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El Gobierno ha sido exitoso en implementar su plan de emergencia para evitar una crisis aún mayor que la que atravesaba Argentina a fines de 2023. Y se encuentra a mitad de camino en su plan de estabilización, que, como demuestra la experiencia de las últimas décadas en la región, no es un proceso lineal ni sencillo. Aunque todavía es prematuro afirmar que el país volvió a ser una economía emergente normal, confundir estabilización con destino final sería un error que puede costar caro en el largo plazo.
Las bases de este proceso no han sido sólo macroeconómicas. También incluyeron cambios de distinto tipo que impactaron con fuerza en otras dimensiones del negocio: la estructura de los mercados, el marco regulatorio y el costo argentino. Todo eso volvió a colocar la productividad en el centro de la agenda para las empresas que operan en Argentina, y le dio todavía más peso al contexto externo.
Ese cambio radical en las condiciones de negocio está dando forma a un nuevo mapa económico, laboral y de consumo. En MAP LATAM clasificamos a los distintos sectores de Argentina en cinco grupos: altamente competitivos, procíclicos, necesarios para crecer, desafiados y críticos. Esa mirada permite entender mejor dónde están las oportunidades y dónde se concentran los riesgos.
En los últimos días se ha discutido mucho sobre la heterogeneidad que muestran las estadísticas oficiales. Sin embargo, esas diferencias entre sectores no son nuevas ni inesperadas.
Si no se lo separa mínimamente entre convencional, que dentro de nuestro esquema se ubica en el grupo de los “desafiados”, y no convencional, que se encuentra entre los “altamente competitivos”, se corre el riesgo de llegar a un diagnóstico equivocado sobre las oportunidades de negocio en Argentina.
Lectura precisa
El punto central es que ya no alcanza con analizar la economía en forma agregada. Hace falta una lectura mucho más precisa. Un ejemplo claro es el sector de Petróleo y Gas: si no se lo separa mínimamente entre convencional, que dentro de nuestro esquema se ubica en el grupo de los Desafiados, y no convencional, que se encuentra entre los Altamente competitivos, se corre el riesgo de llegar a un diagnóstico equivocado sobre las oportunidades de negocio en Argentina. Si además se observa el rol de proveedores y de las cadenas vinculadas a ambas actividades, el análisis se vuelve aún más complejo de lo que sugieren algunos datos agregados.
¿Alcanza este empuje para generar empleos de calidad para toda la economía? ¿Alcanza para sostener los equilibrios de economía política, incluida la gobernabilidad? ¿Qué hacer con los sectores desafiados y con los críticos?
Este enfoque más preciso no solo sirve para evaluar negocios. También debería ser la base de una discusión más profunda de política económica. Ya no con el foco puesto en la estabilización, sino en el desarrollo. Porque si bien sin la primera no se puede pensar en el segundo, dejar librado al azar cómo se construirán las bases del país en las próximas décadas puede llevar a resultados subóptimos.
Los sectores con ventajas comparativas deberían ser los motores del crecimiento argentino. En ese grupo aparecen algunos segmentos de oil and gas, buena parte del agro, la minería en sus distintos negocios y los servicios basados en conocimiento. Pero probablemente no alcance con eso para lograr el desarrollo del país.
También importa pensar cómo esos sectores pueden impulsar a otros actores de su cadena y cómo activar a los que deben acompañar el ciclo sin convertirse en un freno al crecimiento, como generación, transmisión y distribución de energía, comunicaciones y transporte.
Además, hace falta preguntarse cómo hacer que ese crecimiento derrame hacia los sectores que suelen acompañar al resto de la economía, como el sistema financiero, la construcción y el comercio.
También importa pensar cómo esos sectores pueden impulsar a otros actores de su cadena y cómo activar a los que deben acompañar el ciclo sin convertirse en un freno al crecimiento, como generación, transmisión y distribución de energía, comunicaciones y transporte.
La discusión no es menor: ¿Alcanza este empuje para generar empleos de calidad para toda la economía? ¿Alcanza para sostener los equilibrios de economía política, incluida la gobernabilidad? ¿Qué hacer con los sectores desafiados y con los críticos?
Claramente, el camino no es repetir las recetas de las últimas décadas. Un país cerrado, con crédito subsidiado y múltiples protecciones, no es la salida. Pero eso no significa que no haya nada para hacer. Las experiencias internacionales de éxito muestran que sí existen caminos posibles sin caer en las fórmulas equivocadas.
Son preguntas que no tienen respuestas obvias, pero que deben hacerse. Y sin demora. Porque existe el riesgo de que, una vez alcanzada la ansiada y postergada estabilidad macroeconómica, la agenda del desarrollo no esté arriba de la mesa. Y que el país que termine construyéndose no se parezca al que todavía se espera.













