Crisis del coronavirus en la Argentina: ¿destierro de la ortodoxia económica?

El paso de los años confirma que el estudio de la historia continúa siendo la guía más eficaz para el manejo de la incertidumbre. Permite el diseño y el uso de modelos, protocolos y parámetros y provee líneas de acción política para ser replicadas (total o parcialmente) según las disciplinas y los estados del conocimiento. Tratándose de un proceso dinámico y retroalimentado, las actuales experiencias (la amenaza COVID-19) enriquecen esa base empírica, profundizan el abanico de recursos e imponen enseñanzas y compromisos en el ámbito de las familias. En el plano más concreto de la economía, nutren el parque de recursos disponibles para ensayar (y repasar) paradigmas orientados a prevenir fragilidades institucionales, debilitamientos del orden social y pérdidas moderadas y graves del bienestar económico. En todos estos aspectos, 2020 constituirá un año bisagra. También lo será por la velocidad en que sucedieron los acontecimientos, se expuso el contrato social, evolucionaron las comunicaciones y se aceleró el desuso del corpus teórico de la ortodoxia clásica en temas socioeconómicos y, en particular, debido al modo en que se procesaron los acuerdos desde las unidades sociales más elementales, emergieron las contradicciones, fluyeron los oleajes de arte, heroísmo y miseria humana (doméstica e intelectual) y se amoldaron los esquemas de gestión de las ciudades y las instituciones, en general (entre ellas, las educativas).

Es sumamente probable que estos hechos sean el preludio de una etapa que recién comienza (posiblemente un cambio semejante al que introdujeron el uso de las computadoras personales y los teléfonos celulares). A las instituciones (públicas y privadas) de diversas naturalezas y magnitudes, el futuro les exigirá ingresar en permanentes mecanismos de learning by doing como los que, en materia de aprendizaje, describía a fines del Siglo XIX el cuestionado filósofo y pedagogo progresista estadounidense John Dewey. Ingresando en ese sendero se evadirían marginamientos (voluntarios e involuntarios), corregirían errores e impulsarían sistemas alternativos de aprendizajes. En lo económico, los cambios transitarían desde el rudimentario modo en que hoy se desarrollan las reuniones de trabajo virtual a través de las plataformas gratuitas, harían un vuelo rasante por la microeconomía y fluirían hacia el terreno de la macroeconomía y el mecanismo de coordinación de precios, tasas de interés, tipos de cambios y los flujos de bienes y servicios.

En el universo de la teoría económico, los segmentos más ortodoxos tendrían que reinventarse (y reperfilar). Pese a su enojo, volverían al debate temas omnipresentes. Entre ellos, el del vínculo directo entre emisión de dinero e inflación (¡siempre y en todo lugar!), el principio rector fisiócrata que “para que pueda aumentar el número de zapateros, debe aumentar la cantidad de cueros vacunos (Gray, 1948) ; el que sostiene que "toda oferta crea su demanda" al asegurar que "el simple hecho de la formación de un producto abre, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos (Say, 1803)" pensada para sistemas financieros incipientes y, entre muchos otros, el de “la ley de hierro de los salarios que señala que el ingreso del trabajo es “el precio necesario para permitir a los trabajadores subsistir y perpetuar su raza, sin aumento ni disminución (Ricardo, 1817) , ubicando al trabajador en una marginalidad imposible de eludir y redimir mediante la acción del Estado, los sindicatos y su propia iniciativa. Estas temáticas "ingresarían a boxes" para su revisión porque en la práctica fallan recurrentemente. Su utilización motivó recientemente un pedido público de disculpas (no una reflexión). Apareció en el discurso en ese foro económico anual cuando, con una sonrisa segura y contenedora, la oradora afirmó que "nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad". Entre la euforia y el aplauso del auditorio a la actual ex funcionaria pública, ampliamente respaldada por la clase media acomodada y los sectores más ortodoxos del agro y la industria (monopólica y cuasi monopólica), la ortodoxia clásica ahí reunida se regocijó y condenó la construcción y el funcionamiento de las Universidades Públicas del conurbano bonaerense y el concepto de movilidad social ascendente conseguido. El ridículo también quedó plasmado porque quienes "se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual son generalmente esclavos de algún economista muerto (Keynes, 1936)".

