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La realidad del Riachuelo y qué se está haciendo para sanearlo

VIDEO: El Cronista navegó las aguas del río entre la contaminación, las promesas incumplidas y las nuevas obras en marcha. ¿Un espejo donde mirarse?

Ahora ya no pasa tanto, pero había una época en la que sacábamos, más o menos, un cuerpo por semana del río”. La observación se hace livianamente, casi como si fuera una obviedad. El sol incendia las pieles en este mediodía de enero y el curso de agua oficia de espejo: del calor, de lo que la argentinidad le arroja, de la argentinidad misma.

Las máquinas que trabajan por limpiarlo no pasan desapercibidas. Sacan de su cauce neumáticos, botellas, sillones. Otros días, pueden incluso avistarse, entre las garras que extraen aquello que le es ajeno, electrodomésticos (grandes y pequeños) e incluso autos.

El río devuelve a quien lo mira la imagen de lo que es. Y este señala con su dedo acusador la inmundicia y desidia en cada uno, y los bemoles de palabras que nunca se materializan en acciones, de discursos y voluntades políticas que nunca tendrán su correlato en la realidad. Porque este río no es otro que el Riachuelo.

De los 1000 días a los 10 años

“En 1995 vamos a ir allí a pasear en barco, a tomar mate, a bañarnos y a pescar”, había anticipado María Julia Alsogaray, entonces Secretaria de Recursos Naturales y Ambiente Humano, el 4 de enero de 1993. Así manifestaba la famosa promesa de los 1000 días. Pero, al concluir las presidencias menemistas, estas palabras eran aún solo palabras, y 2001 hizo que la contaminación del Riachuelo se diluyera entre los problemas económicos y sociales que tuvieron sede en el país.

No obstante, algo rescató del olvido a este curso de agua que se extiende por 64 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y 14 municipios bonaerenses. Se trata de la demanda que presentó un grupo de vecinos, en 2004, contra el Estado nacional, la provincia, la Ciudad y 44 empresas, reclamando la recomposición del ambiente y la creación de un fondo para financiar su saneamiento, así como un resarcimiento económico por daños y perjuicios. Este fue el inicio de lo que se conoce como la Causa Mendoza.

El fallo que emitió la Corte Suprema de Justicia en respuesta, a mediados de 2008, fue histórico: determinó la responsabilidad que correspondía a cada nivel estatal en la prevención y recomposición del daño ambiental, al tiempo que especificó quiénes deberían llevar a cabo las acciones y obras de saneamiento, y su plazo. Por otra parte, y en el marco de esta causa, dos años antes, la Ley 26.168 dio origen a la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo (Acumar), ente autónomo, autárquico e interjurisdiccional que conjuga el trabajo con los tres gobiernos que tienen competencia en el territorio en cuestión y en cuyos hombros recayeron las mayores responsabilidades del caso.

A poco de cumplirse una década de aquel fallo –las bodas de aluminio serán a mediados de este 2018–, la pregunta se vuelve inevitable: ¿pudo este torcer la historia de un cauce (y las poblaciones que viven a sus márgenes) relegado a la contaminación y al olvido?

Entre un 70 y un 80 por ciento de la contaminación orgánica proviene de los residuos cloacales , el resto son residuos industriales.

Plomo por aquí, plomo por allá

Las estadísticas, al menos, no son promisorias. Según cifras que la Acumar dio a conocer a finales de diciembre –al presentar su nuevo portal de datos abiertos, una herramienta que había sido exigida por el fallo de 2008 y recién ahora se cumplimenta–, los Índices de Calidad de Agua (ICA) oscilan entre 13 y los 60 puntos; muy malo si se considera que, de acuerdo a la escala internacional, hasta los 30 puntos no puede desarrollarse la vida.

Entre otros factores preocupantes se destaca que la población que vive en cercanías al Riachuelo tiene elevados índices de plomo en sangre. En Villa Inflamable (Dock Sud), por ejemplo, esta problemática alcanza al 40 por ciento de los habitantes; en un asentamiento de Lanús, a tres de cada 10; y en la villa 21-24 (Barracas), a dos de cada 10.  

“Sí, es alarmante”, dice Dorina Bonetti, titular (cuarta de la era presidencial macrista) de la Acumar, en relación a estos índices. Y continúa: “Lo que estamos haciendo ahora es un análisis exhaustivo de dónde proviene esa contaminación (de plomo en sangre), porque, a veces, no proviene del río, sino de la actividad económica que se realiza en los hogares, muchas veces, vinculada a juntar chatarra o a quemar el interior de los cables”.

