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Se cumplen 20 años del otro holocausto de Europa

Caído el Muro de Berlín, la Europa Oriental comenzaba a desmembrarse. Surgían nuevos estados y otros se disolvían. Todo en forma pacífica hasta que estalló la ex Yugoslavia y se dividió en seis. La flamante Bosnia-Herzegovina se llevaba la peor parte. Veinte años después El Cronista recorrió este país que cuesta creer que sea viable

La guerra de Bosnia-Herzegovina, o de los Balcanes, que significó políticamente el desmembramiento de la ex Yugoslavia, tiene su fecha de inicio oficial el 6 de abril de 1992. Sin embargo, fue recién a fines de ese año cuando el resto del mundo conoció que en Europa había otra vez una limpieza étnica, con campos de concentración incluidos, ciudades sitiadas, francotiradores, violaciones en masa y todo tipo de torturas. Además, el otro condimento que asomaba es que, con la religión como estandarte, en una de las regiones más cosmopolitas del mundo donde convivían bosnios, croatas y serbios, ahora se mataban entre amigos y vecinos por ser musulmanes, católicos u ortodoxos.
Hoy, 20 años después, llegar a Bosnia-Herzegovina es como salir de Europa. Todo lo predecible del Viejo Continente se derrumba cuando uno entra a este pequeño país que convive con los resabios de la guerra (1992-1995): infinidad de casas destruidas, cementerios que fueron instalados de apuro en las plazas o simplemente en el fondo de los patios, y una sociedad sumida en la desconfianza y en una tajante división étnica y religiosa. Los ejemplos sobran, pero tal vez el más notorio se ve cuando se ingresa al país desde el norte. Para ser precisos, desde la ciudad croata de Slavonski Brod se cruza el estrecho río Sava, que sirve de frontera, y se llega a Bosanski Brod. Ninguno de los militares apostados en migraciones habla inglés. Algunos, en cambio, hablan español, pero eso es solo un detalle. Lo que realmente impacta es que lo primero que uno ve en plena Bosnia-Herzegovina es una bandera de Serbia, y por si queda alguna duda, un cartel que anuncia: “Dobrodoslica Srpska” (bienvenidos a la República de Serbia). También hay un segundo cartel. Este dice: “Belgrado (capital de Serbia) 198 kilómetros”. De Sarajevo, capital de Bosnia, ni noticias, aunque si se sigue la única ruta se desemboca en la histórica Sarajevo, ciudad donde fueron asesinados en 1914 el archiduque Francisco Fernando y su mujer Sofía, situación que sirvió para desencadenar la Primera Guerra Mundial.
Bosnia-Herzegovina son dos regiones unidas. Bosnia, la parte norte y Herzegovina, la sur. Pero a esta división geográfica hay que añadirle una división política y otra religiosa. Si bien hay bosnios, serbios y croatas en todas las ciudades del país, en el norte la dominación es de los serbios (República Srpska), en el centro, de los bosnios musulmanes, y en el sur, de los croatas. Es más, las diferencias son tales que Bosnia-Herzegovina tiene tres presidentes, uno de cada origen étnico, que se turnan el poder cada seis meses.
A la vera de la ruta de doble mano que lleva a Sarajevo hay cientos de casas destruidas por la guerra o directamente abandonadas y pintadas reivindicando la patria. Me explican que eran casas de pequeños campesinos que fueron bombardeadas, y que los que no murieron fueron desplazados y nunca más volvieron. El paisaje, pero también el contexto, hacen difícil creer que este país esté pacificado.
Ya en Sarajevo (Palacio del Rey, según su significado), la sensación es diferente. Si bien las marcas de la guerra están por todos lados, la ciudad trata de salir adelante. Se ve, por ejemplo, la reconstrucción casi total de la fachada y del interior de la Biblioteca Nacional, la misma que durante la guerra ardió durante una semana y donde gran parte de la cultura otomana que albergaba se fue con las llamas. Para los bosnios, la Biblioteca es sinónimo de orgullo.
A pocas cuadras de la Biblioteca se encuentra el lugar preciso donde fueron asesinados el heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando, y su mujer Sofía por el serbio Gavrilo Princip, uno de los tantos extremistas controlados por Mano Negra, grupo terrorista serbio, según la historia y la placa que recuerda el acontecimiento.
Caminando hacia el norte de la ciudad uno entra en el corazón de Sarajevo, la misma ciudad que vio nacer al reconocido cineasta Emir Kusturica. Es precisamente en el centro donde se aprecia el bagaje cultural y religioso de la capital de Bosnia-Herzegovina. En un par de manzanas y rodeados de las inconfundibles marcas de las balas en las paredes, conviven iglesias ortodoxas, católicas, mezquitas y sinagogas. Las mujeres musulmanas rezan separadas de los hombres musulmanes. La mezquita está totalmente reconstruida. Sarajevo estuvo durante la guerra sitiada por francotiradores serbios que, apostados en las montañas que rodean la ciudad, tenían como blanco no sólo las mezquitas, sino también a los civiles.
Otras muestras de lo que fue para los habitantes de Sarajevo convivir sitiados por los francotiradores se da en la Mese Selimovica, o la Sniper Avenue (Avenida de los Francotiradores) o en el Túnel de la Vida, un pasaje clandestino construido durante la guerra y que conecta una casa familiar con el aeropuerto de la ciudad. En la Avenida de los Francotiradores todavía hay carteles que rezan ‘Pazi - Snajper!‘ (‘¡Cuidado - Francotiradores!‘). En esa misma calle que une la ciudad histórica con la industrial, se contabilizó que murieron producto de las balas 225 personas, de las cuales 60 eran niños. En total, durante la guerra murieron alrededor de 100.000 personas.
El Túnel de la Vida, donde hoy es un museo, sirvió para que cientos de bosnios ingresaran al aeropuerto donde estaban apostados los soldados de Naciones Unidas, lugar que no era atacado por los serbios. Si bien fue una vía de escape, los bosnios todavía recuerdan que muchos de los soldados internacionales aprovechaban y hacían “su negocio” vendiendo parte de la ayuda humanitaria que debían repartir. “Un kilo de azúcar, por ejemplo, llegó a cotizar durante la guerra a u$s 100”, dice Mirko, un taxista que aún luce orgulloso su escudo de la Armija Bosnia (Ejército de Bosnia). El mítico Estadio Olímpico de Sarajevo, donde se desarrollaron los Juegos de Invierno de 1984, quedó transformado en un cementerio durante la guerra. Miles de cruces mostraban al mundo los muertos. Ahora, reconstruido, se ve en una publicidad al secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, con una linterna que representa la antorcha olímpica, mientras corre por el Estadio. Pasaron 20 años desde el inicio de la pesadilla, pasó tanto tiempo que el mundo se olvida de que en Bosnia-Herzegovina hubo una guerra. Se olvida tanto que la Unión Europea, la misma que miró para otro lado cuando los bosnios eran masacrados, acaba de ser condecorada con el Premio Nobel de la Paz.

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