En la Argentina y el mundo de hoy, las propuestas de debate de la ortodoxia (y los oportunistas televisivos) parecen estar implosionando (pese a que en las redes sociales parte de la clase media aún lo niegue). Su mensaje político confunde porque exhorta a salir de la crisis actual reduciendo el déficit fiscal, frenando la

emisión de dinero, llamando a la rebelión fiscal y cumpliendo a rajatabla los acuerdos con los fondos de inversión. Señor lector: todas esas medidas contractivas reducen el ingreso y empeoran la situación social de corto plazo (eso se reconoce en todo el mundo). Peor aún, todo es aún más endeble porque se sostiene mediante "griteríos" e "infodemias" diseñadas por conductas "rating seeking" (buscadoras de rating", término inventado) carentes de argumentos sólidos orientadas (ahora) sólo a defenestrar el impuesto a las excelsas riquezas del país gravadas por exiguos impuestos y la duración de la cuarentena ("cavernícola, según uno de sus exponentes) recomendada por especialistas. Al atravesar ese umbral, "estos pseudos especialistas , abrazan la idea de "la supervivencia del más apto" esbozada por el sociólogo inglés Herbert Spencer y su afirmación asociada a que “sólo aquellos que progresan bajo la presión del sistema llegan finalmente a sobrevivir, deben ser los seleccionados de su generación (Spencer, 1882) . Según estos férreos dogmas, coincidentes con los de algunos mandatarios de países donde las muertes por COVID-19 hoy se contabilizan de a miles, supuestamente sería mejor infectarse, generar anticuerpos, superar la enfermedad y volver al mercado lo antes posible (lógica spenceriana). Mientras en la Argentina circulan estas posturas peligrosas y contradictorias, a nivel global se debate sobre la distribución del ingreso, los orígenes de la desigualdad, se recomienda aplicar impuestos a la riqueza y advierte sobre las presiones de la globalización. Entre estos economistas, aparecen los nombres de Thomas Piketty, Branko Milanovic, Angus Deaton y Dani Rodrik quien, alejado de la fe en los “conceptos místicos de mercado y el equilibrio fiscal, semanas atrás sostuvo que "la crisis parece haber puesto aún más de relieve las características dominantes de la política de cada país //...// la hiperglobalización continuará a la defensiva mientras los estados-nación reclaman espacio para implementar políticas //...// el neoliberalismo seguirá su muerte lenta (Rodrik, 2020)".

Quizás nunca deba olvidarse que “cuando los fenómenos son tan complejos, los pronósticos no pueden señalar nunca un solo camino y se puede incurrir en el error de esperar consecuencias demasiado rápidas e inevitables de causas que acaso no son todas las aplicables al problema (Keynes, 1919) . Nada impide que los cambios en la anatomía del mundo del trabajo y el capital, configuren procesos mancomunados y cohesionados de producción social con una activa presencia de un Estado liberado de las influencias del "financierismo global" (derivado del endeudamiento) y la atenta protección de los sindicatos ante las disímiles relaciones de fuerza. Sin pérdidas de derechos, una posible reconversión del universo económico facilitaría la generación de valor agregado sin rígidos estándares presenciales (mientras sea posible, entre otras razones por las mismas cuestiones técnicas de las calificaciones laborales particulares), mantendría los niveles de ocupación e ingreso. Es inhumano exponer la vida sólo para salvaguardar la condición socioeconómica; sin embargo, debe comprenderse que, más allá de los gobiernos, una permanente asistencia financiera mediante el uso de fondos públicos a amplias porciones del sector privado desamparado (empresas y familias), luce poco sostenible en el tiempo. ¿Por qué? Porque ante la paralización de los mecanismos generadores de recursos, el mercado acecharía, apostaría a la quiebra financiera del Estado (promovería corridas), generaría expectativas negativas en los principales centros financieros globales (New York, Washington y Londres, entre otros), propondría incrementos de los spreads de riesgo soberano y finalmente ganaría la partida. No sólo se debería trabajar para impedir los contagios (la máxima e indiscutible razón humana por la defensa de la vida, minimizada por algunos actores sociales ortodoxos), sino también para evitar el resquebrajamiento del mecanismo generador de empleo e ingresos y el corte de la cadena de pagos a nivel macroeconómico. En el futuro se producirán otros brotes de influenza (sólo falta saber la fecha, dicen los especialistas). La inesperada llegada del COVID-19, debería ser un ensayo y representar un llamado a la reflexión.

El autor es especialista en análisis de coyuntura económica monetaria y financiera interna e internacional y diseño de escenarios en entidad bancaria; Docente de Macroeconomía y Microeconomía de la UBA, UNTREF y Universidad de La Matanza.