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Stephen Hawking no solo revolucionó nuestra comprensión del universo: también tuvo el coraje de advertirnos sobre nuestro propio final. Meses antes de su muerte en 2018, el reconocido astrofísico británico lanzó una predicción que dejó helados a millones: la Tierra se volvería completamente inhabitable en el año 2600.

Su advertencia no surgió del pesimismo, sino del análisis riguroso de dos variables críticas: el crecimiento exponencial de la población mundial y nuestro apetito insaciable por la energía eléctrica. Para él, estos factores convergerían en un escenario catastrófico en menos de seis siglos.

Hawking no hablaba de un apocalipsis repentino, sino de un colapso anunciado: superpoblación, consumo energético descontrolado y un planeta incapaz de disipar el calor generado por su propia civilización. Fuente: archivo

2600: el año en que la Tierra se convertirá en una bola de fuego

Su visión sobre nuestro futuro resultaba estremecedora. Durante su participación por videoconferencia en la Cumbre WE de Tencent celebrada en Beijing en noviembre de 2017, el físico describió un panorama apocalíptico: para el año 2600, la humanidad estaría literalmente apretujada, viviendo hombro con hombro en un planeta sobrepoblado.

Pero el hacinamiento sería el menor de nuestros problemas. Según sus cálculos, el consumo desenfrenado de electricidad elevaría la temperatura del mundo hasta niveles insostenibles. La Tierra, explicó, brillaría al rojo vivo como una esfera incandescente, similar a una estrella moribunda. El planeta que conocemos se transformaría en un infierno inhabitable donde ninguna forma de vida orgánica podría subsistir.

Esta predicción no era ciencia ficción: la fundamentó en patrones demográficos concretos. Señaló que la población mundial se duplicaba cada 40 años, un ritmo que ningún sistema planetario podría sostener indefinidamente.

Venus: el espejo del futuro terrestre que nos espera

Para ilustrar el destino que nos aguarda, Stephen Hawking recurrió a nuestro vecino planetario más cercano. En el documental de la BBC “Stephen Hawking: Expedition New Earth”, estrenado en julio de 2017, el científico trazó un paralelismo inquietante entre la Tierra del futuro y Venus en el presente.

El segundo planeta del sistema solar, envuelto en una atmósfera tóxica de dióxido de carbono, experimenta temperaturas que rondan los 475 grados. Su superficie es azotada por lluvia de ácido sulfúrico y la presión atmosférica equivale a estar sumergido a 900 metros bajo el mar. Según él científico, ese sería nuestro destino: un mundo con temperaturas superiores a 250 grados centígrados, donde el agua se evaporaría instantáneamente y la atmósfera se volvería corrosiva.

El físico identificó la ambición humana como el principal obstáculo para cambiar este rumbo. Nuestra incapacidad para frenar el consumo, modificar patrones de crecimiento y priorizar la supervivencia colectiva sobre el beneficio individual nos condenaba a repetir el destino de Venus.

Alfa Centauri: el plan de evacuación interestelar

Frente a este panorama devastador, no se limitó a profetizar el desastre: propuso una solución radical. Si la Tierra estaba condenada, la humanidad debía abandonar el barco y buscar un nuevo hogar entre las estrellas.

Su mirada se dirigió hacia Alfa Centauri, el sistema estelar más próximo a nuestro Sol, ubicado a 4.37 años luz de distancia. El científico sugirió que entre sus planetas podría existir uno con condiciones similares a las terrestres, capaz de albergar vida humana. Durante su conferencia en Beijing, solicitó un financiamiento de 100 millones de dólares para desarrollar la tecnología necesaria para esta migración.

La propuesta técnica resultaba audaz: nanonaves impulsadas por potentes haces de luz que podrían alcanzar velocidades nunca antes logradas. Según sus estimaciones, estas naves llegarían a Marte en menos de una hora y completarían el viaje a Alfa Centauri en poco más de dos décadas, superando ampliamente el rendimiento de cualquier sonda espacial actual, incluida la legendaria Voyager.

Para el científico, el verdadero peligro no era el año 2600 en sí, sino la inercia humana: seguir creciendo, consumiendo y compitiendo como si la Tierra tuviera límites infinitos. Fuente: archivoAI generated

El reloj del apocalipsis: por qué el desastre es inevitable

En un análisis más amplio, el científico calculó probabilidades de extinción que abarcaban diferentes horizontes temporales. Aunque reconoció que el riesgo de una catástrofe global en cualquier año específico puede parecer reducido, su análisis estadístico revelaba una verdad incómoda: en una escala de 1,000 a 10,000 años, un evento de extinción masiva resulta prácticamente inevitable.

Esta conclusión surgía de considerar múltiples amenazas: cambio climático acelerado, guerra nuclear, pandemias artificiales, impactos de asteroides e incluso riesgos derivados de la inteligencia artificial. Cada año que pasa sin catástrofe, argumentaba, no disminuye el riesgo futuro; por el contrario, la acumulación de amenazas aumenta las probabilidades de que algo salga terriblemente mal.