Desde 2022, la humanidad celebra haber cruzado la barrera de 8.000 millones de personas. Organismos internacionales, gobiernos y medios de comunicación repiten ese número como si fuera un hecho inamovible. Después de todo es, en apariencia, el dato más básico que existe sobre nuestra especie: cuántos somos.
Pero un estudio publicado en Nature en 2025 por investigadores de la Universidad de Aalto, en Finlandia, acaba de encender una alarma profundamente incómoda.
Los datos demográficos podrían estar ignorando a entre 1.000 y 3.000 millones de seres humanos reales. Personas que existen, que ocupan territorio, que necesitan atención médica y que, sin embargo, no aparecen en los mapas sobre los que se toman las decisiones más importantes del planeta.
El demógrafo Jakub Bijak ya lo advertía en 2024 a la BBC: “Calcular el número de personas que hay en el planeta es una ciencia inexacta.” Lo que nadie esperaba era que la inexactitud tuviera esa magnitud.
El planeta tiene entre mil y tres mil millones de personas más de las que creemos
El problema no nació ayer, ni se trata de un error puntual que alguien cometió en una hoja de cálculo. Es una falla estructural, acumulada durante décadas, en la manera en que el mundo cuenta a las personas que viven lejos de las ciudades.
El estudio de la Universidad de Aalto analizó los cinco conjuntos de datos demográficos más utilizados a escala global, esos mapas divididos en cuadrículas de alta resolución que sirven de base para miles de investigaciones científicas y decisiones políticas.
Para medir su precisión, los investigadores recurrieron a una fuente de referencia inusual pero brillantemente elegida: los registros de reasentamiento de más de 300 proyectos de construcción de represas en 35 países. Cuando se construye una represa, la población que vive en la zona que va a inundarse debe ser reubicada, y ese proceso obliga a documentar con precisión quiénes son y cuántos son. Son, en esencia, censos forzados con un nivel de rigor que rara vez existe en las zonas rurales.
La comparación fue demoledora. Los mapas de población subestimaban las poblaciones rurales entre un 53 % y un 84 % en el período analizado, que va de 1975 a 2010. Incluso los datos más modernos y actualizados, los de 2010, omitían entre el 32 % y el 77 % de las personas que realmente vivían en esas áreas. Y los investigadores señalan que, aunque entre 2015 y 2020 se actualizaron los conjuntos de datos, el problema persiste. No hay evidencia de que se haya corregido de forma sistemática.
Haciendo las cuentas más conservadoras posibles —aplicando el margen de error menor, el del 53 %, sobre los aproximadamente 3.526 millones de personas que hoy se estima viven en áreas rurales—, el resultado es que cerca de 1.870 millones de personas no estarían siendo contadas.
En el escenario más severo, el del 84 %, la cifra asciende a casi 2.960 millones. En otras palabras: entre una y tres civilizaciones del tamaño de China, invisibles para la estadística.
Miles de millones de personas invisibles para los que deciden dónde van el dinero, las vacunas y las carreteras
Que los datos estén mal no es solo un problema académico o una curiosidad estadística. Es una crisis con consecuencias directas en la vida de las personas más vulnerables del planeta, precisamente aquellas que ya partían con menos recursos y menos voz.
El investigador Josias Láng-Ritter, uno de los responsables del estudio, lo resume con una pregunta que debería resultar incómoda para cualquier responsable político: si un gobierno no sabe cuánta gente vive en una zona determinada, ¿cómo decide si construir un hospital o una carretera asfaltada? ¿Cuántas dosis de una vacuna enviar a una región? ¿Cuántas personas podrían verse afectadas por un terremoto, una inundación o una sequía? Estas no son preguntas retóricas. Son las preguntas que los gobiernos responden cada día, apoyándose en los mismos mapas que el estudio acaba de demostrar que están fundamentalmente equivocados.
El 43 % de la población mundial —unos 3.526 millones de personas— vive en áreas rurales, y es exactamente en esas zonas donde los datos fallan con mayor sistematicidad y profundidad. La paradoja es brutal: cuanto más alejada y vulnerable es una comunidad, menor es la probabilidad de que aparezca correctamente registrada en los mapas que determinan cuántos recursos le corresponden.
Finlandia lleva 30 años contando bien; el resto del mundo acaba de descubrir que no
No todos los países están igual de perdidos. El propio estudio señala a Finlandia como la excepción que confirma la regla: lleva tres décadas manteniendo registros digitales de población que alcanzan incluso las regiones más remotas de su territorio. Sus datos son fiables.
Pero Finlandia es un país rico, estable y tecnológicamente avanzado que tomó esa decisión hace 30 años. La mayoría de los países donde el problema es más grave son exactamente los que menos recursos tuvieron para construir ese tipo de infraestructura de datos: naciones que atravesaron conflictos armados, crisis económicas, inestabilidad institucional o simplemente carecieron de los medios para llevar un registro digital concienzudo de sus poblaciones dispersas en territorios vastos y de difícil acceso.
La solución, advierten los investigadores, no es sencilla ni rápida. No se trata de actualizar una base de datos o correr un nuevo algoritmo. Es un problema estructural que requiere que los gobiernos inviertan en capacidad real para registrar a sus ciudadanos rurales, algo que muchos de ellos no pueden hacer sin apoyo internacional. Mientras eso no ocurra, cualquier política basada en estos mapas —desde la distribución de medicamentos hasta la planificación de infraestructuras o la respuesta a desastres naturales— estará construida sobre un conteo que ignora a una porción enorme de la humanidad.