Por la noche y los fines de semana, la agenda de Sergio Massa es la típica de cualquier candidato a la presidencia argentina: fotos compartiendo mate, la bebida nacional, con jubilados, visitas a fábricas y entrevistas televisivas con luces estridentes en las que acepta regalos como un alfajor decorado con su propia cara.

Pero durante la jornada laboral, Massa, el ministro de Economía de Argentina, tiene sobre sus hombros el peso del país con más problemas financieros de Sudamérica.

Las cruciales negociaciones con el FMI están estancadas, dejando a Argentina al borde del default. La inflación anual alcanzó el 115,6% en junio. Los economistas estiman que las reservas netas de divisas del banco central están en números rojos, en torno a los u$s 6500 millones. Massa ha introducido un mosaico de medidas de emergencia para mantener la situación a flote, acumulando aún más problemas para el próximo gobierno.

Pero Massa cree que aún tiene una sólida oportunidad en las elecciones de octubre, con el respaldo de la coalición peronista Unión por la Patria -que representa al movimiento político fundado por el líder argentino del siglo XX Juan Perón, que gobierna desde 2019.

"Unidos y con proyecto de país vamos a volver a ganar, a pesar de todo lo que pudimos dejar de cumplir en el camino a lo largo de los años", dijo a los espectadores de un programa de entrevistas dominical este mes.

Puede que no se equivoque. Procedente del ala moderada y pro-mercado del peronismo, Massa es visto como la mejor oportunidad del movimiento populista para aferrarse al poder en unas elecciones en las que las encuestas de opinión han favorecido sistemáticamente una victoria de la coalición de oposición pro-empresarial Juntos por el Cambio.

Massa, de 51 años, es un astuto operador político. Hijo de inmigrantes sicilianos con un negocio de construcción en la ciudad de San Martín, Massa ha sabido moverse entre los bandos políticos argentinos, profundamente divididos, desde que era adolescente y se afilió a su primer partido, una fuerza ultraliberal ya desaparecida.

En diferentes momentos, ha sido un aliado indispensable para todos los dirigentes recientes del país, tanto peronistas como antiperonistas. Ha cultivado estrechos vínculos con líderes empresariales de la minería, la industria y los medios de comunicación y, en los últimos años, una red de influyentes amigos en Estados Unidos.

Ninguna relación ilustra mejor la astucia de Massa que la que ha desarrollado con la líder radical del peronismo, Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta y actual vicepresidenta. En 2015, Massa se presentó a las elecciones presidenciales por su propio partido centrista, el Frente Renovador, con la promesa de enviar a prisión por corrupción a los miembros del movimiento de Kirchner. Ahora es su candidato ungido, un respaldo que asegura millones de votos peronistas.

La alianza con Kirchner, que aumentó los impuestos a la exportación, recurrió al control de divisas y expandió una burocracia laberíntica durante sus dos mandatos presidenciales, preocupa a las empresas en Argentina.

"Mi experiencia con Massa es que quiere hacer las cosas bien y es alguien con quien se pueden discutir las cosas", dijo Nicolás Pino, presidente de la Sociedad Rural Argentina. Eso contrasta con una relación "muy tensa" con Kirchner. "Pero Massa todavía no ha dado ningún avance en la dirección que quiere nuestro sector".

Que pueda hacerlo en el futuro "todo dependerá de su capacidad para manejarse dentro del gobierno que quiere liderar", añadió Pino.

Gustavo Martínez Pandiani, asesor de Massa durante muchos años y actual funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, dijo que Massa "pondría su propio sello" en el próximo gobierno peronista. "Siempre ha creído en el orden fiscal. Para él es importante que haya un círculo virtuoso entre el sector privado y un Estado que no sea de proporciones elefantiásicas, pero [que sea] eficiente."

Lucas Romero, director de Synopsis, una consultora política y encuestadora, dijo que Massa "dependerá de Cristina" porque tiene poco atractivo electoral personal. Según Romero, la palabra más utilizada por los votantes para describir a Massa es "poco confiable".

De hecho, algunos que se han cruzado profesionalmente con Massa lo describen como calculador, alguien con quien es fácil charlar, con un estilo aparentemente informal, pero que "nunca improvisa". Entre los peronistas prevalece la sensación de que es peligroso criticar al ministro.

Los aliados dijeron que las características de Massa eran justo lo que Argentina necesitaba para atravesar otra crisis. "Da la impresión de estar muy bien preparado, como si lo tuviera todo bajo control", dijo la ministra de Minería, María Fernanda Ávila, que empezó a depender de Massa cuando éste reorganizó muchos de los principales departamentos en un 'superministerio'.

En una reunión reciente con una importante empresa que estudiaba una inversión minera en Argentina, recordó Avila, Massa cuestionó abruptamente la afirmación casual de los ejecutivos de que el proyecto podría no ser rentable.

"Hizo un cálculo muy rápido y dijo: 'Miren, si quieren esto, yo les doy esto, ustedes me dan esto, y funciona'", dijo. "Normalmente, en estas reuniones, la empresa está en posición de poder, pero de repente éramos como iguales".

Massa nunca ha ocultado su ambición de llegar a los más altos cargos de Argentina.

A los 27 años, se convirtió en el diputado más joven de la legislatura provincial de Buenos Aires. A los 29, dirigía el enorme organismo de seguridad social de Argentina. Mientras tanto, su matrimonio con Malena Galmarini, hija política de una dinastía peronista, lo convirtió en la mitad de una formidable pareja de poder. Incluso cuando ha perdido las elecciones, a la presidencia en 2015 y al senado en 2017, ha encontrado rápidamente el camino de vuelta a puestos influyentes en el gobierno.

La búsqueda del poder es la "línea recta" a través de la sinuosa trayectoria de Massa en la política argentina, dijo Diego Genoud, autor de 'El arribista del poder', una biografía del político publicada este año.

Era una cualidad que lo convertía en un líder intrínsecamente impredecible para un país que se enfrentaba a duras decisiones económicas, añadió. "Hay dos errores fatales que se pueden cometer con Massa. Uno es subestimarlo. El otro es creer todo lo que dice".