

En los tiempos que Hugo Moyano era un fiel compañero de ruta del proyecto K había un tema en el que se apartaba de la férrea disciplina movimientista: la inflación. Al ser requerido por periodistas de su posición frente a las particularidades estadísticas del ya intervenido INDEC, el líder camionero siempre sacaba de la manga su respuesta favorito: Nosotros nos regimos por la inflación del supermercado, esa es la que importa a los trabajadores. Nunca nadie lo contradijo ni siquiera fue acusado de socavar uno de los pilares del modelo: que la estimulación de la demanda no se traduciría en subas generalizadas de precios.
En el fondo era como burlar el principio básico de la restricción económica, la escasez. Algo similar a perseguir la obsesión alquimista de convertir algo inútil en oro o la fórmula de Dorian Grey para parecer inmortal. Los precios son una variable tan singular como conducente para los equilibrios macro y microeconómico. En el primero, ayudan a asignar recursos en forma eficiente, explicitando de alguna manera la relativa abundancia de productos y factores. En el segundo, su función es la de equilibrar oferta y demanda, vaciar los excesos y faltantes en los mercados e irlos conduciendo a equilibrios estables y duraderos.
Desde siempre, los supuestos de bondades automáticas del mercado fueron compensadas con causales de intervención cuando éste no funcionaba. La mano visible para corregir ayudaba a conseguir lo que los precios no podían en un contexto de fallas del mercado.
Sin embargo, al modificar algunos precios políticamente más relevantes (transporte público urbano; provisión de servicios públicos; gas y petróleo; etc. y el gran elector, el dólar) o directamente corregir formas de cálculo de los índices cuando los resultados no son los esperados; fueron tejiendo una telaraña de desacoples que, años más tarde terminan por configurar un promedio de precios que nada tiene que ver con las escasez de bienes, servicios y factores, por lo que los desequilibrios se van multiplicando y potenciando en toda la economía como una mancha de aceite.
Devaluaciones, desdoblamientos del mercado cambiario, control de divisas o de importaciones; cuotas de exportación, elevación del salario mínimo, vital y móvil; paritarias acordadas en sede del Ministerio de Trabajo; regulación de topes para regalías petroleras, acuerdos tarifarios con Bolivia por provisión de gas; subsidio para harina panificadora y pan de $10 hasta las 10.....Todas son medidas que van articulando parche sobre parche para que la mano visible vaya reparando lo que la otra mano fue rompiendo. Lo que fue retrasando como deteniendo las agujas de reloj intentando eternizarse en el presente.
Pero la otra realidad, va colándose por la rendijas que la economía muestra a cada rato. Desde el dólar blue, cada vez más amo y señor del símbolo de la escasez crónica de divisas; el pan que se agota en minutos antes de mostrar un precio que lo aleja de su rol de comodín de la mesa de los argentinos y el fantasma de una escasez de gas para los próximos meses. En la coyuntura problemática se halla un precio desacomodado o reprimido hasta la amenaza de saltar como un resorte. Pero desde el punto de vista económico, lo peor es la pérdida de información que el precio ofrece a los agentes económicos y que va orientando el accionar futuro en el mercado. Es como preparar el camino a una intervención imprescindible o un rodrigazo de baja intensidad en el segmento en cuestión.
Pero también esta negociación permanente permite ver la luz a lo lejos. En medio de la negociación salarial del verano pasado entre el Gobierno de la Ciudad y los metrodelegados, surgió un concepto que, curiosamente, no fue observado por los sindicalistas del subte. Era la tarifa técnica, o el precio del viaje en ese medio de transporte que recogía los costos del servicio sin subsidio de ninguna especie. Era como volver a desempolvar las viejas nociones de los precios sombra en el que se basaban los intervensionistas científicos para corregir las fallas del mercado y llegar a los precios de equilibrio que maximizaran el bienestar general. Eximido también de las garras de los monopolios de turno y las posiciones dominantes de carteles de toda laya. Casi un libreto a pedido del relato basal del Modelo. Pero, pequeño detalle, obliga a conocer cuáles serían para obrar en consecuencias.
En esto, el INDEC dificulta tal tarea, como también la maraña de regulaciones y precios administrados que terminan por confundir al economista de a pie. Pero si todo esto es superado, aún queda la sorpresa de toparse con un número que quizás no resulte, como en el caso del subte de Buenos Aires, nada agradable, al dejar blanco sobre negro un bajo nivel de eficiencia operativo. Y este es una nueva punta del iceberg para analizar una endemia del sistema económico argentino, probablemente incubado en la confusión de precios reinante por años.