Dorina Bonetti, titular de Acumar.

Ahora bien, ¿qué es el plomo? “Es un metal pesado que se usa en una cantidad de productos: aleaciones metálicas, pinturas, como aditivo en algunos plásticos. No tiene función biológica alguna, por tanto, tampoco hay un proceso biológico para detoxificarlo. El organismo lo confunde con una sustancia útil para el cuerpo y se lo almacena en los huesos. Es una sustancia tóxica que, tarde o temprano, llega al sistema nervioso central”, responde Verónica Odriozola, directora Ejecutiva de Salud Sin Daños. “Mayormente, hay que pensar en la ingesta a través del agua, alimentos contaminados o polvo (suelo contaminado o inhalación del plomo que está en aire, por la combustión de un material con este metal o su reciclaje)”, añade al ser consultada por el modo en que puede producirse una contaminación.

En el caso particular del Riachuelo, la sumatoria de condiciones lleva a que el problema se magnifique. “Es un tema en el caso de los niños, en quienes un alto nivel de plomo ha sido asociado a bajo coeficiente intelectual. Y en niños malnutridos es un problema mayor, ya que, para evitar el plomo en los huesos, se requiere de una dieta a base de calcio”, completa Odriozola.

Mirar, no tocar

Las grandes ausentes en los datos de la Acumar son las industrias. Durante el recorrido por parte del cauce, Bonetti asegura a El Cronista que  estarán a la brevedad –“si no están en la semana, serán en la que viene”, sus palabras–, pero, al cierre de esta edición, la información no está.

En relación a la influencia de este sector en la contaminación de la cuenca, la funcionaria expresa: “La contribución que, hoy, tienen los desechos industriales es más o menos entre un 20 y un 30 por ciento. En términos porcentuales, no es tanto”. Y, entre las medidas que llevan a cabo desde la entidad, destaca: “Estamos actuando muy fuertemente con patrullas ambientales, que lanzamos en junio o julio; en mayores controles y fiscalizaciones (incluso en los fines de semana y horarios nocturnos, que no se hacía); y multas con montos más importantes, porque las que se aplicaban eran casi simbólicas (podían ser de $ 25.000 a $ 50.000)”.

Estas acciones, no obstante, no son suficientes en la mirada de Andrés Nápoli, director Ejecutivo de Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), e ilustran un cuadro complaciente. “La política industrial ha quedado relativizada; de hecho, está tan relativizada que no tiene instrumentos de control. La principal herramienta son las resoluciones de vertidos y se cambiaron”, advierte.

Las resoluciones a las que hace referencia son dos que han sido históricamente cuestionadas por las organizaciones de la sociedad civil. Una declara agentes contaminantes y especifica cuáles son los vertidos que las industrias pueden arrojar; y la otra establece los usos del río, determinado en 4, esto es, recreación sin contacto directo. “Es un uso muy acomodado a la realidad de las industrias, pero no es conveniente al Riachuelo en todas sus etapas. Si establecés uso 4, prácticamente no vas a recuperar la cuenca alta. Esta estaría en condiciones de recuperarse en la medida en que exista un control industrial muy específico”, denuncia sobre la segunda. En cuanto a la primera, puntualiza: “Había muy pocas sustancias que estaban controladas y permitía diluir todas las sustancias en agua. Si se las diluía en grandes cantidades de agua era como que no pasaba por contaminante”.

Y el inconveniente que esto conlleva para el Riachuelo es central: este –describe Nápoli– “no es un río que pueda absorber cualquier sustancia”, dado que “es un estanque que, en su fase final, ni siquiera tiene agua en algunos momentos”. Por este motivo, para sanearlo, se necesita “hacer una ayuda enorme por parte de las fuentes de contaminación de vertidos”.

Dicho de otro modo: “Se debe saber qué cantidad de carga de masa contaminante puede recibir por día, por ejemplo. A partir de ese número, se establece cuánto contaminante va a recibir y se lo distribuye por las fuentes. Hoy, las normativas son al revés. Son de cuánto las fuentes pueden tirar para, más o menos, estar cómodas en ese proceso”.

