Una “tormenta química” en las arterias
Esta liberación sostenida de cortisol y otras sustancias, como las catecolaminas, genera un impacto directo en las tuberías del cuerpo: las arterias. El Dr. Boskis advierte que este proceso induce la aparición de sustancias inflamatorias y provoca una disfunción en el endotelio (la capa interna de los vasos sanguíneos), afectando la capacidad de las arterias para regular su tono y flujo.

Sangre más espesa y riesgo de obstrucción
A los daños en las paredes arteriales se suma un factor crítico: el estrés crónico favorece un estado protrombótico. Esto significa que la sangre se vuelve más propensa a coagularse, aumentando el riesgo de que se formen trombos. En conjunto, estos cambios crean el escenario “ideal” para que la aterosclerosis (el endurecimiento y obstrucción de las arterias) progrese de manera acelerada.
El desenlace fatal: del estrés al infarto
El impacto final de este proceso va mucho más allá del malestar anímico. Cuando las arterias coronarias se ven comprometidas por este entorno inflamatorio, el estrés actúa como el detonante de eventos graves. Dependiendo de qué vaso sanguíneo se vea afectado, las consecuencias pueden ser un infarto de miocardio o, si el daño ocurre en los vasos que irrigan el cerebro, un accidente cerebrovascular (ACV).
Cómo cuidar mi corazón: hábitos saludables para sumar en el día a día
El verdadero desafío, según el especialista, no es realizar esfuerzos heroicos, sino incorporar hábitos sostenidos. Para quienes tienen trabajos sedentarios, el Dr. Boskis recomienda una regla simple: levantarse cada 30 o 45 minutos para caminar apenas 5 minutos. Esta breve intervención ha demostrado ser eficaz para mejorar los niveles de glucemia y reducir la presión arterial.
A esto se deben sumar caminatas diarias de al menos 30 minutos y el hábito de elegir las escaleras sobre el ascensor; cada paso cuenta en la prevención integral.
Los 4 pilares para mayores de 30 años
A partir de la tercera década de vida, cultivar hábitos saludables es la mejor inversión para una vida productiva. Boskis destaca cuatro ejes fundamentales:
- El descanso como medicina: intentar dormir al menos 7 horas diarias, un reto en la vida moderna pero vital para el corazón.
- Cero tolerancia a tóxicos: evitar el tabaco en todas sus formas, dado su impacto devastador en la expectativa de vida.
- Alimentación real: priorizar alimentos que existan en la naturaleza y reducir al máximo los ultraprocesados de góndola.
- Chequeos preventivos: entender que la consulta médica no es solo para el enfermo, sino una herramienta de detección precoz.
El calendario de controles: ¿cuándo empezar?
La prevención busca detectar enfermedades antes de que aparezcan los síntomas. El esquema sugerido es:
- A los 35 años: realizar una consulta de rutina con examen físico, electrocardiograma y análisis de laboratorio (colesterol y glucemia). Si se planea hacer deporte intenso, sumar una ergometría.
- A partir de los 40 años: estructurar un chequeo más exhaustivo que incluya un ecodoppler cardíaco para evaluar la estructura del corazón.

Señales de alerta: cuándo no se puede esperar
Independientemente de la edad, existen síntomas que requieren una consulta médica inmediata. No se debe ignorar:
- Dolor en el pecho (torácico).
- Falta de aire desproporcionada al esfuerzo realizado.
- Palpitaciones o latidos irregulares.
- Mareos inexplicables.
A modo de cierre, Boskis enfatiza que “hoy el foco está en minimizar los riesgos, detectar la enfermedad en etapas asintomáticas y, sobre todo, avanzar hacia una prevención personalizada”.














