A veces cuesta imaginar por qué ciertos hechos no dejan huellas en el radar intelectual, político y periodístico del continente americano. Estos brotes de realismo mágico son casi imperceptibles y están atados a la pasiva negación de acontecimientos de difícil lectura social. En diciembre de 2014, Direct TV decidió usar, sin hacer mucho ruido, varios de sus mejores horarios regionales en la aventurada tarea de difundir el documental Los que no creen (The unbelievers, 2013), un anárquico pegote cinematográfico donde se resumen las ideas de los doctores Richard Dawkins (profesor retirado de la Universidad de Oxford y actual director de la Fundación para la Razón y las Ciencias) y Lawrence M. Kraus (profesor titular del Instituto Tecnológico de Massachusetts o MIT), cuyas tesis gozan de prestigio en el influyente mundillo académico anglosajón, pero califican de pronóstico reservado en medios con menor sofisticación intelectual. El dúo propone nada menos que reemplazar las tradicionales interpretaciones religiosas acerca de la evolución y el habitat del hombre, por una investigación atada sin cortapisas al conocimiento, las evidencias y los principios científicos. Para hacerlo, estiman necesario descartar los axiomas de la fe y la existencia de Dios a fin de replantear, desde la antedicha perspectiva, los grandes desafíos del desarrollo antropológico, social y del conjunto de las ciencias asociadas. Alegan que esas libertades permitieron forjar la teoría del Big Bang. Y algo más. Incitan a organizar y sacar del closet a quienes no son creyentes, a terminar su conducta de minoría perseguida y a quebrar su mimetismo con la corrección política circundante ante el temor a ver cercenadas sus carreras profesionales. Pero la novedad es que el dúo no apela a los viejos argumentos del marxismo deductivo, ni a las filosofías que generaron más de cien años de discusiones utópicas, discursivas o existenciales, en casi exclusivo beneficio de las industrias cafeteras y vinícolas.

Dawkins y Kraus no están solos. El brote occidental de no creyentes reconoce a precursores más antiguos del calibre de Bill Maher, un ateo desinhibido, irónico y provocador, que conduce con singular talento el exitoso show político Tiempo Real (Real Time), un programa de tv que se transmite por la cadena estadounidense Home Box Office (HBO) y simpatiza abiertamente, a pesar de su equidistancia dialéctica, con las ideas del ala más radicalizada del Partido Demócrata. En marzo de 2013 Maher abrió su programa con un reportaje a Dawkins.

El film Los que no creen se encuentra en internet y su rodaje describe torpemente la gira de Dawkins y Kraus por ciudades de Australia, Nueva Zelandia y Estados Unidos, incluido el fragmento de un acto multitudinario realizado en un espacio abierto cercano a la Casa Blanca. En la película se menciona lateralmente a otras celebridades, como el multifacético director y escritor Woody Allen, a la actriz Cameron Díaz y, sin escala de prioridades, al debate realizado en Sydney con la participación de los aludidos académicos y del eminente Cardenal e intelectual australiano George Pell, quien se desempeña como Prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede por designación del Papa Francisco. Lo cierto es que esos materiales no permiten volcar simpatías de modo unidireccional. Aunque el espectador atento puede recibir con naturalidad las exhortaciones destinadas a apoyar la jerarquización del enfoque científico, no es tan seguro que acepte con facilidad la noción de enterrar o descartar racionalmente los grandes filones de la cultura religiosa. Sobre todo cuando la Iglesia Católica exhibe el discernimiento como concepto de cabecera, una idea similar a la que reivindican los autores de la cruzada académica.

Lo importante ahora no es decidir quién tiene razón. Lo socialmente peligroso es aceptar las conductas de quienes llevan a silenciar la existencia e incidencia de estas propuestas. Una sociedad no tiene libre elección sin transparencia cultural. Y la transparencia no existe cuando hay pueblos mal informados, inmaduros o ajenos al soberano ejercicio de distinguir entre lo que son hechos indiscutibles, actos dogmáticos atribuibles a la fe y preferencias subjetivas. Las facultades de pensar y discernir no son ejercicios delegables.