La ficción del presupuesto 2021

Los números de un presupuesto generalmente no tienen una apreciación subjetiva, partidaria o ideológica sino que deberían ser un análisis matemático que contemple los ingresos y los egresos proyectados según una tendencia elaborada en base a variables objetivas de una coyuntura macroeconómica. Lo que sucede cuando un presupuesto se piensa en términos políticos es que pierde vigencia en muy pocos días.

Esto es lo que está sucediendo con el presupuesto aprobado recientemente, donde el gobierno, pecando de un exagerado optimismo, afirma en la denominada “Ley de Leyes que el 1 de enero de 2021 el Covid-19 va a ser solo un recuerdo, que la economía repuntará mágicamente y que tanto el IFE como los ATP ya no serán necesarios.

Otro punto importante a la hora de analizar un presupuesto es la distribución geográfica de los recursos de todos los argentinos, esos recursos que no son ni de un jefe de Gabinete ni de un gobierno de turno y que necesariamente deben responder a un criterio verdaderamente federal.

Lo que refleja este presupuesto es que hay un sinnúmero de partidas financiadas principalmente por niveles récord de emisión monetaria y que se utilizan de manera discrecional para hacer política con los gobiernos mas cercanos a la Rosada. El caso más característico es el de provincia de Buenos Aires donde parecería haber un “dineroducto conectado a las arcas del gobierno central en un presupuesto redactado a la medida del gobernador Axel Kicillof. Una especie de unitarismo de provincia de Buenos Aires, con un centro macrocéfalo y extremidades raquíticas hacia el norte y el sur profundo de la República Argentina.

La sanción del presupuesto que debiera ordenar la economía argentina pasó casi desapercibida, pese a los llamativos desaciertos en su confección: tanto en la falta de especificación sobre de qué manera se llegará a ese tan necesario equilibrio fiscal, como del exagerado optimismo en su previsión inflacionaria como en la paridad con el dólar, moneda que hoy –con sus picos y valles-, hace aún más imprevisible la economía argentina.

La pandemia ya no es excusa para la redistribución arbitraria de recursos y es necesario pensar en lo que vendrá.

La mayor incógnita que vemos en este presupuesto es qué pasará con la nueva ley de movilidad jubilatoria, segmento de los más postergados históricamente por un Estado que a la hora de ajustar siempre mira al mismo lugar y que por más esfuerzo que se ponga en decorar los títulos hablando de solidaridad o de equidad, todo indica que otra vez los jubilados van a ser los que paguen el pato.

Por último cuando uno quiere analizar la matriz fiscal vemos que este gobierno fomenta la regresividad y el centralismo, presionando cada vez más a quienes tiran del carro para generar empleo para tener más densidad de empresas, en definitiva, para que funcione la Argentina y esos nuevos impuestos que crean lejos de descentralizarse los concentran en las arcas del gobierno central para utilizarlos discrecionalmente según el costo o el oportunismo político de la coyuntura.

En un año bisagra donde el país atravesó una pandemia sin precedentes que dejó una crisis económica muy profunda donde intentaron instalar una falsa grieta entre la economía y la salud como si fueran cuestiones excluyentes entre sí, hay una parte de la dirigencia que se niega a fomentar una percepción común de la realidad y sostiene que evidentemente cada uno tiene derecho a su propia verdad eligiendo leer los diarios o escuchar la radio que les dicen que tienen razón. Bajo esta premisa ya no es necesario generar consensos y mucho menos unir a los argentinos, pero por más intentos de decorar la realidad, si algo quedó claro en este presupuesto es que este gobierno no es federal, no es republicano y mucho menos solidario.

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