Mientras algunos en Occidente impulsan una semana laboral de cuatro días en la era de la inteligencia artificial, Brasil recién ahora busca reducir la jornada de millones de trabajadores de seis días a cinco.
En vísperas de su campaña por la reelección a fin de año, el presidente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva propuso reducir el máximo de horas semanales de 44 a 40 en la mayor economía de América Latina, sin recortar salarios.
El gobierno afirma que esto pondrá fin en la práctica a la situación de casi 15 millones de personas con empleos formales que tienen solo un día libre cada siete.
“Queremos darle una vida mejor, más dignidad y tiempo libre a quienes ganan menos, trabajan duro y tienen pocas calificaciones”, dijo Reginaldo Lopes, legislador del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y autor de un proyecto de ley sobre el tema. “Ha llegado el momento. La sociedad está lista.”
Los ministros argumentan que los cambios fortalecerán a las familias, la salud y el bienestar, potenciando así el rendimiento de los trabajadores. Señalan que se alinea con las tendencias de reducción progresiva de la jornada laboral en países como Chile y Colombia, mientras que muchas naciones europeas promedian menos de 40 horas.
La medida acercaría a Brasil a gran parte del mundo occidental, donde la semana laboral se ha acortado a medida que una mayor productividad y mejores salarios han permitido costear más tiempo libre.
Este mes se cumple el centenario de que Ford se convirtiera en el primer gran empleador estadounidense en otorgar a sus trabajadores un fin de semana de dos días.
Los brasileños trabajaron en promedio poco menos de 2.000 horas en total en 2023, aproximadamente un 50% más que los alemanes, quienes registraron 1.335 horas, según Our World in Data.
El plan de Lula, denominado reforma “6x1”, parece contar con amplio respaldo: siete de cada diez encuestados lo apoyan según una reciente encuesta de Datafolha.
Henrique Ali Oliveira Alves, asistente de sistemas en São Paulo con jornada de seis días, es uno de los que están a favor. “Siento que vivo para trabajar y no trabajo para vivir”, dijo, sin “tiempo para cosas básicas como el entretenimiento, el ocio, la salud y los asuntos personales”.
Pero el proyecto de ley está lejos de tener aprobación garantizada en un Congreso cada vez más hostil, dominado por conservadores que le han propinado a Lula derrotas contundentes, incluido el rechazo histórico a un candidato para la Corte Suprema.
Los opositores afirman que el plan podría perjudicar la economía al elevar los costos para las empresas, y algunos advierten que el tiempo libre adicional podría llevar a la gente por mal camino.
“Estarán más expuestos a las drogas y al juego”, dijo a comienzos de este año el legislador derechista Marcos Pereira, pastor evangélico, al diario Folha de S.Paulo. “En vez de ocio, podría ser el mal.” (Luego se disculpó por el comentario.)
Incluso si el proyecto no se aprueba antes de las elecciones, sus impulsores esperan que la propuesta le dé al veterano político una ventaja sobre su principal rival en las urnas de octubre, el senador Flávio Bolsonaro. Las encuestas ubican al hijo del expresidente encarcelado Jair Bolsonaro —de extrema derecha— en un empate técnico o ligeramente por delante de Lula.
Alrededor de un tercio de los brasileños con empleo formal trabaja seis días, mientras que un total de 37 millones se beneficiaría de la reducción de cuatro horas semanales, según sostiene el gobierno.
Los analistas consideran que la propuesta es un intento del exlíder sindical de 80 años de reconectar con su base de clase trabajadora.
“Lula y el PT son producto del sindicalismo de los años 80 y han tenido dificultades para adaptarse a los cambios en el mercado laboral, ya sea los vinculados a la tecnología o a la informalidad, como los trabajadores de plataformas”, dijo Thomas Traumann, analista político y exsecretario de prensa presidencial.
Durante su primer mandato, de 2003 a 2010, Lula cosechó reconocimiento internacional por haber reducido significativamente la pobreza. Desde su regreso hace tres años, eximió del impuesto a las ganancias a los trabajadores de menores ingresos, aumentó el salario mínimo e incrementó las transferencias sociales.
Sin embargo, a pesar del sólido crecimiento del PBI y un desempleo relativamente bajo, su imagen en las encuestas ha caído. Esos números, frecuentemente atribuidos a una inflación persistente y al endeudamiento de los hogares, explican el énfasis de Lula en el plan “6x1”.
Aunque Oliveira Alves, el asistente de sistemas, está decepcionado con el gobierno por no haber logrado “cambios profundos en la vida de los trabajadores”, el joven de 24 años dice que votará a Lula “a falta de mejores alternativas”.
Si bien resulta difícil encontrar trabajadores de seis días que se opongan frontalmente a la reforma, no todos la apoyan con entusiasmo. Rogério Oliveira, vendedor de sistemas de seguridad en São Paulo y firme opositor a Lula, está preocupado porque un quinto de sus ingresos proviene de comisiones que cobra los sábados. Aun así, espera que su jefe le permita tomarse un día libre entre semana.
Sin embargo, las cámaras empresariales advierten que las propuestas podrían frenar la creación de empleo o incluso derivar en despidos. La Federación de Comercio de São Paulo estimó que pasar a 40 horas podría aumentar los costos por hora en un 10%, con los sectores agropecuario, comercial, de servicios e industrial “gravemente afectados”.
Los representantes del sector privado sostienen que cualquier reducción horaria debería darse únicamente tras mejoras en la productividad, que ha estado estancada en las últimas décadas.
Gabriel Leal de Barros, economista jefe de ARX Investimentos y exfuncionario de control fiscal, sugirió que la productividad empeoraría debido al alza en los costos laborales. “Eso en última instancia lleva a un menor PBI en el mediano y largo plazo y a una mayor inflación”, agregó.
No todos los economistas coinciden. Un estudio del Ipea, un centro de pensamiento del gobierno brasileño, indicó que las propuestas tendrían costos manejables y que no hay evidencia clara de pérdida de empleos. En otras partes del mundo, las empresas se han adaptado en parte volviéndose más eficientes.
“Un trabajador más descansado es un trabajador más productivo”, dijo Guilherme Boulos, un ministro considerado a veces heredero político de Lula. “Tendrá menos accidentes laborales y menos ausencias por agotamiento.”
Pero, aunque una semana laboral más corta obligue a empresas y trabajadores a ser más productivos, habrá concesiones: la cultura de las largas jornadas en Estados Unidos es una razón de peso por la que los trabajadores estadounidenses ganan más que sus pares europeos.
Investigadores del FMI han argumentado que la solución no es obligar a la gente a trabajar más horas de las que desea, sino incorporar a más personas al mercado laboral mediante políticas como una mejor licencia parental y ayudarlas a seguir trabajando hasta edades más avanzadas.
