Greg Abel, el nuevo CEO de Berkshire Hathaway, utilizó su primera carta a los accionistas para decir esto sobre su predecesor Warren Buffett: “La disciplina, la paciencia y el criterio definen la manera de invertir de Warren.” La semana pasada, John Ternus utilizó su primera conferencia con inversores como CEO electo de Apple para elogiar la “reflexión, la deliberación y la disciplina de su predecesor en materia de decisiones financieras”. Este eco casi perfecto no es casual. Berkshire y Apple son los dos grandes exponentes de la paciencia como estrategia corporativa.
Sin embargo, las implicancias de esta paciencia para el futuro de ambas empresas son muy diferentes y los dos nuevos directivos enfrentan desafíos igualmente distintos.
En Berkshire, la paciencia estratégica se manifiesta en el balance: la compañía mantiene casi u$s 380.000 millones en efectivo neto, equivalente al 30% de sus activos (para ponerlo en contexto, hace diez años el efectivo representaba el 10% de los activos de Berkshire). Abel afirma que no tiene “apuro por desplegar capital en oportunidades mediocres”, pero sabe que “habrá disrupciones en los mercados que nuevamente nos permitirán actuar”. Es decir: seguirá pasando hasta que le toque una mano excelente y entonces apostará fuerte.
La paciencia de Apple también se refleja en el balance: la empresa mantiene u$s 64.000 millones en efectivo neto, a pesar de haber tenido, hasta la semana pasada, una política de “neutralidad de efectivo neto”. Pero la forma más relevante de paciencia tiene que ver con la inteligencia artificial. A diferencia de sus rivales tecnológicas, Apple no está destinando decenas de miles de millones de dólares por trimestre para sumarse a la fiebre de los centros de datos. En los últimos cuatro trimestres, la inversión de capital de Apple fue aproximadamente el 10% de la de Microsoft o Alphabet.
Esto ya ocurrió antes. En la búsqueda en internet, Apple no intentó construir un competidor a la tecnología dominante de Google —como hizo Microsoft, sin éxito—. En cambio, se concentró en profundizar su control sobre el punto clave de distribución —el dispositivo personal— y utilizó a Google como motor de búsqueda predeterminado. De manera similar, su estrategia de IA hasta el momento consiste en desarrollar un dispositivo con la capacidad de cómputo local suficiente para ser el soporte ideal de los servicios de IA de terceros, mientras deja el costoso trabajo de construir centros de datos completos y modelos de frontera en manos de otros.
La estrategia de fondo sigue siendo esperar a que aparezca una oportunidad excepcional, en lugar de subirse a cada tecnología de moda. Desde el lanzamiento del iPod en 2001, el producto central de Apple se ha mantenido fundamentalmente igual: una pequeña computadora conectada en red, de calidad y facilidad de uso superiores.
Está de más decir que la paciencia ha funcionado bien tanto para Berkshire como para Apple; son la décima y la tercera empresa más valiosa del mundo, respectivamente. Pero la paciencia también conlleva riesgos.
Para Berkshire, el riesgo es que el mercado haya cambiado y que las “disrupciones” que Abel está esperando sean cada vez más difíciles de aprovechar. Siempre fue un juego difícil. Quizás el momento ideal en la memoria reciente para comprar acciones de Berkshire fue en el techo de 2007, cuando todos los demás estaban sobreapalancados y sobreexpuestos. En los diez años siguientes a ese momento, Berkshire logró superar al S&P 500 en aproximadamente 1,4 puntos porcentuales anuales. Sin embargo, en los casi 20 años desde ese punto de entrada, Berkshire ha tenido un rendimiento inferior al del índice en casi un punto porcentual por año (si se toma como punto de partida el piso del mercado de 2009, el desempeño de Berkshire es aún peor). El mundo está inundado de liquidez, tanto de capital privado como público, todo él a la espera de otra crisis. Es posible que Berkshire nunca vuelva a superar al mercado de manera sostenida.
Para Apple, el riesgo es más difícil de imaginar, pero existe. El dominio de Apple sobre el actual punto de distribución de los servicios tecnológicos de consumo es prácticamente irrompible, especialmente en el segmento premium del mercado. Hay 2.500 millones de dispositivos Apple en uso y la empresa ha logrado que abandonar su ecosistema sea una molestia considerable. La preocupación es que la inteligencia artificial cambie el punto de distribución, tal como lo hizo internet móvil hace dos décadas. Cómo podría materializarse eso es una incógnita. Pero si Apple ha dejado que otros tomen la delantera en las tecnologías centrales de IA, confiando en su punto de estrangulamiento de la distribución para mantenerse relevante, podría quedar rezagada ante un cambio sísmico.
Al tomar las riendas, Abel y Ternus podrían enmarcar los riesgos que enfrentan sus empresas en términos de escala. El tamaño le complica la vida a Berkshire al reducir el número de inversiones lo suficientemente grandes como para mejorar sus retornos. Al mismo tiempo, su envergadura y su paciencia la hacen segura. No tiene más remedio que estar diversificada y, aunque no pueda superar al mercado en el ciclo completo, gana en los años malos, como 2022. Para Apple, ser grande y paciente le otorga ventajas de costos y hace que sus productos sean difíciles de abandonar para los usuarios, pero la expone a daños severos si llegara una revolución tecnológica.
