La actividad manufacturera del país no logra encontrar su piso y el estancamiento comienza a pasar una dura factura en los balances corporativos.
Según los resultados de la III Encuesta de la Unión Industrial Argentina (UIA), el Monitor de Desempeño Industrial (MDI) —que anticipa la dinámica del sector— se ubicó en 40,4 puntos en julio.
Este número representó una caída interanual de 4,7 puntos porcentuales y dejó en evidencia un rojo generalizado: absolutamente todos los rubros relevados operaron por debajo de la barrera de los 50 puntos, la línea que divide el crecimiento de la contracción.
El origen de este deterioro se encuentra casi con exclusividad en el mercado interno. La mitad de las empresas consultadas registró una caída en sus ventas locales, mientras que apenas un 16,2% logró incrementarlas. La foto de la producción calcó esta tendencia, con un 42,9% de las firmas operando a la baja.
En contraste, las exportaciones mostraron un desempeño menos perjudicial y amortiguaron parcialmente el golpe, lo que confirma que el principal desafío del sector es el desplome de la demanda doméstica, señalado como el mayor problema por casi el 50% de los industriales.
Como es habitual en escenarios recesivos, el impacto es asimétrico y castiga con mayor rigor a los eslabones más débiles de la cadena. Las micro y pequeñas empresas enfrentan el contexto más exigente de la muestra.
Dentro de este segmento específico, el 47,8% se vio obligado a reducir su producción y el 54,8% sufrió una merma en sus ventas. Ambas proporciones superan con creces los promedios registrados en las compañías medianas y grandes, que cuentan con mayor espalda para resistir la coyuntura.
La prolongación de esta debilidad en las ventas comenzó a trasladarse de manera directa y peligrosa a la situación financiera. El informe de la UIA arrojó que el 47,6% de las fábricas tuvo dificultades para afrontar en su totalidad al menos uno de sus pagos habituales, priorizando postergar impuestos y frenar pagos a proveedores.
El dato más alarmante de la serie histórica es que un 9,2% de las firmas registró problemas para cumplir con todos sus compromisos en simultáneo, un salto significativo que duplica el promedio habitual de este indicador.
Ante este ahogo de liquidez, las estrategias de supervivencia encarecen la operatoria diaria. Más de la mitad de las empresas con problemas de caja debió recurrir a un mayor endeudamiento o a líneas de financiamiento de corto plazo.
A esto se sumó un cambio estructural en la matriz de gastos: los costos energéticos ganaron una fuerte relevancia en el último trimestre y, por primera vez, desplazaron a los insumos nacionales para ubicarse en el segundo lugar de las mayores preocupaciones de los industriales, solo por detrás de los costos laborales.
Pese a los números en rojo, el sector privado mantiene un esfuerzo visible por sostener los puestos de trabajo. La proporción de firmas que redujo su dotación se mantuvo estable en un 21,2%, una cifra significativamente menor a la caída productiva.
Para evitar despidos masivos, las fábricas recurrieron a mecanismos de flexibilización interna. La reducción de turnos laborales fue la herramienta más utilizada, afectando al 18,7% de las empresas, seguida por el adelanto de vacaciones y, en menor medida, esquemas de suspensiones.
Este panorama de retracción condiciona fuertemente las perspectivas a mediano plazo y el apetito por inyectar capital. En promedio, la utilización de la capacidad instalada (UCI) se ubicó en un magro 53,6%. El 64,4% de los industriales reconoció operar por debajo de su nivel considerado óptimo y ocho de cada diez no esperan recuperarlo en el transcurso del próximo año.
Bajo este clima de negocios, se contrajo drásticamente el porcentaje de empresarios que considera oportuno el momento actual para realizar inversiones en bienes de capital, maquinaria o innovación.
El impacto de la competencia desleal
Finalmente, el relevamiento incorporó un apartado especial que encendió las alarmas en sectores sensibles: la competencia desleal.
Seis de cada diez empresas afirmaron que el contrabando, la informalidad y el ingreso de productos del exterior a precios artificialmente bajos tienen un impacto alto o muy alto sobre su rentabilidad.
La mitad de las empresas señaló que los productos de origen externo se comercializan a precios artificialmente bajos, presionando los precios locales por debajo de niveles suficientes para cubrir los costos mínimos de producción.
La falta de trazabilidad y la comercialización sin factura golpean especialmente al rubro textil y de indumentaria, donde más del 84% de las firmas lo considera una amenaza crítica que presiona los precios locales por debajo de los costos mínimos de producción.