Sin dinero para financiar su programa millonario de infraestructura, el gobierno de Barack Obama apuesta sus fichas a la creación de una especie de Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) estadounidense para desarrollar proyectos de transporte, energía y saneamiento.

Algunas estimaciones indican que el Banco Nacional de Infraestructura, como se está llamando a la futura institución financiera, podrá financiar hasta u$s 500.000 millones en inversiones, incluyendo las contrapartidas del sector privado.

Es probable que el Congreso apruebe el proyecto este año, después que el padrino político de la iniciativa, el senador demócrata John Kerry, hizo algunas concesiones a la oposición republicana para dar un carácter más de libre mercado a la nueva institución financiera.

El banco es una respuesta a la falta de recursos presupuestarios para renovar una infraestructura que, para buena parte de los estadounidenses, se está tornando obsoleta. En algunos suburbios de Washington, por ejemplo, es común que haya apagones que duran varios días en verano, cuando los aparatos de aire acondicionado aumentan el consumo de electricidad. Estados Unidos está muy bien si se lo compara con las economías emergentes, como Brasil y China, pero pierden puntos en relación a los países desarrollados. Una investigación de Gallup coloca a Estados Unidos en la 17º posición entre los 32 países ricos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) en el área de satisfacción con las rutas.

Los americanos invierten cerca de 2% de su Producto Bruto Interno (PBI) en infraestructura, 50% menos que en la década del 60, según números citados en un informe de la Casa Blanca sobre el tema. En China, las inversiones son de 8% y, en algunos países europeos llegan a 5%. Brasil está invirtiendo u$s 240.000 millones en infraestructura, dijo Kerry la semana pasada, durante un debate sobre la creación del banco de inversión organizado por New American Foundation, un centro de estudios de Washington. Vivimos con la infraestructura creada con las inversiones de nuestros padres y abuelos, agregó.

Para algunos, la falta de infraestructura acentuó la tendencia de desindustrialización del país. En los siglos 19 y 20, las inversiones en canales y ferrocarriles permitieron a nuestra economía crecer particularmente en el sector industrial, afirmó en el mismo evento la diputada demócrata Rosa DeLauro. Precisamos invertir en infraestructura para volver a ser una nación que fabrica cosas en lugar de importar, señaló.

A finales del año pasado, Obama divulgó un ambicioso plan de infraestructura que, solamente en un primer momento, envolvería inversiones estimadas en u$s 50.000 millones. Ese año, el presidente de Estados Unidos anunció un proyecto para aplicar u$s 53.000 millones en proyectos de trenes de alta velocidad. Estados Unidos tiene apenas una línea férrea de alta velocidad, que enlaza Nueva York con Washington, pero los trenes andan a menos de 150 kilómetros por hora por falta de infraestructura adecuada, como puentes y túneles.

Sin embargo, los proyectos de Obama fueron recortados por los republicanos, que vencieron en las elecciones legislativas del año pasado con un discurso de austeridad fiscal. El déficit de Estados Unidos es cercano al 10% del PBI, por la caída de la recaudación provocada por la actual crisis financiera y las medidas de socorro a la economía impulsadas por el gobierno.

El propio Obama había levantado la idea de crear un banco para financiar infraestructura, con una capitalización de u$s 30.000 millones y presupuestos para inversiones a fondo perdido. Pero según la última versión del proyecto en negociación en el Congreso, el capital del banco se redujo a u$s 10.000 millones y su actuación se restringirá a financiamientos. La administración será totalmente separada del gobierno. Todo para evitar que, según las palabras de los republicanos, se repita la experiencia de Fannie Mae y Freddie Mac, dos instituciones estatales de financiamiento que quebraron en la explosión de la burbuja inmobiliaria estadounidense.