

El debate sobre el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se recicla, a la luz de los dos mega-tratados en boga (el TPP y el TTIP), de manera constante. Sobre todo por quienes con su opinión honran aquello de que "todo es posible si Ud. no sabe de qué está hablando." Quizás por ello valga la pena hurgar en el libro Breves Narrativas Diplomáticas escrito por el ex Canciller de Brasil Celso Amorim, y prologado por el ex Ministro de Economía argentino Aldo Ferrer, donde hay una imperdible explicación de las intenciones, alianzas, fantasías y errores que guiaron la primera etapa de la política exterior del Presidente Lula da Silva.
En realidad, el libro describe, además del ALCA, los reflejos que tiempo después empleó Brasilia para mimetizarse con el papel de país emergente; incorporarse al hoy descolorido grupo BRICS: plantear una relación especial con frica y lanzar otros emprendimientos de similar envergadura. Cualquier analista sabe que los desvelos del Presidente Lula por compartir la mesa chica del diálogo mundial, le hicieron desechar el mantra de país en desarrollo y asumir caras obligaciones internacionales. Semejante tinglado llevó al entonces Canciller Amorim a integrar la élite de varias negociaciones políticas y comerciales de gran interés colectivo. Su propio testimonio recuerda que el periodismo, los empresarios paulistas, colegas del gabinete, funcionarios clave de la Cancillería y otros operadores del ramo, no acompañaban con beneplácito sus ideas. Brasilia no parpadeó. Revisó alianzas y objetivos en entidades como la OMC, la ONU, el FMI, el proceso de Cambio Climático y la Convención sobre Biodiversidad, ante el asombro de simpatizantes y adversarios.
A pesar de esa mochila, el libro no ayuda a entender por qué en el 2005 valía la pena ir a Mar del Plata para dedicar la Cumbre, y la pintoresca anti-Cumbre Presidencial de las Américas, a fusilar, con liturgia chavista, el cadáver del ALCA. Amorim sólo destaca que Lula y él dejaron temprano la honorable catarsis regional para encontrarse a solas, en Brasilia, con el Presidente George Bush y Condoleeza Rice, donde el show de la víspera nunca entró al temario. Toda la diplomacia hemisférica sabía de antemano que era irreal esperar otra cosa, por cuanto Estados Unidos, Canadá y Brasil encabezaban el pelotón de los que tenían razones de sobra para terminar sin estruendo tan deliberada mega-parodia comercial.
El relato tampoco aclara por qué el Mercosur y sus amigos pusieron la cara por un fracaso ajeno, cuando era evidente que, por expresa voluntad del Norte, el ALCA yacía sin oxígeno desde 2002. Al reconocer que Itamaraty hizo punta en la rebelión contra el proyecto, el ex Canciller también admitió que Brasil tenía su canal paralelo con la Casa Blanca (y la Unión Europea) para impulsar acuerdos de comercio light, en los que aceptaba comprar los argumentos de Washington y Bruselas orientados a sacar de todo debate regional la sensible cuestión de eliminar los subsidios agrícolas. Según versiones fidedignas, Australia, Nueva Zelandia y otros países rechazaron incluir tan absurda concesión en la nueva Asociación Transpacífica (TPP). Aunque sólo mataron los subsidios directos a la exportación, no los financieros (créditos), demostraron que se podía negociar con racionalidad. En cualquier escenario, el antecedente sólo reforzó la convicción de que los caudillos de América Latina cometieron una pifia mayúscula al contemplar opciones en las que se avenían a regalar trato preferencial al comercio subsidiado de Estados Unidos y Canadá o, por separado, al de la Unión Europea (en Las Mil Caras de los Subsidios Agrícolas, publicado por nuestra Cancillería en 2006, el autor de la presente columna describía un mecanismo integral, concebido a fines de 2001, para desatar esa clase de nudos).
Pero las reflexiones centrales del embajador Amorim tienen gran mérito cuando enfatiza la necesidad de fortalecer la capacidad competitiva regional para aguantar los exigentes desafíos de la liberalización del comercio; de cuestionar las agendas hegemónicas que se incorporan a esos proyectos y de objetar la voracidad de Washington (y Bruselas) por agrandar sus rentas de propiedad intelectual. Quizás hubiera sido atinado extender sus consejos a la noción de juzgar cada proyecto por su genuino valor.








