Me consuela saber que no estoy el único. Ya sea que la tarea implique algo tan insignificante como procesar los correos electrónicos de la última hora o tan colosal como la construcción de una línea ferroviaria de alta velocidad o la organización de los Juegos Olímpicos, en casi todas las ocasiones subestimamos el tiempo y el esfuerzo necesarios.
Se podría pensar que estamos en medio de una maravillosa excepción: el desarrollo récord de vacunas en meses y no en años. Sí, y no. Las vacunas se han creado a una velocidad asombrosa. He consultado los mercados de predicción de julio, las "superpronósticos" de agosto y los modelos de principios de octubre, y todos ellos sugerían que era poco probable que hubiera una vacuna antes de fines de 2020.
Por otro lado, aunque las vacunas se desarrollaron rápido, el proceso de producción, como la mayoría de los grandes proyectos, avanza muy por detrás de las expectativas. Rasmus Bech Hansen, fundador de Airfinity, una empresa de análisis de ciencias de la vida, me dijo que los fabricantes de vacunas preveían producir 800 millones de dosis para fines de 2020. La realidad estuvo entre 20 y 30 millones de dosis.
Las compañías farmacéuticas, por lo tanto, cumplieron con cerca del 3% de lo que habían anunciado, casi la misma proporción de tareas que yo tacho de mi lista. Al menos tienen una excusa: una vacuna es una de las cosas más complicadas de producir. Cuando se trata de una vacuna nueva, es inevitable que surjan problemas y demoras.
Los realistas podrían señalar que la mayoría de los megaproyectos tienen un sesgo inherente hacia las promesas exageradas. Los fabricantes de vacunas que proyectaban 800 millones de dosis quizás se engañaban a sí mismos, pero también estaban prometiendo la luna para recibir pedidos por adelantado. Los programas de vacunas más exitosos, como el del Reino Unido y el de Estados Unidos, no se tomaron demasiado en serio esas proyecciones optimistas: prestaron más atención a las propias cadenas de suministro e invirtieron dinero en la capacidad de fabricación.
En 1977, los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky le pusieron un nombre al hecho de que todo demora más de lo que esperamos: lo llamaron "la falacia de la planificación". En el fondo, el problema es que intuitivamente hacemos esos pronósticos centrándonos en el propio proyecto e imaginando cómo se irá desarrollando. Nunca llegamos a tener en cuenta todas las maneras en que las cosas pueden salir mal.
En un proyecto grande y complejo, los retrasos son probables y es difícil evitar que se propaguen por el calendario. Incluso en un proyecto pequeño, hay distracciones o contratiempos que no habíamos previsto.
Un estudio clásico de este fenómeno a pequeña escala fue realizado por el psicólogo Roger Buehler y sus colegas a principios de la década de 1990. Pidieron a un grupo de estudiantes universitarios que calcularan el tiempo que tardarían en presentar su tesis de licenciatura y que consideraran escenarios positivos y negativos: "si todo va lo mejor posible" y "si todo sale lo peor posible".
La estimación optimista de los estudiantes fue de 28 días y su estimación de referencia no mucho más: 34 días. El cálculo para el peor de los casos fue de 49 días. ¿Cuál fue la realidad? 56 días.
No se trata sólo de la ingenuidad de los estudiantes. Los grandes proyectos de infraestructura habitualmente se exceden en los tiempos previstos, según una investigación realizada por Bent Flyvbjerg, profesor de la Saïd Business School de la Universidad de Oxford. En 2014, escribió: " Nueve de cada diez megaproyectos de este tipo tienen sobrecostos". Flyvbjerg aclaró que eso sucede hace décadas en proyectos tanto del sector público como privado.
¿Pero qué pasa con mi lista de tareas pendientes? No puedo decir que los proyectos sean especialmente complejos, y no hay nadie a quien le esté prometiendo más de la cuenta, salvo a mí mismo. No tengo excusa.
Tampoco los alumnos que estudió Buehler. Se podría argumentar que su tesis les parecía tan desconocida y compleja como cualquier megaproyecto. Pero cuando Buehler les pidió que estimaran el tiempo que tardarían en terminar proyectos académicos y no académicos más pequeños, como escribir un ensayo o limpiar su apartamento, el proyecto típico tardó el doble de lo previsto. Cometemos el mismo error una y otra vez.
Para intentar hacer una predicción realista, Kahneman y Tversky recomiendan fijarse en la experiencia de proyectos similares. Para un ensayo o una limpieza general del dormitorio, eso debería ser fácil. Pero no siempre es posible. Para cada gran proyecto innovador, no se puede aprender mucho de la historia, aunque definitivamente algo podemos instruirnos.
¿Pero lo hacemos? A Kahneman le gusta contar una historia en la que él y un equipo de expertos en toma de decisiones, tuvieron que considerar un ambicioso proyecto de reforma de planes de estudio. Y para ello observaron sabiamente los antecedentes en esfuerzos similares. Ese historial sugería que sus propios esfuerzos serían infructuosos y consumirían mucho tiempo.
"Ante la disyuntiva", escribió, "renunciamos a la racionalidad antes que a la empresa". El proyecto duró ocho años y fue un fracaso.
Si Kahneman no puede seguir su propio consejo, ¿quién soy yo para esperar sabiduría? Me dije que terminaría esta columna ayer por la tarde para poder centrarme en mis hijos. Y sin embargo, aquí estoy, todavía escribiendo. La falacia de la planificación ataca de nuevo.
Traducción: Mariana Oriolo
