En la actual coyuntura, y a pesar de todo el ruido intrasemanal que persiste, si el crudo logra consolidarse por debajo de los u$s 70 por barril, no solamente continuará descomprimiendo las expectativas de inflación, sino que también obligará al mercado a revisar buena parte de los escenarios extremadamente agresivos que llegó a descontar para la política monetaria norteamericana.
La primera evidencia de ese proceso ya puede observarse en la curva de break-evens. Las expectativas de inflación siguen descendiendo tanto en los tramos cortos como largos, mientras la parte larga de la curva de tasas comenzó a reflejar una realidad bastante más tranquila.
El único foco de resistencia continúa siendo el tramo corto, donde todavía persiste el temor a una Reserva Federal excesivamente hawkish. Sin embargo, cuesta justificar esa lectura cuando la inflación implícita continúa acercándose al objetivo oficial del 2%.
Todo indica que Wall Street volvió a reaccionar de manera exagerada frente al shock del petróleo, descontando un endurecimiento monetario que probablemente nunca llegue a materializarse. Un banco central neutral parece hoy un escenario bastante más consistente que uno claramente restrictivo.
Si bien persiste una alta volatilidad en la actualidad, este cambio de expectativas también comienza a modificar la forma en que los inversores asignan riesgo. Los activos que fueron más castigados durante el episodio de tensión geopolítica podrían transformarse precisamente en aquellos con mayor capacidad de recuperación si el escenario continúa normalizándose.
A medida que disminuye la incertidumbre, el mercado suele abandonar las posiciones más defensivas para volver gradualmente hacia aquellos segmentos que quedaron rezagados durante la etapa de mayor aversión al riesgo. Si esa hipótesis termina confirmándose, las consecuencias podrían extenderse rápidamente al resto de los mercados.
El oro y la plata fueron dos de las principales víctimas del aumento de tasas provocado por el conflicto, pero una estabilización de la curva norteamericana podría devolverles protagonismo.
Además del factor coyuntural, sigue vigente un argumento estructural difícil de ignorar. El elevado endeudamiento de las economías desarrolladas y los persistentes déficits fiscales mantienen intacta la tesis de una gradual depreciación del dólar en el largo plazo, un contexto históricamente favorable para los metales preciosos.
El mercado accionario también refleja una fuerte fragmentación. La inteligencia artificial continúa canalizando buena parte de los flujos hacia el Nasdaq, permitiendo que el sector tecnológico mantenga una performance muy superior al resto del universo accionario.
Fuera de ese segmento, el panorama resulta bastante más desafiante. Los mercados emergentes fueron especialmente castigados por el endurecimiento de las condiciones financieras internacionales y todavía muestran un importante rezago relativo. Sin embargo, si el petróleo continúa debilitándose y las tasas comienzan a normalizarse, esa underperformance podría transformarse en una interesante oportunidad de recuperación.
Los próximos meses probablemente estén marcados por un cambio de narrativa. Los datos de inflación y empleo seguirán ocupando titulares, aunque es posible que describan una economía que el mercado ya habrá dejado atrás.
Si el petróleo permanece en los niveles actuales, las cifras de inflación publicadas durante los próximos meses perderán parte de su capacidad para sorprender. En ese contexto, la atención comenzará a desplazarse hacia las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos.
Históricamente esos procesos suelen introducir volatilidad, aunque esta vez el mercado llega después de haber atravesado un período extraordinariamente intenso, con guerra, shock energético y fuertes oscilaciones financieras. No sería extraño que una parte importante de ese ajuste ya haya sido absorbida.
Si ese diagnóstico resulta correcto, la segunda mitad del año podría encontrar a los mercados con una inflación mucho más controlada, una Reserva Federal menos condicionada por la retórica y unos inversores nuevamente concentrados en los fundamentos económicos, dejando atrás un período excepcional en el que prácticamente todo dependía de la geopolítica.