A 10 días de finalizada la Cumbre, cuando los ánimos ya están serenos, y se han disipado las anécdotas diplomáticas, cabe preguntarse: ¿Por quién y para qué peleamos?

La primera respuesta que nos daría un observador atento sería: por nuestros productores agropecuarios. Claramente, la reiterada insistencia en la necesidad de eliminar los subsidios agrícolas en EE.UU ha sido la principal batalla que dieron los países del Mercosur y la condición sine qua non para sentarse a conversar de los otros componentes del comercio entre zonas.

Sin duda, la eliminación de los subsidios agrícolas en los EE.UU, un paquete que supera por mucho los 20.000 millones de dólares anuales, sería muy beneficioso para el agro argentino, ya que pasarían seguramente a ser grandes importadores, y así aumentarían los precios de estos productos a nivel mundial. Además esto no podría ocurrir sin que la Unión Europea haga algo semejante.

Pero la batalla en contra de los subsidios agrícolas es el gran tema de la Ronda Doha de la OMC, que tendrá, en pocas semanas más, en Hong Kong, la oportunidad de mostrar sus resultados, los que hoy se anticipan como francamente decepcionantes. El mundo viene desde hace décadas observando esta hipócrita batalla entre los EE.UU. y la UE por este tema. Por lo tanto, al plantear tan enérgicamente la cuestión de los subsidios agrícolas, estamos en realidad buscando frenar el proceso de integración del ALCA.

¿Y a quién beneficia frenar el ALCA? Fundamentalmente a Brasil, quien eventualmente pretende un tratamiento especial por su condición de mayor economía de este subcontinente.

Las principales pretensiones de los EE.UU. pasan por la apertura en los servicios (incluyendo la banca), de las licitaciones de las compras gubernamentales, y en el tratamiento de la propiedad intelectual. También incluye la reducción de los aranceles, especialmente en bienes de capital, electrónicos, y en la industria automotriz. En todos estos rubros, la economía brasileña es mucho más vulnerable que la argentina, especialmente en el contexto de sobrevaluación cambiaria. La Argentina ya se abrió durante la década pasada en los servicios y en bienes de capital, y actualmente ya tiene un importante déficit comercial en electrónicos (fundamentalmente celulares), electrodomésticos, automotores y autopartes, justamente con Brasil.

La importancia política y económica del Mercosur no debe ponerse en duda. Pero ya no alcanza con decir que resulta un privilegio tener un acceso casi exclusivo a un gran mercado cerrado como el de nuestro vecino, porque el proceso de apertura ya ha comenzado, y es inevitable que llegue a acuerdos bilaterales. Tampoco resulta válido el argumento que conviene negociar al lado del grandote, por que las ventajas de las negociaciones, seguramente se las queda el grandote, mientras que las concesiones serán las que más nos duelen a nosotros.

La Argentina necesita una actitud pragmática e interesada en las relaciones comerciales con el exterior, porque el mayor desafío económico para nuestro país hoy es generar 15 años más de crecimiento sostenido. Y para eso debemos mantener un fuerte crecimiento de nuestras exportaciones, especialmente las de mayor valor agregado. Deberíamos transformar los casi 15.000 millones de exportaciones primarias (incluyendo petróleo) en más del doble de mayores exportaciones de productos agroindustriales que generen más empleo, y más servicios, y más actividad económica. Por eso debemos rechazar propuestas como las de la UE, que acepta bajar un 60% los subsidios agrícolas, pero imponiéndonos un techo a las exportaciones de pollos, lácteos, productos azucarados, jugos de frutas y carnes.

Pero también tenemos que impulsar las exportaciones industriales donde hemos desarrollado ventajas. Y seguir impulsando las ventas de servicios y la recepción de turismo.

Todo esto nos debe llevar a ver a todo el mundo (pero especialmente al Asia) como un gran mercado, y a la globalización, no sólo como una amenaza, sino como una gran oportunidad. Es bueno haber superado la patética década de las “relaciones carnales que ni pudieron evitar que nuestro dulce de leche pague más de 80% de arancel para entrar en los EE.UU.

Pero no caigamos en el extremo opuesto, guiados por intereses regionales, igualmente vacío de resultados comerciales beneficiosos para nuestro pueblo, que desesperadamente necesita mayores salarios que los que podría conseguir en el mercado doméstico. Tampoco busquemos exclusivamente el ideal del comercio equilibrado en el marco de la OMC. Aprendamos de otras economías, como Australia, Chile, México y Nueva Zelanda, que han recorrido exitosamente el modelo menos ambicioso pero más realista de los acuerdos “país por país y producto por producto .