

La gran preocupación es que las ciudades crecen en forma irracional, y allí hay que hacer foco. El primer problema es cuál es el límite de la ciudad de Buenos Aires. El límite geográfico está claro: entre la Av. General Paz, el Río de la Plata y el Riachuelo, prácticamente está marcado cuál es el territorio de los 20000 km2 que tiene la ciudad de Buenos Aires. Pero la irracionalidad viene, no solo por el crecimiento exponencial de los bordes de la ciudad, que hace que se convierta en un conglomerado urbano donde tienen intervención de todo tipo.
La ciudad de Buenos Aires es en gran parte dormitorio, porque ha mantenido 3 millones y medio de habitantes. Muchos se van de la ciudad y muchos vienen a la ciudad, pero es tan elástico que esos tres millones se transforman en 6 millones que usan la ciudad, y esto produce todo tipo de irracionalidad.
Cada auto son 8 m2 que se trasladan, que trasladan muchas veces a una sola persona, que ocupan un espacio y contaminan. Ocupan una parte del espacio público. Creo en un centro altamente densificado, con edificios de altura, pues la ciudad es un organismo tan rico que atrae multifunciones. La riqueza de la ciudad es el intercambio, la cultura, la educación, la sanidad.
Ejemplo del crecimiento irracional es el nuevo barrio de Puerto Madero. Este tenía previsto una cantidad de un millón quinientos mil metros cuadrados de construcción, y tiene los accesos totalmente desbordados y todavía faltan muchos metros para construir, está bastante vacío y, sin embargo, para entrar o salir en una hora pico la espera es muy grande. Está mal dimensionado lo que es el paso del agua a través de los puentes, sobre todo en la calle córdoba. El tema está en el subsuelo, con el transporte público caro que nos presenta la red de subterráneos o se podrían colocar trenes aéreos sin modificar mucho la traza.
En la ciudad aparece el problema de la necesidad de construir más inmuebles y preservar su carácter. Palermo viejo o Soho tienen un carácter que sería diferente si estuviera colmado de edificios en altura, entonces respeto las plantas bajas, los primeros pisos, los atributos de las fachadas en algunos casos, pero no por tener edad las cosas hay que conservarlas. La ciudad con edificios en altura da aire, da jardinería. La inseguridad obliga a que esa jardinería sea privadísima, y eso es otra historia, entonces el urbanismo tiene que condecirse con los temas de rigor. En el espacio público se presenta el problema que es de todos y al mismo tiempo de nadie. Por eso aparecen las rejas en las plazas, para que la gente entienda que así se las conserva. Nadie puede negar que las plazas están mejor cuidadas si tienen puerta de acceso. Resulta chocante y contradictorio, pero es así.
En el límite sur de la ciudad de Buenos Aires está la máxima desgracia urbana: el Riachuelo. Una de las cosas más lindas que hay en sus orillas es la forma de vivir, la costa, ver arte en PROA. Todo eso es maravilloso, pero es una estafa pública lo que hacen las empresas que tiran los desperdicios aguas arriba, problema que en 1000 días iba a resolver María Julia Alsogaray y todo aquel que toma un cargo público y pretende ver el problema.
La solución al crecimiento irracional la dan las ciudades nuevas que se crean en función de las alternativas de trabajo que facilitan la implantación. Pero en Argentina no hay ciudades nuevas.










