Durante años, el fraude financiero tuvo un objetivo claro: robar los datos de una tarjeta, clonarla o vulnerar los sistemas que procesan las operaciones. Ahora, la inteligencia artificial está ampliando el campo de ataque hacia un punto más vulnerable: las personas que operan los sistemas dentro de los comercios.
Así es como esta práctica podría hacerse pasar por tu jefe o los superiores del trabajo: mediante el uso de deepfakes de voz o imagen que imitan a directivos, correos electrónicos prácticamente idénticos a los corporativos e identidades sintéticas capaces de superar controles de verificación.
Este arsenal digital forma parte de una nueva generación de ataques que busca engañar a las áreas de finanzas, operaciones y atención al cliente, en lugar de atacar directamente la infraestructura bancaria.
“Por muchos años el fraude buscó vulnerar la tecnología financiera. Hoy, el objetivo son las personas que operan esa tecnología”, explicó Sandra Agudo, gerenta de Producto de Kuvasz Solutions, fintech chilena especializada en tecnología de pagos y con presencia en México.
La ejecutiva señaló que la inteligencia artificial permite construir identidades falsas cada vez más convincentes, generar correos difíciles de distinguir de los legítimos e incluso replicar la voz o imagen de un directivo para solicitar o autorizar un pago.
El reto, agregó, ya no consiste únicamente en proteger tarjetas y sistemas bancarios, sino en identificar cuándo una operación que parece normal en realidad es un intento de fraude.
El comercio digital amplía el campo de ataque
Este cambio ocurre en un momento en que los comercios procesan un volumen cada vez mayor de operaciones digitales.
En México, el comercio electrónico alcanzó MXN$ 941 mil millones en 2025, un crecimiento anual de 19.2%, de acuerdo con el Estudio de Venta Online 2026 de la Asociación Mexicana de Venta Online (AMVO).
A esto se suma el crecimiento de los pagos electrónicos. Durante 2025, el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios (SPEI), operado por Banco de México, superó los 7,300 millones de operaciones, frente a alrededor de 5,400 millones registradas un año antes.
El crecimiento de las transacciones también amplía los puntos en los que una empresa debe decidir, muchas veces en cuestión de segundos, si una operación es legítima o representa un riesgo.
La sofisticación también aumenta por la facilidad para acceder a herramientas que permiten ejecutar ataques a escala.
El Identity Fraud Report de Sumsub ha identificado un mayor uso de identidades sintéticas generadas con inteligencia artificial, una modalidad que permite crear perfiles falsos cada vez más difíciles de detectar.
El fraude busca parecer una operación normal
Uno de los principales riesgos para las empresas es que los nuevos ataques no necesariamente requieren vulnerar un sistema.
Una llamada aparentemente realizada por un directivo, un correo con el logotipo y la firma de la compañía o una solicitud de pago que coincide con una operación habitual pueden ser suficientes para que un colaborador autorice una transacción fraudulenta.
“El fraude moderno es silencioso porque muchas veces parece una operación perfectamente válida”, señaló Agudo.
En este escenario, la diferencia entre aprobar una venta legítima y autorizar una pérdida financiera puede depender de segundos y de la capacidad de una organización para analizar múltiples variables en tiempo real.
Por ello, las empresas que basan su prevención únicamente en reglas estáticas enfrentan mayores dificultades para detectar ataques que cambian constantemente y que pueden utilizar inteligencia artificial para adaptar sus métodos.
De validar la tarjeta a analizar el comportamiento
Para los comercios, este cambio también implica modificar la manera en que previenen el fraude.
Ya no basta con validar una tarjeta o determinar si una transacción cumple con determinadas reglas. La detección requiere analizar el comportamiento de la operación y encontrar señales que permitan identificar anomalías antes de aprobarla.
Entre las variables que pueden ayudar están el historial del cliente, el dispositivo utilizado, la ubicación y otros patrones asociados con el comportamiento habitual.
Pero el desafío también está dentro de las propias empresas.
Los controles deben definir quién puede autorizar un pago, bajo qué condiciones y mediante qué mecanismos de verificación, especialmente cuando la solicitud llega por correo electrónico, llamada o videollamada y aparentemente proviene de un superior.
El desafío para los comercios será avanzar hacia sistemas de prevención capaces de detectar patrones anómalos sin frenar las operaciones legítimas. En un entorno donde la inteligencia artificial también puede ser utilizada para perfeccionar los engaños, la seguridad dependerá cada vez más de combinar tecnología, controles internos y capacidad de respuesta.
La disputa contra el fraude, así, ya no se libra únicamente en los sistemas de pago: también ocurre frente a cada correo, llamada o autorización que puede parecer legítima, pero que en realidad busca abrir la puerta a una pérdida financiera.