“Vamos a comerciar con todos”. La definición del presidente Javier Milei transmitió en Davos el mensaje que esperaban no solo los empresarios y banqueros presentes, sino también buena parte del Círculo Rojo que siguió desde la Argentina con inquietud los acontecimientos de las últimas horas: desde el congelamiento del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur impulsado por el Parlamento Europeo hasta el desafío de Donald Trump a las autoridades del Viejo Continente en el escenario del Foro Económico Mundial, con la disputa por el control de Groenlandia como telón de fondo.
En un contexto de creciente tensión geopolítica, el jefe de Estado ofreció al sector privado una señal de pragmatismo que busca caracterizar la segunda etapa de su gestión. La acumulación de reservas aparece como el objetivo más visible; la apertura comercial, como la condición necesaria para alcanzarlo.
La Argentina necesita sumar divisas para pagar la deuda, pero también para financiar infraestructura y atender su demanda interna, de modo de alentar una producción deprimida y activar la creación de empleo en el sector privado.
Los datos oficiales dan cuenta de esa fragilidad. La actividad industrial acumula una contracción en los últimos tres años, mientras que el empleo privado registrado se mantiene en niveles similares a los de hace más de una década, pese a que la población creció cerca de un 10% en ese período.
El Indec confirmó, además, que la actividad económica se estancó el año pasado: el estimador mensual desestacionalizado mostró en noviembre un nivel inferior al de ocho años atrás. Y si bien las exportaciones alcanzaron un récord en diciembre y cerraron 2025 con la segunda mejor marca anual de la historia, el superávit comercial se redujo 40% frente al observado en 2024 por el fuerte incremento de las importaciones, lo que implicó unos US$ 7.700 millones menos al momento de hacer las cuentas.
En este marco, la urgencia por conseguir dólares en un escenario internacional convulsionado obliga a hacer equilibrio entre potencias y bloques comerciales, más allá de las disputas entre ellos o de las afinidades políticas del gobierno de turno.
China, Brasil, la Unión Europea, Estados Unidos, la India —principales socios comerciales del país— y cualquier otro destino posible resultan clave en una estrategia que priorice la ampliación de mercados y la apertura de nuevas oportunidades para atender una demanda global que va mucho más allá de los alimentos, la energía y los minerales que hoy ofrece la Argentina.
Se trata, en definitiva, de consolidar una política de Estado cuyo eje sea la búsqueda del mejor resultado económico para un país que, desde hace décadas, no logra vivir con lo propio y que necesita tanto de las inversiones como de las exportaciones para obtener el “combustible” que permita poner en marcha su motor interno.