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El documento interno del Pentágono filtrado la semana pasada a Reuters lo planteaba como una venganza: Estados Unidos evalúa un cambio de posición en el conflicto por Malvinas en respuesta a la falta de apoyo británico en la guerra con Irán.

El impacto fue enorme, no solo por tratarse de algo que se discute en el corazón de la política militar estadounidense, sino porque no era una idea completamente sacada de contexto. Hay sectores de la política estadounidense, sobre todo en el Partido Republicano, que están cada vez más enojados con el Reino Unido y que desde hace meses proponen usar a las Malvinas como retaliación.

Por eso la reacción británica fue inmediata. Desde el laborismo hasta los conservadores y la derecha dura de Nigel Farage, todo el arco político cerró filas. No es casual. Desde 1982, las islas también se convirtieron en una causa nacional británica, especialmente sensible para un eximperio en franca decadencia, que sigue aferrado a los vestigios de su viejo poder.

Para todos ellos, la visita del rey Carlos III a Estados Unidos tuvo un extraordinario sentido de oportunidad. Le permitió a Londres discutir estos temas con la administración Trump: Yvette Cooper, secretaria de relaciones exteriores británica, se lo planteó personalmente a Marco Rubio.

El primer ministro Keir Starmer respiró aliviado cuando escuchó a Trump alabar la amistad histórica entre Estados Unidos y el Reino Unido. Sobre todo luego de que el secretario de Estado le bajara el precio a la filtración: “Fue sólo un mail con algunas ideas”. No dijo que fueran ideas disparatadas.

Pero sería un error creer que este debate es sólo una derivación más del carácter volcánico y vengativo de Trump. La realidad es que hay razones mucho más profundas por las que Estados Unidos podría ver con buenos ojos que el Reino Unido se retire del Atlántico Sur.

Desde el USS Nimitz

Es una casualidad interesante que el mail del Pentágono se haya filtrado justo antes de la visita del rey Carlos III a Estados Unidos y de la llegada del portaaviones USS Nimitz a la costa argentina en el marco de la campaña Southern Seas 2026. Los ejercicios Passex, de los que participaron destructores, corbetas y patrulleros oceánicos de la Armada Argentina, son una señal mucho más importante.

Todo ello coronado con el paseo del presidente Javier Milei por la cubierta del portaaviones junto al embajador Peter Lamelas. Lo que se está configurando en el plano material y también en el simbólico es una alianza estratégica de largo plazo entre la Argentina y Estados Unidos. Como tal, también una alianza militar.

Primero fue la compra de los aviones F-16 y de los blindados Stryker. Luego, las conversaciones sobre una base naval integrada en Ushuaia, que ya habían ganado centralidad hace dos años, cuando Milei viajó a Tierra del Fuego con la general Laura Richardson, que entonces estaba al frente del Comando Sur. El plan de esa base, la decisión de enviar al Nimitz a cruzar el estrecho de Magallanes y las deliberaciones sobre Malvinas son piezas de un rompecabezas geopolítico.

Lo que está en juego es una de las grandes disputas imperiales que se viene en las próximas décadas: el control de la Antártida. La fecha clave es 2048, cuando se abre la posibilidad de revisar el Protocolo de Madrid, que prohíbe las actividades relacionadas con la explotación de recursos minerales antárticos. Por eso el Atlántico Sur, y toda su proyección hacia la Antártida, adquiere cada vez más valor estratégico. De ahí que Estados Unidos y China muestren un interés creciente en esta región

En ese tablero, la Argentina tiene una posición privilegiada: fue el primer país en tener una base permanente en el continente blanco y es uno de los siete con reclamos de soberanía. Las Malvinas, con su ubicación geográfica y su potencial petrolero, se vuelven cada vez más trascendentes en este contexto.

La doctrina Donroe

La pregunta que empieza a hacerse cada vez más gente en Washington es simple: ¿a quién nos conviene tener como aliado en Malvinas? ¿A una potencia intermedia como el Reino Unido, que ya no es un imperio pero conserva autonomía suficiente como para negarle apoyo a Estados Unidos en una guerra, como hizo en el caso de Irán? ¿O a un país mucho más vulnerable, con una economía más chica, fuerzas armadas más débiles y una dependencia mucho mayor de la alianza con Washington?

WASHINGTON (UNITED STATES OF AMERICA), 30/04/2026.- US President Donald J. Trump speaks as signs executive orders in the Oval Office of the White House in Washington, DC, USA, 30 April 2026. EFE/EPA/AARON SCHWARTZ / POOL Fuente: EPA/CNP / POOLEFE / Aaron Schwartz

Desde esa perspectiva, la Argentina puede aparecer como un socio más confiable. No por fortaleza, sino precisamente por fragilidad. Esto va más allá de la alianza circunstancial entre los gobiernos de Trump y Milei. Aunque hubiera un gobierno menos entusiasta de Estados Unidos, tendría muchas menos condiciones para negarse a prestar apoyo militar o logístico si los que vengan después de Trump lo demandaran. Más aún si hubiera un cambio en el estatus de las islas con Washington actuando como garante.

Todo esto encaja además con la nueva doctrina de seguridad nacional estadounidense, que establece como prioridad estratégica el hemisferio occidental. Es la lógica que Trump bautizó Donroe, recreando la vieja doctrina formulada por James Monroe en la década de 1820, bajo la consigna “América para los americanos”. Es decir: América para Estados Unidos. La premisa es que no debe haber potencias externas disputando influencia en la región.

Hoy eso apunta contra China. Pero perfectamente podría aplicarse también al Reino Unido, del mismo modo que aplica a Dinamarca en la disputa por Groenlandia. En el fondo, Groenlandia y Malvinas son parte de la misma discusión: territorios estratégicos por sus recursos y por su valor como plataforma para proyectar poder sobre regiones polares cada vez más importantes.

Lo que está cambiando es mucho más grande que los humores de Trump. Es el nuevo enfoque de Estados Unidos para garantizar su preeminencia como potencia mundial.