Durante décadas, México sostuvo que la educación pública debía ser un instrumento de movilidad social y no una extensión del poder político. La escuela del pasado no se caracterizaba por ser el espacio donde se aprendía a pensar, hoy es el lugar en donde se aprende a repetir. Poco a poco se pierde lo conseguido. La polémica sobre los libros de texto gratuitos actuales no es una discusión pedagógica menor ni un conflicto cultural pasajero, sino una decisión de política pública con efectos económicos de largo plazo.
Cuando un país interviene el contenido educativo para convertirlo en vehículo ideológico, no sólo altera la formación de sus estudiantes, compromete también su crecimiento futuro. En el centro de este rediseño se encuentra Marx Arriaga, (ir)responsable de los materiales educativos, quien ha defendido que el nuevo modelo busca desmontar la lógica “neoliberal” de la enseñanza.
Afortunadamente le enseñaron la puerta de salida en la Secretaría de Educación Pública, pero desafortunadamente regresó al aula (a dar clases en Ciudad Juárez), lo cual es un peligro inminente.
El problema no es la intención política, sino la consecuencia económica.
La educación es el principal activo productivo de una economía como la mexicana. Cada año adicional de escolaridad incrementa ingresos futuros, mejora la productividad laboral y reduce la probabilidad de informalidad. Sin embargo, el sistema educativo muestra señales de deterioro que coinciden con la implementación del nuevo modelo curricular.
Gran parte de los miembros de la llamada 4T han defendido esta transformación como una apuesta por valores comunitarios frente al individualismo del mercado. Sin embargo, la economía no opera con valores discursivos, sino con competencias medibles.
Entre 2018 y 2024, con datos oficiales, la matrícula se redujo en más de 1.5 millones de estudiantes. No es una simple variación demográfica, es una contracción estructural que ocurre mientras el discurso oficial insiste en que la inclusión ha aumentado.
El abandono escolar se ha convertido en un fenómeno sistémico. En el ciclo 2024-2025 casi un millón de alumnos dejó la escuela. En media superior, la deserción alcanza niveles cercanos al 30% en algunos subsistemas. Incluso en secundaria, donde históricamente era menor, ya supera el 3%. Esto ocurre a pesar del aumento en becas, lo que indica que el problema no es únicamente económico. Empieza a emerger otro factor: la pérdida de sentido del aprendizaje.
Cuando el contenido pierde rigor, la escuela deja de ser aspiracional. Los nuevos materiales han sido señalados por errores conceptuales, debilidades en matemáticas y una narrativa que privilegia interpretación política sobre conocimiento estructurado. Gran parte de los miembros de la llamada 4T han defendido esta transformación como una apuesta por valores comunitarios frente al individualismo del mercado. Sin embargo, la economía no opera con valores discursivos, sino con competencias medibles.
El mercado laboral no contrata consignas, contrata habilidades. Un sistema que debilita el pensamiento lógico, la comprensión lectora y la alfabetización científica reduce la empleabilidad futura. El impacto no es inmediato, pero aparece en menor productividad, mayor informalidad y menor innovación. México ya tenía problemas de eficiencia terminal. Sólo una minoría de quienes ingresan a primaria concluye estudios superiores. Ahora se suma la erosión del aprendizaje desde niveles básicos.
El abandono universitario, que ronda entre treinta y cuarenta por ciento, refleja carencias acumuladas desde antes. El talento no se pierde en la universidad, se debilita desde la educación básica. Cada cohorte que abandona el sistema implica menor ingreso futuro y menor contribución fiscal. La educación no es sólo política social, es política fiscal de largo plazo. Una generación menos preparada reduce la base tributaria y aumenta la presión sobre el gasto público.
Aquí surge la paradoja: nunca se había destinado tanto a becas y, sin embargo, la matrícula cae y el abandono crece. El acceso no compensa la pérdida de calidad. Los libros diseñados bajo la conducción del régimen actual han transformado una herramienta de formación en un instrumento de reinterpretación del conocimiento.
El deterioro educativo no se mide en el corto plazo. Se manifiesta en la productividad y el crecimiento potencial. Cada estudiante que abandona reduce el futuro económico del país. Un país que sustituye contenido por discurso no forma ciudadanos críticos, forma dependientes.
Revertir esta tendencia exige recuperar el rigor técnico, blindar el currículo contra capturas ideológicas y fortalecer la formación docente. México no puede darse el lujo de formar generaciones con menor capacidad analítica en un mundo que exige mayor complejidad.
Cuando los libros reemplazan la capacidad de comprender el mundo, el problema no aparece en el debate público, aparece en el crecimiento económico. Y entonces el costo deja de ser educativo para convertirse en nacional.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Marx Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.