Un trabajo presentado por el investigador independiente Sefy Levy plantea que el mensaje más trascendente de la Gran Pirámide de Giza no se encuentra grabado en sus muros interiores, sino codificado en sus propias proporciones geométricas.
La hipótesis sostiene que la altura, la base, las caras inclinadas y la estructura general del monumento forman un complejo patrón numérico concebido para perdurar en el tiempo.
Según la investigación, estas medidas coinciden con los ciclos lunares, el calendario astronómico y los movimientos de los planetas visibles a simple vista, proponiendo que el edificio funcionó como un registro permanente en piedra sobre la ciencia y el cosmos del antiguo Egipto.
Coincidencias astronómicas y simulación matemática
Para determinar estos patrones, el estudio aplicó fracciones utilizadas por los escribas egipcios sobre las dimensiones conocidas del monumento.
Los resultados arrojaron aproximaciones a constantes universales como el número pi y la proporción áurea, además de valores vinculados al intervalo entre los perigeos lunares, la salida helíaca de la estrella Sirio y los ciclos de planetas como Saturno, Júpiter, Venus y Marte.
Con el propósito de evaluar si estas cifras podían responder al azar, se generó un modelo con 100.000 pirámides hipotéticas ajustadas a los rangos del Imperio Antiguo.
La simulación reveló que apenas el 2,4 % de los diseños aleatorios alcanzaba un nivel de coincidencias numéricas similar o superior al de Giza.
Sin embargo, la egiptología académica mantiene su postura tradicional, recordando que el trabajo se difundió en repositorios sin revisión de pares y que el complejo fue erigido hace unos 4.500 años como un monumento funerario destinado al faraón Khufu.
Una conexión simbólica con el mito de la creación
Más allá del esquema matemático, la teoría desarrollada por Levy conecta la arquitectura del sitio con el mito heliopolitano de la creación, según el cual la tierra emergió de un océano primordial.
La hipótesis sugiere que la Gran Pirámide fue construida a imagen del montículo primigenio o benben, representando la memoria ancestral de antiguas comunidades.
El planteo vincula este relato con el Ojo del Sáhara, una formación geológica circular en Mauritania que albergó agua durante el período en que la región presentó un clima más húmedo.
Según la interpretación de Levy, las migraciones hacia el valle del Nilo habrían preservado la memoria de aquel entorno, influyendo en el diseño del complejo de Giza, sus puertos y sus calzadas, aunque la arqueología oficial aclara que no existen evidencias directas que confirmen una relación histórica entre ambos lugares.