

Tenía 30 años. Ya llevaba algunos ejerciendo su profesión -para él, oficio- de odontólogo. Terminó temprano y salió apurado. Ampliamente justificado: esa noche, Boca y River definían, mano a mano, la final del Campeonato Nacional de 1976. Ese 22 de diciembre, voló a la cancha de Racing con un amigo y el padre de éste. Como amenazaba con llover, habían llevado paraguas. También era una cábala: pocos meses antes, bajo una torrencial lluvia, el trío había visto consagrarse al equipo del "Toto" Juan Carlos Lorenzo campeón del torneo Metropolitano frente a Unión. Nada más y nada menos que en la cancha de River.
No pudieron repetirla. "Lo retiran al salir", les dijo el policía que se los requisó. Sortearon las montañas de paraguas que se acumulaban en los pasillos del Cilindro hasta llegar a la tribuna. Era una de las cabeceras, la que defendió Hugo Gatti en el primer tiempo. Vieron, sufrieron, se celebraron cuando, recién empezado el partido, hubo una pelota en profundidad de Daniel Passarella a Leopoldo Jacinto Luque. El temible nueve de River picó con su potencia de potro y melena azabache al viento. Rapidez felina del "Loco" para arrojarse a sus pies y una caída aparatosa del bigotudo goleador, que detonó el estruendoso "¡Penaaaal!" desde la otra cabecera. "Nada", agitó sus brazos el pito, Arturo Ithurralde. "¡I-thu-rral-de, compadre...!", bramaron enfrente, y no precisamente con el "La cosa está que arde", con el que en los medios se suavizaba la rima con el apellido del célebre hombre de negro.
Sufría la tribuna xeneize. Boca no creaba peligro, Gatti era figura. Una volada del ídolo para manotear la pelota al córner; un cabezazo peligroso que, por ese mismo tiro de esquina, el uno volvió a neutralizar. Todo, en ese mismo arco que el protagonista de este relato miraba desde arriba, apretujado en uno de los bordes superiores de la segunda bandeja del estadio.
Poco para ver ahí, también, en el segundo tiempo. Hasta el minuto 27. Su recuerdo es nítido: el cobro de un tiro libre y a otra leyenda de los tres palos, Ubaldo Matildo Fillol, tratando de acomodar la barrera. Después, la pelota dentro del arco y un grito de gol no instantáneo, como dubitativo."Nosotros, tan sorprendidos como el mismo ‘Pato'. Y un segundo después, la certificación de lo increíble: era gol y festejo loco", rememora.
Rubén José Suñé. El "Chapa". El lateral derecho que volvió de Unión al club en el que se formó, reconvertido en volante central para ser el capitán del equipo de Lorenzo. El centrojás no había esperado el silbatazo del árbitro y la clavó en el ángulo, mientras Fillol, desprevenido, todavía estaba junto al poste, ubicando a sus compañeros.
Locura. La palabra más precisa para definir lo que se vivió después, cuando terminó el partido. Ahí arriba, en donde el Cilindro limita con el cielo, sentía estar como sobre un bote. "Increíble el movimiento del cemento. La oscilación era indescriptible". Miraba hacia abajo, adonde la marea azul y oro iba y venía. "Jamás volví a experimentar semejante movimiento en una tribuna". Esa noche, hubo más de 69.000 personas.
Esa noche, volvió tarde a su casa.
Estaba eufórico. Ese campeonato fue, hasta entonces, su mayor alegría futbolística. "Estábamos todos muy nerviosos en los días previos. Nadie deseaba ese choque: ni nosotros, ni ellos. Ganarlo era tocar la gloria. Pero la posibilidad de perderlo, una sensación penosa", evoca.
La ansiedad, la necesidad de revivir el momento lo carcomía por dentro. Tenía una cámara, comprada hacía cinco años. Era una 8 milímetros, a rollo, tecnología que exigía un lugar oscuro y operaba con una restricción de tres minutos de película para filmar a una velocidad de 24 cuadros por segundo, que era la que más fidelidad daba a la imagen. "Quería volver a ver ese gol cuando a mí se me ocurriera", recuerda, acerca de qué fue lo que lo motivó a prepararla, al día siguiente, frente al televisor.
Tenía training. Ya había filmado de la tele partidos del Metropolitano y la serie clasificatoria para la Libertadores del año siguiente. En esa época, el fútbol se transmitía en diferido, una o dos horas después de jugados los encuentros. Había aprendido a hacerlo de su hermano mayor: simplemente, fijar la cámara, muy bien enfocada en algún lugar firme, y, después, nada más que grabar. "Lo más importante era que la cámara no se moviera".
Corrieron décadas. Pasaron años, pasaron jugadores. Se acumularon títulos: campeonatos, copas Libertadores... Intercontinentales. Héroes nuevos, merecedores de su lugar en el Olimpo azul y oro, a medida que la gloria se conquistaba y agigantaba. El fútbol ya no sólo se televisa en directo y a color; también, en streaming y por Internet. YouTube se convirtió en el gran archivo histórico global. Y él, ya con 75, enfermo del fútbol como pocos, se entretiene entrando a ver partidos viejos.
Hace cinco años, cuando se cumplieron 40 de aquella final, quiso volver a ver el gol del "Chapa". Lo buscó en la Web. Le sorprendió no haberlo encontrado. "¿Cómo puede ser que no esté?", se preguntó tras cada búsqueda sin resultados. Cuenta la leyenda que fue tal la indignación millonaria, que algún encumbrado jerarca militar, marino cuyo corazón estaba cruzado por una banda roja, ordenó destruir todos los registros visuales de esa afrenta. La oyó.
"Pero... Si yo lo tengo", se dio cuenta.

