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Hay momentos en la vida en donde no hace falta tocar fondo para darte cuenta de que ya no querés seguir viviendo igual.

Vi la película de Michael Jackson y hubo algo que me quedó dando vueltas en la cabeza. Porque, más allá de la música o de todo lo que logró, lo que más me impactó fue otra cosa.

Pensar lo difícil que debe haber sido darse cuenta de que lo que lo había hecho famoso ya no le alcanzaba.

Porque él ya tenía éxito. Ya había ganado su lugar. Ya tenía una identidad completamente armada y, para la mentalidad de muchos, ya tenía todo. No necesitaba nada más.

Cuando el éxito deja de alcanzar

Podía garantizar su vida y la de toda su familia. Tenía reconocimiento, seguridad, estabilidad. Y, en teoría, eso debería haber alcanzado.

Porque al final, ¿no es eso lo que todos buscamos? Llegar a un lugar donde sentirnos seguros. Donde ya no tengamos que preocuparnos. Donde “ya esté”.

Y, aun así, había algo adentro suyo que quería salir de ahí. Creo que eso le pasa a muchísima gente.

Personas que no necesariamente están mal, pero que empiezan a sentir una incomodidad rara con su propia vida. Como si siguieran haciendo todo igual, pero ya no se sintieran igual adentro. Como si algo que antes alcanzaba para ser feliz, de repente, ya no alcanzara más.

Hay momentos donde algo deja de encajar

Lo más confuso de todo esto es que muchas veces no hay una gran razón para cambiar.

No pasó nada grave. No explotó nada. No hubo una crisis existencial. Desde afuera, incluso, pareciera que está todo bien.

Pero, por dentro, empezás a sentir que algo ya no conecta. Y al principio uno intenta ignorarlo. Porque cambiar da miedo, sí. Sobre todo cuando ya hay un terreno ganado y una parte tuya siente culpa por querer algo distinto cuando, en teoría, ya deberías sentirte realizado.

Quien lo vive sabe que cuesta muchísimo explicar una sensación así. ¿Cómo explicás que algo “funciona”, pero ya no te representa?

Lo conocido no siempre es lo mejor

Hay personas que siguen sosteniendo vidas enteras solo porque hace tanto tiempo viven ahí que ya no saben quiénes serían sin eso.

Y eso pasa con todo. Pasa con trabajos que hace años dejaron de entusiasmar, con relaciones que ya no generan conexión, con negocios que crecieron pero perdieron sentido, e incluso con versiones propias que alguna vez nos representaron completamente, pero hoy ya no.

Uno se acostumbra tanto a ocupar determinado lugar que después salir de ahí se siente casi como perder una parte de uno mismo. Y quizás por eso hay gente que prefiere quedarse años en lugares donde ya no es feliz.

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No porque no pueda irse, sino porque siente que es eso. Es esa persona que trabaja hace veinte años en el mismo lugar, aunque todos los días vuelva vacía a su casa. Es la que sigue en una relación que hace tiempo dejó de hacerla feliz porque ya no sabe quién sería sola. Es la que sostiene un negocio que ya no la representa solo porque toda su identidad quedó construida alrededor de eso.

El cansancio de sostener otra versión

Creo que mucha gente está viviendo exactamente eso. Está agotada, estresada, desconectada de sí misma. Pero no es un cansancio físico.

Es el agotamiento de sostener una versión propia que ya no se siente cómoda.

Por eso hay personas que se toman vacaciones y vuelven igual de cansadas. Porque no era descanso lo que necesitaban. Era dejar de actuar una vida que ya no sentían propia.

Empezar de nuevo

Lo más difícil no es empezar de cero, sino aceptar que ya cambiaste. Porque hay un momento donde algo adentro tuyo evoluciona, pero tu vida sigue igual. Y esa diferencia empieza a pesar.

Empezás a sentirte incómodo en lugares donde antes estabas tranquilo. A molestarte con conversaciones que antes te entretenían. A mirar distinto cosas que antes dabas por normales.

Y ahí empieza una de las etapas más incómodas de crecer. Porque todavía no sabés exactamente hacia dónde querés ir, pero ya sabés perfectamente que no querés seguir donde estás.

Cambiar en el mejor momento

Esto es lo más importante de todo cuando hablamos de cambiar el diseño de una vida. Muchas veces creemos que solo tenemos derecho a cambiar cuando estamos destruidos. Como si necesitáramos justificar el cambio con sufrimiento.

Como si hubiera que tocar fondo para recién ahí permitirnos decir: “Esto ya no me alcanza”.

Pero hay veces donde simplemente llega un momento en el que una vida empieza a quedarte chica. No porque seas mejor que nadie, sino porque vos cambiaste.

Y una de las cosas más valientes que puede hacer una persona es escucharse antes de apagarse por completo. Porque, al final, hay algo mucho más triste que empezar de nuevo: darte cuenta de que te quedaste viviendo una vida que ya no tenía nada que ver con vos.