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En 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, la Guardia Costera de Estados Unidos decidió trasladar 29 renos a la isla St. Matthew, ubicada sobre el mar de Bering, frente a Alaska. ¿Cuál era el objetivo? Crear una reserva de alimento para los soldados que trabajaban en una estación de navegación instalada en ese lugar. Nadie imaginó entonces que ese pequeño grupo de animales terminaría protagonizando un fenómeno biológico sorprendente.
Aquel grupo inicial, formado por 24 hembras y cinco machos, quedó liberado en un ambiente deshabitado. Sin depredadores y con abundante vegetación, los animales encontraron las condiciones perfectas para reproducirse y crecer de forma extraordinaria durante casi dos décadas: en 1957 se contabilizaron 1350 renos y solo seis años después alcanzaron un pico de 6000 ejemplares.
Cómo 29 renos se convirtieron en 6000 en menos de 20 años
El crecimiento fue tan acelerado que sorprendió a los propios científicos que monitoreaban la zona:
- 1944: llegada de los 29 ejemplares a la isla St. Matthew.
- 1957: la población ya rondaba los 1350 renos.
- 1963: se contabilizó un pico histórico de 6000 animales.
Ese ritmo de expansión, sin embargo, escondía un problema de fondo. Cuando los investigadores regresaron en 1963, notaron que la vegetación mostraba signos evidentes de agotamiento frente al volumen creciente de animales. Los líquenes habían disminuido de forma marcada y los propios renos presentaban cambios físicos visibles respecto de los ejemplares observados anteriormente.

El invierno que provocó un colapso devastador
La situación para esta especie entró en una fase crítica durante el invierno de 1963-1964, que fue uno de los más severos de la región en aquellos años. Una revisión científica publicada tiempo después confirmó que la combinación de condiciones climáticas extremas, sumadas a la sobrepoblación y escasez de alimento, disparó una mortandad masiva.
Cuando los científicos volvieron a St. Matthew en el verano de 1966, la escena que encontraron fue desoladora. De los 6000 renos contabilizados apenas tres años antes, solo 42 ejemplares habían logrado sobrevivir al colapso poblacional.
Entre los pocos sobrevivientes había un solo macho, que además presentaba anomalías físicas en sus astas y probablemente no podía reproducirse. Esa circunstancia selló el destino de la especie en la isla: la población nunca logró recuperarse y, con el correr de los años, desapareció completamente de la isla. Según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos, el último ejemplar conocido de la isla murió en 1981, cerrando un ciclo de apenas 37 años.
Al final, el caso de St. Matthew quedó registrado como uno de los ejemplos más extremos para explicar cómo una especie puede crecer de forma explosiva en un ambiente aislado y luego derrumbarse en muy poco tiempo.