La cotidianeidad de la vida moderna lo llevó a olvidarse durante un tiempo del tema. Hasta fines de 2018, cuando fue al armario en el que tiene los rollos guardados en una bolsa. Los sacó y empezó a revisar los títulos de las cajitas, una por una. Hasta que lo encontró. "Campeón Nacional 76", decía. ¡Eureka! Lo desenrolló un poco y lo miró a la luz, con una lupa potente. Distinguió una escena de un partido.
Siguiente paso, el proyector. Estaba averiado. Lo reparó. Con mucho esfuerzo e ingenio. Desde las lentes, hasta la correa, totalmente seca y destruida. Pieza que no se fabrica desde hace décadas, la reemplazó con tres bandas elásticas de librería enlazadas.
Ahora, sí, la hora de la verdad. Puso el rollo, apagó la luz, activó el proyector... Y desilusión. Había un gol en esa película. Pero no era el perdido: todo se había mezclado en la bolsa y pocos -por no decir ninguno- rollos correspondían al título que los etiquetaba. Sintió desolación, ante las decenas de rollos dispersos y un peligro latente: el proyector funcionaba unos tres minutos, hasta que necesitaba el cambio de correa; pero operaba con un enganche de película automática, lo que hacía que se trabara muy seguido, engullendo -y, en consecuencia, destrozando- la película.
No quiso correr el riesgo. Menos, si, finalmente, daba con el film buscado. Siguió otra opción. Compró una moviola para 8 mm. La consiguió con una lamparita gastada y luz insignificante. Prácticamente, no se podía ver. Buscó repuesto. Costaba mucho encontrar la lámpara adecuada. Tarea desmoralizante y cansadora, a punto tal que lo llevó a dejar de lado, otra vez, la búsqueda del tesoro.
Hizo una pausa. De semanas. Tal vez, meses. Miraba algunos rollos en la moviola; otros, con extremo cuidado y alerta para cortar de inmediato, en su "famélico" (sic) proyector. Sistemático descarte de escenas familiares o paisajes. Quedaban en el circuito las filmaciones de fútbol. Aprovechaba para re-catalogarlas y, si eran material que ya estaba disponible en Internet, al tacho: carecían de valor histórico. Otras, directamente, resultaban trituradas. Su casa estaba alfombrada con tiras y tiras de celuloide. Pero el gol de Suñé seguía sin aparecer.
"Pero si lo filmé...", porfiaba su memoria. "¿Lo habré tirado? ¿Se perdió en alguna mudanza?". Decenas de variables se multiplicaban en su mente.
Otra vez desilusionado, volvió a dejar la pesquisa. Habían sido más de 100 rollos los vistos, no quedaba uno por revisar. Estaba seguro de haberlo filmado pero el gol de Suñé, ese maldito fantasma de la leyenda, seguía sin aparecer. Parecía no haber invocación que funcionara.
Un día, buscando otras cosas, abrió otro armario y encontró una bolsa. "¿Qué hay acá?", curioseó. La abrió... ¡Más rollos! Otra vez, todos mezclados. No importaba; una nueva esperanza. Horas y horas, de nuevo, revisando material. Para enero de 2019, ya casi febrero, quedaban algunos. Estaba más que desanimado. Se dispuso a mirar el primero de los últimos dos que creía posibles. Pasó un gol de Boca, que no pudo identificar. A continuación, se le abrieron los ojos:reconoció al "Toti" Veglio llevando la pelota, hasta que lo cruza Passarella; a continuación, el derechazo de Suñé...
Alivio, alegría, entusiasmo, excitación... Un torbellino de sensaciones. Con cuidado quirúrgico -dentista, a fin de cuentas-, rebobinó lentamente el rollo. No volvió a cargarlo en el proyector. Se tentó una sola vez con volver a hacerlo. El dispositivo empezó a masticar la película. ¡Pánico! ¡Stop, stop! Detuvo de inmediato la proyección. Por suerte, sólo se engulló algún intrascendente gol que estaba registrado en la misma cinta.
Reemprendió, entonces, la misión de encontrar la lámpara adecuada para la moviola. La consiguió. Repasó el gol. Una, dos, tres veces. Cuantas veces se le ocurriera. Como se propuso cuando decidió filmarlo.
El gol fantasma. El mito, la leyenda. La pieza que ni los más ambiciosos coleccionistas, ni amateurs ni profesionales, habían logrado encontrar. Un tesoro perdido del pueblo azul y oro. Ahí, en su casa, archivado en ese celuloide de 8 milímetros que, durante más de 40 años, estuvo oculto en un armario. ¿Qué hacer con él? No dudó: difundirlo, sacarlo a la luz, para que cientos, miles, millones, vuelvan a gritarlo.
Mientras él, muy lentamente, lo reproducía con la moviola, un amigo lo grababa con el celular. Con esa prueba, fueron a la primera opción: el Museo de la Pasión Xeneize. Se ilusionaba con que su hallazgo se repitiera en las pantallas que, en ese recinto de la planta baja de La Bombonera, muestran los goles más importantes de la historia del Club Atlético Boca Juniors.
Así como, a veces, la pelota pega en un palo y sale, esta vez, tocó el poste y entró. "Díganle que hay gente que trae algo que, seguro, le va a interesar mucho", dijeron, enigmáticos, cuando cruzaron el umbral de Brandsen una tarde de fines de ese año y pidieron audiencia con el director. Ese día, justo, el ejecutivo estaba reunido con un historiador, que identificó enseguida de qué se trataba: la búsqueda de ese gol era una de las prioridades de la comisión de Historia del club.
Se digitalizó. El gol se exhibe el rollito como pieza histórica en las vitrinas, junto a decenas de copas, camisetas y botines. Hoy, 22 de diciembre de 2021, se cumplen 45 años de ese grito. La prueba de que algunos fantasmas existen.











