El 55% de los trabajadores en España ha experimentado burnout, según una encuesta realizada en 2025 a más de 1500 personas por la plataforma de salud mental Unobravo. La excesiva carga de trabajo, las jornadas largas y la falta de reconocimiento figuran como los principales detonantes. Solo el 12% de los afectados ha buscado apoyo psicológico.
En ese contexto, una publicación reciente del psicólogo organizacional Adam Grant en X y LinkedIn disparó el debate. Grant, profesor en la Escuela de Negocios Wharton, donde ha sido reconocido con el Premio a la Excelencia en la Enseñanza, lo resumió en tres frases: en culturas tóxicas, el burnout es una medalla de honor; en culturas del esfuerzo extremo, es una señal de debilidad; en culturas saludables, es una llamada de socorro que hay que atender.
Por qué el agotamiento laboral se convierte en símbolo de productividad
El mecanismo que describe Grant no es nuevo, pero la velocidad con que se ha instalado en las organizaciones sí lo es. En una cultura laboral tóxica, el trabajador que aguanta más horas, que no desconecta, que responde mensajes a las once de la noche, no es visto como alguien con un problema: es visto como alguien comprometido. El agotamiento, en ese esquema, no es un síntoma. Es una prueba de valor.
Grant sostiene que el burnout no es un problema de la cabeza del empleado, sino de sus circunstancias. Trabajos con alta demanda, bajo control y escaso apoyo son la combinación que produce agotamiento crónico. Las soluciones estructurales —redistribuir tareas, dar autonomía, normalizar pedir ayuda— importan más que la resiliencia individual.
¿Por qué los empleados acaban compitiendo por quién está más agotado?
La respuesta está en cómo las organizaciones definen el éxito. Cuando los líderes llegan temprano, se van tarde y hablan de sus horas de trabajo como logros, el mensaje hacia abajo es claro: eso es lo que se espera. Los empleados no reproducen ese comportamiento porque quieran. Lo reproducen porque el sistema los recompensa por ello, o los penaliza si no lo hacen.
Un informe de Hays recoge que el 87% de los profesionales en España experimenta algún grado de burnout silencioso: mantienen altos niveles de productividad mientras se deterioran emocionalmente. Eso hace que el problema sea difícil de detectar. El trabajador sigue rindiendo, sigue respondiendo correos, sigue sonriendo en las reuniones. El agotamiento queda invisible hasta que ya no lo es.
El coste de normalizar el agotamiento en el trabajo
Los datos de salud laboral añaden otro ángulo. El informe de la UGT sobre salud mental y trabajo de 2025 señala que la precariedad laboral incrementa en un 61% las probabilidades de desarrollar depresión y en un 77% las de sufrir ansiedad. Los grupos más afectados son los jóvenes de entre 25 y 34 años y las mujeres, que combinan más contratos temporales, doble jornada y menos red de apoyo.
En el sector sanitario, los números son más crudos. Según un informe de la Organización Médica Colegial de noviembre de 2025, el 93,9% de los médicos jóvenes en España reporta síntomas de burnout. El absentismo laboral cerró el primer trimestre de 2025 con una tasa del 7%, la segunda más alta registrada en el país, según datos de Randstad Research, con más de 1,5 millones de empleados ausentes cada día.