

La ofensiva militar de Donald Trump contra el régimen iraní empieza a generar inquietud dentro de Estados Unidos. No por sus resultados inmediatos, sino por sus consecuencias estratégicas de largo plazo: cada misil lanzado sobre Irán es un misil que no estará disponible en otro escenario bélico.
Y los escenarios que más preocupan a los estrategas están muy lejos del Medio Oriente. Según un reporte de The Washington Post, Estados Unidos ha disparado al menos 850 misiles de largo alcance contra Irán hasta finales de marzo.
La cifra, que circula ampliamente entre analistas de defensa, ha multiplicado el pesimismo en sectores de la sociedad estadounidense que ya miraban con desconfianza las derivas de la política exterior de Trump.
Alertan por el desgaste de recursos estratégicos
Los expertos Mark Cancian y Chris Park, del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, consultados por el medio especializado Military Times, reconocen que el arsenal actual es suficiente para sostener el conflicto en curso, bautizado como Operación Furia Épica. Sin embargo, advierten que el verdadero problema está en otro lado.

“El efecto en otros escenarios como Ucrania y el Pacífico Occidental es lo que más preocupa”, señalan. En particular, el desgaste de misiles Tomahawk, Patriot y THAAD genera inquietud ante un eventual enfrentamiento con China, donde esa capacidad de fuego sería determinante. “El agotamiento de los inventarios debilite nuestra capacidad de disuasión”, advierten.
Taiwán, el escenario que nadie quiere pero todos calculan
El conflicto con China es el que más desvela a los estrategas del Pentágono. Washington quiere mantenerse lo más alejado posible de una confrontación directa, pero con la capacidad operativa de frenar cualquier invasión china a Taiwán. Para ese escenario, los misiles Tomahawk consumidos en Irán serían un recurso crítico.
El dato más inquietante lo aporta el propio Cancian: reponer entre 850 y 1,000 misiles tomaría entre dos y tres años con la capacidad industrial actual. En ese margen de tiempo, cualquier escalada en el Pacífico encontraría a Estados Unidos en una posición de mayor vulnerabilidad que la habitual.















