El gusto por la comida picante no es un capricho ni una forma de masoquismo, según explica la psicología. Un estudio del psicólogo Paul Rozin, de la Universidad de Pensilvania, sostiene que se trata de un mecanismo cerebral que activa al mismo tiempo el dolor y el placer.
El picor no es un sabor sino una señal de alarma que la lengua envía al cerebro. Se activa a través del receptor de vaniloide, el mismo que detecta el calor y las quemaduras. El cerebro aprende que no hay daño real, y esa certeza convierte la alarma en placer.
¿Por qué el cerebro asocia la comida picante con el placer?
Al comer algo picante, el cerebro activa a la vez los circuitos del dolor y el sistema de dopamina, responsable de las sensaciones de recompensa. Ambos procesos comparten las mismas áreas del córtex cerebral.
Una investigación del neurocientífico Siri Leknes, de la Universidad de Oxford, publicada en la revista Plos One, sostiene que el alivio y el placer son procesos casi idénticos. El cerebro interpreta primero el picante como amenaza y, al comprobar que no hay peligro, libera una sensación de alivio que percibe como placer.
¿Qué otras actividades generan esta misma combinación de dolor y placer?
Un estudio de Rozin, publicado en la revista Motivation and Emotion, definió este comportamiento como masoquismo benigno: una forma segura de sentir miedo sin riesgo real. Según esa investigación, el ser humano es la única especie que busca este tipo de sensaciones de forma voluntaria.
Este mecanismo también aparece en otras actividades de ocio que combinan miedo controlado y disfrute:
- Saltar en paracaídas
- Subirse a una montaña rusa
- Ver películas de terror
En todos los casos, el cerebro detecta una amenaza controlada y, al confirmar que no hay peligro real, transforma esa tensión en bienestar.