

Innumerables son los ejemplos catastróficos de ausencia regulatoria que salieron a la luz en los últimos meses. Sin fronteras, la crisis se expandió como una pandemia, encontrando patrones similares en todo el mundo.
Se busca el paradero de la famosa ‘mano invisible’, aquella que hacía que todo volviera a su punto de equilibrio y por ello, desestimaba cualquier intento de intervencionismo estatal.
Hoy parece haberse perdido el eje central y ante la evidencia del descontrol imperante, las teorías liberales más ortodoxas están pidiendo el canje de la ‘mano invisible’ por un intervencionismo del Estado que salga a intentar salvar lo que en muchos casos parece ya irremediable.
El Premio Nobel de Economía 2001 Joseph Stiglitz aseguró que la crisis “exhibe una trama de deshonestidad de las entidades financieras combinadas con incompetencias de los responsables políticos . Asimismo, se mostró muy crítico para con los bancos norteamericanos sobre los cuales afirmó: “Rechazan cualquier atisbo de regulación; pero cuando surge el problema, reclaman la pronta intervención del Estado .
Por su lado, Paul Samuelson, Nobel de Economía en 1970, señaló que en los mercados mundiales se viven “tiempos de conmoción profunda y estimó que “el capitalismo puro no alcanza para lograr sistemas equilibrados de desarrollo y estabilidad financiera.
Debemos recordar que el Estado es lo que da origen a la Nación y constituye la base del orden social moderno. Sin un Estado que vele por los intereses de todos, asegure el cumplimiento de la ley, el bienestar común, el orden público y la administración de los recursos, la subsistencia de la sociedad como tal es inverosímil.
La existencia de un mercado en el que conecten productores de bienes y consumidores da lugar a la conformación de un mercado laboral por un lado y a la determinación de precios que a su vez permitan proyectar a largo plazo la conveniencia o no de concretar inversiones productivas.
El Estado tiene el deber de regular las relaciones comerciales de los individuos, estableciendo derechos y obligaciones, generando mercados donde se promueva la competencia e impidiendo las formaciones monopólicos.
La regulación y la intervención son dos facultades del Estado que deben administrarse con sentido de justicia, equidad y necesidad.
En la década del ‘90 tuvimos en su máxima expresión lo que se denomina la economía del Laissez-faire, en donde la libertad del mercado, la apertura irrestricta a las importaciones, el desguace del Estado y las privatizaciones provocaron la gran crisis de 2001 en donde gran cantidad de empresas fueron a la quiebra por estar en malas condiciones para competir, dando origen a grandes masas de desempleados que quedaron excluidos en todo sentido.
Hoy no caben dudas acerca de la necesidad de intervención estatal en cada uno de los países afectados.
En noviembre del año pasado, el entonces presidente norteamericano George Bush, convocó a una reunión del G-20 que finalmente se celebró en Londres el 2 de Abril del corriente año.
Allí asistieron los países miembros que en conjunto representan al 90% del PBI mundial, el 80% del comercio y dos tercios de la población mundial.
Dentro del G-20 se visualizaron dos grandes posturas: los países que abogan por estrictas regulaciones al sistema financiero, versus los que pretenden estimular la demanda mundial mediante la expansión fiscal. Dichas posturas no son incompatibles dado que en ambos casos se trata de otorgarle mayor intervencionismo al Estado, el eje central es cómo llevarla adelante.
La postura de la República Argentina expresada a través de su presidenta Cristina Fernández de Kirchner, coincidió con el proyecto de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en impulsar un ‘salvataje global’ para reactivar la demanda e impulsar fuertes regulaciones tanto a los mercados financieros como a los paraísos fiscales. Asimismo, hizo hincapié en la necesidad de construir canales de transmisión entre el sector financiero y la economía real, para hacer que el dinero de los ‘salvatajes’ ayude a las empresas generadoras de trabajo y no solamente al sistema financiero global. El escenario hoy en día es muy diferente al de 1931 en donde la falta de acuerdo entre los países tras una reunión celebrada también en Londres dio origen algunos años más tarde a la Segunda Guerra Mundial.
Muchos economistas afirman que los estímulos fiscales sobre la demanda de bienes y servicios reales en la década del ´30 fueron exiguos y que, por consiguiente, la recesión sólo desapareció con el gasto bélico a partir de 1940.
Hoy, a diferencia de la crisis de 1929, existe un acuerdo global acerca de la necesidad de dejar de lado la ‘mano invisible‘ y tomar el ‘toro por las astas’.
El cambio de paradigma está en marcha, y la necesidad de contar con un Estado más intervencionista en las economías mundiales se ha transformado en una prioridad.
La incógnita ahora pasa a ser su magnitud y alcance.










