Hay una pregunta que muy pocas personas se animan a hacerse en voz alta: ¿esta vida que estoy viviendo la elegí yo, o la fui armando para que otros la aprobaran?
Durante años aprendimos a construir una identidad que resultara aceptable para los demás. Elegimos la carrera que sonaba bien en una mesa familiar, el trabajo que impresionaba cuando alguien preguntaba a qué nos dedicábamos y la casa que supuestamente correspondía tener a determinada edad.
De a poco, empezamos a tomar decisiones pensando más en cómo se verían desde afuera que en cómo se sentirían por dentro. Y un día podemos descubrir que estamos viviendo una vida diseñada para la mirada ajena
El peso de encajar
Encajar parece inofensivo. Incluso puede resultar cómodo. Mientras cumplís con lo que esperan de vos, nadie te cuestiona demasiado.
La dificultad aparece cuando, para mantener ese lugar, tenés que esconder partes de quien sos, moderar lo que pensás o sostener elecciones que ya no te representan.
Encajar parece inofensivo. Incluso puede resultar cómodo. Mientras cumplís con lo que esperan de vos, nadie te cuestiona demasiado.
Pertenecer se siente distinto. No requiere que te conviertas en otra persona para que te acepten. Te permite mostrarte como sos, aun sabiendo que no todos van a entenderte.
Después de muchos años tratando de encajar, puede aparecer una sensación difícil de explicar. Hacés todo lo que supuestamente tenías que hacer. Cumplís con el libreto. Desde afuera, incluso, parece que te está yendo bien. Sin embargo, sentís que estás interpretando un personaje en tu propia vida.
Cuando el propósito se mezcla con la aprobación
Muchos emprendedores arrancan un negocio con una intención genuina. Quieren resolver un problema, crear algo propio o trabajar de una manera más coherente con la vida que desean. La intención inicial suele ser genuina.
Pero, con el tiempo, aparecen otras voces.
La opinión de la familia. Lo que hacen los competidores. Lo que esperan los clientes. Lo que funciona en las redes sociales. Lo que supuestamente debería estar consiguiendo alguien que lleva cierta cantidad de años emprendiendo.
Sin darse cuenta, empiezan a decidir para demostrar en lugar de construir. Lanzan productos que no les convencen, aceptan clientes que no les convienen o mantienen modelos de negocio que ya no tienen sentido solamente porque abandonarlos podría parecer un fracaso.
Cuando la aprobación se convierte en la brújula, el propósito se pierde.
Podemos pasar años intentando impresionar a personas que desconocen qué necesitamos para sentirnos realizados. Y pocas decisiones resultan tan caras como permitir que otros definan qué debería significar el éxito para nosotros.
El costo de vivir para la foto
Lo más complejo de esta historia es que no existe una sola mirada ajena.
Están las expectativas de la familia, las del entorno profesional y las de una sociedad que cambia constantemente las condiciones para considerar que alguien tuvo éxito.
Pocas decisiones resultan tan caras como permitir que otros definan qué debería significar el éxito para nosotros.
Lo que algunos admiran, otros lo cuestionan. Una decisión que hoy recibe aplausos mañana puede generar críticas. Nunca hay una forma de vivir capaz de conformar a todos.
Sin embargo, muchas personas siguen intentándolo.
Eligen para evitar comentarios. Se quedan en lugares que ya no desean para no decepcionar. Miden sus avances con parámetros que nunca se detuvieron a analizar.
El costo no siempre se ve de inmediato. Se manifiesta en el cansancio de sostener una imagen, en la frustración de alcanzar objetivos que no generan satisfacción y en la sensación de estar siempre corriendo detrás de una meta que nunca es suficiente.
Y ahí está la trampa: cuanto más tratás de conformar a todos, menos te reconocés a vos mismo. No conformás a nadie, y te perdés en el intento.
Cuando por fin dejás de pedir permiso
Hay un quiebre que ocurre cuando una persona deja de vivir para que la validen. No es un cambio dramático ni inmediato. Es más bien una decisión interna: empezar a preguntarte qué querés vos, antes de interesarte por qué van a pensar los demás.
Parece fácil, pero responder esa pregunta puede dar miedo. Implica dejar de usar la aprobación externa como una garantía de que estamos tomando la decisión correcta.
Durante mucho tiempo, el aval de los demás puede funcionar como una red de seguridad. Si todos están de acuerdo, sentimos que no podemos estar equivocándonos.
Cuando dejamos de buscarlo, cada paso parece más incierto. Sin embargo, esa incertidumbre también abre una posibilidad: empezar a construir desde una convicción propia.
En una empresa, esto significa revisar qué clase de negocio querés liderar, con quién querés trabajar y qué precio estás dispuesto a pagar por crecer. En la vida, significa aceptar que algunas de tus decisiones no serán comprendidas por todos.
Un propósito prestado nunca termina de alcanzar. Podés cumplirlo a la perfección y aun así sentir un vacío enorme, porque en el fondo sabés que no nació de vos.
Cuando dejás de pedir permiso aparece una calma diferente. No viene de tener todas las respuestas, sino de soltar expectativas que nunca te pertenecieron.
Recién entonces podés pensar con honestidad qué querés construir y qué vida querés que acompañe ese crecimiento.
Vivir para vos
Tener un propósito es simplemente saber para qué estás haciendo lo que hacés, aunque no siempre tenga el aval de todos. Alcanza con sentir que ese motivo tiene sentido para vos.
Quizás la pregunta más honesta que podemos hacernos no sea solamente qué queremos lograr, sino para quién estamos construyendo todo esto.
Porque una vida entera dedicada a caber en las expectativas de los demás puede verse impecable desde afuera. Pero también puede terminar siendo una vida que les queda perfecta a todos, menos a vos.