Luego de insistentes reclamos de las organizaciones de la sociedad civil, e incluso de la Corte a partir de 2012, en 2017 esta resolución se modificó, dando paso a la 46. Pero esta no estuvo ajena, dice Nápoli, a “errores gravísimos”. Uno de ellos es que habilitó el vertido de contaminantes orgánicos persistentes, sustancias que están prohibidas por otras normas nacionales e internacionales.

Una de las imágenes de la recorrida realizada por El Cronista.

Esta resolución, ahora, está en proceso de revisión, pero no hay plazos definidos en los que deba resolverse. “Estamos trabajando en un diálogo constructivo junto con el Cuerpo Colegiado, tratando de encontrar entre todos cuál es la mejor normativa para que nuestro río sea el río que todos queremos”, se limita a decir Bonetti. “Lo que queremos es, principalmente, aclarar la tabla de vertidos, que era lo que más ruido generaba”.

De todos modos, el director Ejecutivo de FARN es categórico: “Hicimos un cambio de resoluciones y, en lo operativo, no se cambió nada. En síntesis, la Acumar no tiene instrumentos, por lo tanto no controla. No hay un objetivo de control de industrias, sino de avanzar con la obra pública, que es el objetivo general del Gobierno”.

La nueva promesa

Y es justamente esta obra la nueva gran promesa del Riachuelo. La propia Bonetti hace mención privilegiada de ella: “Lo más importante para el saneamiento del río es el Sistema Riachuelo, que es la principal obra de saneamiento de América latina”. Esta, dice, permitirá “colectar los residuos cloacales”, que suman “entre 70 por ciento y 80 por ciento de la contaminación orgánica que tiene el río hoy”.

Las obras, que está ejecutando AySA, estarán completas en 2021, si se cumplen los plazos previstos, e implican una inversión de US$ 1200 millones, financiada por el Estado nacional y créditos del Banco Mundial.

“El Sistema Riachuelo resuelve de una manera integral las limitaciones en la capacidad de transporte que tiene hoy gran parte del área de la concesión”, describe Marcela Alvarez, directora de Sistema Riachuelo de AySA. Y ahonda: “A nivel de efluentes cloacales, nuestra área de concesión mayoritariamente se apoya, a través de las cloacas máximas (grandes conductos que transportan efluente cloacal), en una única cuenca con vuelco a Berazategui. Pero, nuestras cloacas máximas están trabajando por encima de su capacidad. Era necesario diseñar un nuevo sistema integral que permitiera aliviarlas, generar un nuevo tratamiento completo por dilución y, en ruta, capturar e interceptar todos los pluviales y arroyos que vuelcan de manera directa al Riachuelo, como cuerpo receptor, e interceptar y llevar a tratamiento todo el efluente cloacal que, de modo fundamentalmente clandestino, o por funcionamientos irregulares de nuestra red de servicios terminan contaminando el Riachuelo”.

Las obras son de inmensa escala y ya están en marcha. Resta esperar y ver si 2021 trae consigo el “cambio abismal” que, dice Bonetti, este sistema implicará para el Riachuelo. ¿Dejarán, finalmente, las palabras de ser solo palabras y podrá el río comenzar a torcer el cauce de promesas incumplidas? Solo el tiempo lo dirá. Ahora, por sí sola, no es la solución a todos los males. Lo dice Nápoli: “Esa es una obra que necesita el río. Pero, el tema que tiene el saneamiento es que se tiene que ir en conjunto. Se deben sanear basurales, atender la salud, relocalizar viviendas, hacer asistencia social, planes de agua y reconversión industrial, todo eso es un paquete que va en conjunto, no puede ir uno sí y otro no”.

Ya es hora que el Riachuelo comience a reflejar la cara de otra argentinidad, pero, para eso, es la argentinidad misma la que debe transmutar. Y todo lleva a pensar que está muy lejos de hacerlo.

Nota publicada en la última edición especial Sustentabilidad de El Cronista.

Comentarios2
Mario Voelklein
Mario Voelklein 17/03/2018 12:34:29

GRAN OBRA !!!! se necesita ademas el compromiso de la gente y de las industrias !!!

Norberto Battilana
Norberto Battilana 03/03/2018 08:59:30

El Riachuelo es el mejor reflejo de la educación de los argentinos. El Conurbano bonaerense es el "cáncer" que se come la producción del resto del país y mata compatriotas.

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