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La historia de Silvia Maggio comenzó en un asentamiento precario, rodeada de pobreza y soledad. Su infancia estuvo marcada por la falta de recursos básicos, al punto de recordar cómo pasaba las noches mirando el techo de su hogar. Desde muy joven comprendió el peso de la vulnerabilidad en la que se encontraba, pero decidió que esa realidad no definiría su futuro y asumió una postura firme frente a su entorno.

A los 13 años identificó que el sistema era su principal obstáculo y que la educación sería su única herramienta de defensa. Antes de alcanzar sus metas académicas superiores, transitó por diversos oficios y realidades complejas. Fue madre soltera y trabajó jornadas completas de ocho horas, mientras se las ingeniaba para vender productos en el colectivo para poder costear sus apuntes universitarios.

Una historia de superación y esfuerzos

Con sus primeros trabajos, Maggio logró solventarse para ser enfermera y luego psicóloga por la Universidad de Buenos Aires. Su vida también incluyó periodos de exilio debido a la crisis económica de 2001, lo que la llevó a trabajar en tareas de limpieza y hotelería en Estados Unidos, además de ejercer la enfermería en España y República Dominicana.

Al regresar a la Argentina y alcanzar la edad de jubilación, se encontró con un tiempo libre que percibía vacío de propósito. Fiel a su estilo inquieto, antes de volver a las aulas grandes, realizó más de 20 cursos de formación profesional en oficios como plomería, electricidad y computación.

Su necesidad de tener un objetivo claro la llevó a inscribirse en la Universidad Nacional de La Matanza.

Un hito histórico: recibirse con más de 7 décadas de edad

A sus 72 años, Silvia se recibió de abogada para sumar su tercer título universitario. La cursada no estuvo libre de obstáculos físicos ni económicos, ya que sus problemas de movilidad la obligaban a usar bastón y sus ingresos se reducían a una jubilación mínima.

Esta historia de superación conmovió en las redes sociales.

Para asistir a las clases de las ocho de la mañana, su rutina empezaba antes del amanecer, enfrentando inviernos duros y colectivos llenos que a veces ni siquiera frenaban.

A las dificultades cotidianas se sumó un problema de salud crítico durante la pandemia, cuando tuvo que ser operada de urgencia por un tumor maligno en el estómago. A pesar de la gravedad de la situación y de su miedo, logró recuperarse y retomar sus estudios.

Para Magio, mantener la mente ocupada en los libros fue el salvavidas que le permitió superar el trance.

En las aulas de la universidad encontró un espacio de profunda revitalización y pertenencia. Lejos de sentirse desplazada por la diferencia de edad, se integró con naturalidad al ritmo de sus compañeros más jóvenes.

El intercambio fue mutuo, ya que ella aportaba su experiencia de vida en materias de política económica y los jóvenes la contagiaban de su energía, logrando así romper con los prejuicios sobre la utilidad de los mayores.

Con el título de abogada, sus planes actuales están lejos de la idea convencional del descanso. Silvia proyecta volcar sus conocimientos en la docencia dentro de contextos de encierro, más específicamente en cárceles.

Su historia se volvió viral en las redes sociales tras la difusión de los festejos familiares en el campus universitario. A pesar de la repercusión, ella insiste en que su logro no se debe a condiciones extraordinarias, sino a la simple perseverancia diaria.