El capítulo sobre Comercio de la Declaración del Grupo de los 7 que se aprobó el 8 de junio en Alemania, suena a promesa de gordo arrepentido. Es el mantra de un adicto al consumo de bombones que reitera su intención de ponerse a dieta. El texto reconoce la necesidad de hacer bien todo lo que por años se vino haciendo muy mal, como la noción de reforzar la OMC sin abandonar la compulsión de fragmentar el intercambio en cientos de acuerdos de comercio e inversión, entre ellos los dos mega-proyectos que desde 2013 copatrocina tardíamente el Presidente Barack Obama. Con ello se vuelve a respaldar el contrato matrimonial y el festejo del día de San Valentín. En abril pasado, el embajador Michael Punke, Jefe de la Misión de Estados Unidos ante la OMC, había explicado con mayor claridad, al Centro Europeo para la Política Económica Internacional (ECIPE), lo que Washington califica como un enfoque pragmático de sus negociaciones comerciales. Ahí reconocía que al gobierno le parece adecuado gestionar la liberalización selectiva del intercambio sólo con la gente que piensa o puede ser forzada a pensar igual. En ello difiere poco del populismo doméstico instalado en diversas vertientes extremas del Viejo Continente y de América Latina. Después de todo, sería deshonesto olvidar que Obama llegó a la oficina Oval con "Yes, we can" (la consigna de Podemos).

Punke dijo sin vueltas que el mundo desarrollado halla decrecientes incentivos para sostener el centralismo que le cabe a la OMC como foro para conducir las negociaciones globales encaminadas a modernizar la política comercial del planeta. Ese enfoque supone ignorar sus reglas, todas las declaraciones presidenciales del G20, G8 y G7, así como quitar bastante del poco oxígeno que tiene la Ronda Doha de esa Organización (ECIPE usa esas palabras). Lo cierto es que la gestión de la Casa Blanca desea mostrar que en Ginebra sólo se obtienen premios consuelo como el reciente Acuerdito sobre Facilitación de Comercio, cuya ratificación avanza al ritmo de la 9 de Julio en día de piquetes. El Presidente también quiere llevar los temas que le importan a escenarios de poco riesgo como los creados por los mega-proyectos de Comercio e Inversión. Ahí espera cerrar un pacto hegemónico que contenga su lista de prioridades y agrupe a doce países del Pacífico (Japón, Chile, México, Perú y otras siete naciones) y crear un contexto equivalente con la Unión Europea. La existencia de esos Acuerdos de "nueva generación", permitiría luego re-exportar sus reglas a todas las disciplinas comerciales que rigen el planeta, en un revival de lo que Estados Unidos buscó hacer con el NAFTA y la naciente OMC en los 90. Punke enfatizó que esos mega-proyectos pueden servir con mayor eficiencia a los EE.UU. que a cualquiera de sus socios comerciales (ya que China no es parte del juego y sólo ganará el pozo quien sea miembro de ambos tratos).

Al evocar la experiencia del NAFTA, Punke omite destacar que el Presidente Obama sostiene que esa experiencia no sirve para juzgar los méritos de los actuales mega-proyectos, puesto que ese Acuerdo decepcionó a gran porción del público y de la clase política estadounidense. También olvida inventariar las jugarretas de Bruselas, como la reciente provocación de armar, en plena negociación Transatlántica, un absurdo tinglado para prohibir ilegalmente ciertas importaciones de productos de la moderna ingeniería genética como la soja (el glorioso yuyito), el maíz y otros emblemas con los que se ganan la vida los mayores agricultores de toda América, algo que supone agigantar las divergencias y archivar la eliminación del proteccionismo regulatorio, uno de los fundamentos centrales de esos Acuerdos-modelo. Las reglas existentes no se tocan dijeron desde el vamos los socios transatlánticos, aferrándose a ideas de "vieja generación". Por si fuera nada, la UE está discutiendo complejas propuestas adicionales para ampliar los límites del contrato pre-nupcial al que deberá ceñirse el matrimonio entre ambas potencias económicas. El G7 sostiene que a fines de 2015 habría un boceto general para negociar el TTIP. ¿Ese sería el fruto de dos años y medio de trabajo ejemplar?