

Desde el retorno de la democracia, cada década concluyó con una demanda nítida en términos económicos, configurando así la agenda de la siguiente. El fin de los ’80 coincidió con la hiperinflación, por lo que no quedaron dudas acerca de la necesidad de estabilizar la economía. Lo propio ocurrió terminando los ‘90 con el reclamo de empleo en medio de una hiperrecesión. En este fin de década el balance es menos nítido, pero al tope de la agenda debe anotarse un mandato para la creación sostenida de empleos de calidad. Muchos se podrían dar en ciudades pequeñas y medianas del interior contribuyendo a acotar la excesiva aglomeración, con las consecuencias sociales que conlleva.
El arranque de la primera década del siglo XXI coexistió con una elevada tasa de desempleo, que hizo pico en 2001/02. El mandato estaba claro y en buena medida se cumplió. Las condiciones de elevada capacidad ociosa, el expansivo contexto internacional, salarios bajos en dólares y tasas de interés negativas, se anudaron para un escenario de aumento del empleo a tasas elevadas, aunque sin grandes cambios en la composición del mercado de trabajo.
En términos cuantitativos, se distinguen dos etapas. Entre 2003 y 2007 el empleo (formal privado) creció a una tasa superior al 9% anual, pero de 2008 a 2010 fue mucho más moderado, en torno a 1,5% anual, neteando subas y bajas. En la primera fase, la existencia de capacidad ociosa hizo que el monto de inversión por cada nuevo puesto de trabajo fuera accesible, del orden de los u$s 95.000. Hacia 2007 subió a u$s 146.000 por cada nuevo empleo, pasando a u$s 300.000 en 2008. Mientras menor es la capacidad ociosa, mayor será la inversión a realizar por cada nuevo empleo.
Como en tantos otros indicadores, la comparación con Brasil remite a la fábula de la liebre y la tortuga. Ese país pudo evitar el impacto de la última crisis internacional sobre el empleo (Argentina tuvo números negativos en 2009), y tampoco experimentó una crisis tan traumática como la de 2001/02. Por estas razones, en los últimos diez años acumuló un incremento de empleos privados formales de 67%, más de 20 % sobre el logro de la Argentina (ver gráfico).
Si nuestro país se propusiera lograr en esta década un aumento sostenido del empleo privado formal, a un ritmo de 5% anual, por un lado estaría planteándose exigentes requisitos y, por otro, estaría autoalimentando el salto de calidad. Por empezar, se estaría reduciendo la tasa de informalidad laboral a la mitad, del 36% a 18% (sin computar servicio doméstico y planes sociales).
Para lograr este objetivo hay que bajar en forma significativa el riesgo país, ampliar el horizonte de los agentes económicos con inflación en descenso y la construcción de un fondo anticíclico, premiar impositivamente a la inversión, a la contratación de trabajadores formales y a su capacitación, eliminar cuellos de botella en provisión de energía e infraestructura y tecnológica, con énfasis federal dada la nueva distribución de las oportunidades de negocios, posibilitar el financiamiento de largo plazo tanto a través del mercado de capitales como del sistema financiero, etc. En el mercado de trabajo se necesitan remuneraciones acordes a la productividad, posibilidad de reubicación de trabajadores y encapsular las industrias de juicios.
El desarrollo requiere apoyarse en un avance sostenido de la productividad de los trabajadores. China y otros países asiáticos lograron una larga etapa de expansión porque encontraron la fórmula para que el exceso de población rural (con muy baja productividad) se relocalice en industrias que compiten en el mundo, generando mucho mayor valor agregado en el nuevo trabajo. La Argentina, que hace muchas décadas completó la migración del campo a la ciudad, habrá de avanzar de un modo distinto. Es clave que las locomotoras (originadas en industrias, servicios o recursos naturales) se apoyen en el mercado global para lograr escala, exporten o no, pero a su vez, el salto de productividad deberá provenir de un equipamiento mas cercano a la frontera tecnológica de parte de las empresas existentes y de una capacitación continua de los trabajadores. Hoy, el mapa del empleo muestra dos grandes segmentos de baja productividad. Una gran precariedad laboral en el conurbano bonaerense y otras grandes ciudades y un exceso de empleo público en varias provincias. Hoy la migración debe ocurrir desde puestos de baja productividad a empleos mejor equipados y capacitados. Este salto de productividad posiblemente pueda darse de un modo más significativo en ciudades pequeñas o medianas del interior antes que en las grandes aglomeraciones. Pero eso no va a ocurrir “naturalmente , como en cierto modo pasa en los países asiáticos. Se necesitan nuevas reglas de juego y políticas de competitividad que vayan en esa dirección.










