El hombre lleva 30 años trabajando en el petróleo, pero no sabe cuántos pozos perforó.
Dice que perdió la cuenta hace mucho. Está parado debajo de una torre de casi 60 metros, con casco blanco, mameluco azul y un handy colgado del pecho. Hacen cinco grados. Son las 20.57 y el ruido obliga a acercarse para escuchar lo que dice.
-Hoy no es lo que era antes.
Dice eso y vuelve a mirar hacia arriba.
-Todo va más rápido.
A varios metros de altura, otros operarios preparan una nueva maniobra. Cada media hora, más o menos, incorporan otro tiro. Son caños de 30 metros. El pozo ya está a 5628 metros y todavía le faltan varios cientos para terminar. Si todo sale según lo planeado, al día siguiente habrán terminado la perforación.
En el campo nadie lo llama por su apellido.
Le dicen viejo del pozo.
En la industria, los viejos del pozo son los que viven entre cambios de turno, torres de perforación y kilómetros de ripio.
Para llegar hasta ahí, “El Cronista” viajó dos horas de viaje por la ruta provincial 51. A medida que oscurece empiezan a aparecer algunas mechas encendidas a la distancia. Más adelante otras. Y después las torres. Las luces se repiten sobre la meseta y dejaban ver una locación detrás de otra.
En ese rincón de Neuquén, a pocos kilómetros de Añelo, se encuentra Fortín de Piedra, el principal activo gasífero de Tecpetrol. El área ocupa 243 kilómetros cuadrados y hoy produce alrededor de 24 millones de metros cúbicos diarios. El año pasado alcanzó un récord de 24,4 millones, equivalente a casi una cuarta parte de toda la producción neuquina y cerca del 20% del gas argentino.
Desde su puesta en marcha, el desarrollo demandó inversiones por más de u$s 3500 millones. En los años de mayor actividad llegaron a trabajar unas 4500 personas y participaron más de 1000 empresas proveedoras. Durante el pico de desarrollo, siete equipos perforaban en simultáneo.
Aquella noche, unas quince personas trabajan alrededor del cuarto y último pozo. Las conversaciones iban y venían por radio. Desde Buenos Aires, otros seguían los datos en tiempo real.
Treinta minutos antes de llegar, un grupo del que forma parte “El Cronista” se detiende en un pequeño módulo perdido en medio de la meseta. Un cuarto iluminado con una luz blanca funciona de vestuario.
Ahí, Tania, ingeniera en petróleo, da una breve charla de seguridad y reparte mameluco, campera, guantes, anteojos y casco. Unos metros más adelante aparece la torre. Para llegar a la cabina hay que subir por una escalera metálica, angosta y empinada. El ascenso es de a uno. Sobre el contenedor que hace de puesto de control cuelga una bandera argentina.
Arriba, la imagen tiene poco que ver con la idea tradicional de una torre petrolera. El perforador sigue los parámetros frente a varias computadoras. A su alrededor hay teléfonos, pantallas, anotaciones hechas con fibrón y tableros de seguridad. Entre operadores, ingenieros y visitantes hay unas diez personas. Por momentos, las radios interrumpen el silencio y alguien responde desde la estructura.
Desde ahí se ve al enganchador. Tendrá unos 40 años y lleva un arnés sujeto al cuerpo. Trabaja a unos cuarenta metros de altura con una naturalidad difícil de entender para alguien que está ahí por primera vez. Inclinado sobre la estructura, guía la incorporación del nuevo tiro mientras abajo las radios van y vienen entre la cuadrilla.
El caño mide treinta metros y la maniobra puede demorar veinte minutos, media hora o un poco más. Cuando termina, todo vuelve a empezar.
Los movimientos parecen repetirse una y otra vez, pero cada uno tiene un orden preciso.
Cuando Fortín de Piedra empezó a crecer, Vaca Muerta todavía estaba lejos de los niveles actuales. La producción acompañó las distintas rondas del Plan Gas y más tarde la llegada del Gasoducto Perito Moreno -ex Presidente Néstor Kirchner- y la reversión del Gasoducto Norte. Hoy, esos proyectos permiten pensar en exportaciones a Brasil y en Argentina LNG, el plan con el que las petroleras buscan vender gas licuado al exterior.
Pero arriba del equipo esas discusiones no aparecen.
Lo que se ve son trabajadores de distintas edades. Jóvenes que recién empiezan y otros que llevan tres décadas arriba de un equipo. Algunos superan los cincuenta. Otros tienen poco más de treinta. Las diferencias desaparecen cuando empieza el turno.
La actividad se organiza en jornadas de doce horas y muchos trabajan bajo un esquema de catorce días en el campo por otros catorce de descanso. El pozo no espera.
Cuarenta minutos después de dejar la locación aparecen las primeras luces del campamento.
La imagen se parece poco a la idea que se puede tener de un campamento petrolero. Había calles internas, cruces señalizados, módulos perfectamente alineados y una pequeña plaza. Todo estaba iluminado. De día, el lugar parece una pequeña ciudad en medio de la estepa.
Eran las 23.57. El comedor, con capacidad para unas 3000 personas, estaba lejos del movimiento habitual. Predomina el silencio. Apenas algunas conversaciones técnicas se escapan desde mesas lejanas. Unos terminan el turno. Otros se preparan para volver al campo.
El cuarto pozo avanzaba. El operador seguía frente a las pantallas. Los handys seguían sonando. Los enganchadores seguían incorporando caños de treinta metros.
Y el viejo del pozo probablemente seguía ahí.
Mirando hacia arriba.
Como hace treinta años.
Solo que, como había dicho un rato antes, ahora todo va más rápido.