Con su rival admitiendo ahora la derrota en el balotaje presidencial del domingo, el colombiano Abelardo de la Espriella se convirtió en el último populista de derecha en llegar al poder en América Latina. Inspirándose tanto en el salvadoreño Nayib Bukele como en el argentino Javier Milei, de la Espriella prometió construir una serie de megacárceles para alojar a los narcotraficantes y reducir el tamaño del Estado colombiano en un 40%.
Su victoria prolonga una serie de éxitos de los candidatos de derecha en la región, desde Chile hasta Honduras y Bolivia en los últimos meses, muchos de ellos haciendo campaña con consignas al estilo de Donald Trump. De hecho, de las últimas 15 elecciones presidenciales en América Latina, los candidatos de derecha o centroderecha ganaron 12.
A muchos de estos candidatos de derecha los ayudaron poderosas fuerzas estructurales. Los electorados de toda la región están furiosos por el crecimiento aparentemente incontestado de los grupos de crimen organizado. En algunos países, el auge de las iglesias evangélicas se conjugó con un mayor conservadurismo social. Los tres gobiernos de izquierda más radicales de la región —Cuba, Venezuela y Nicaragua— fueron, mientras tanto, fracasos tan rotundos que mancharon la imagen de muchos de los gobiernos de izquierda más moderados.
Sin embargo, cada vez resulta más claro que estas victorias no constituyen una nueva ola ideológica de apoyo a una agenda de derecha, sobre todo en lo económico. En los años 90, los votantes consagraron una serie de gobiernos en toda la región que impulsaron reformas profundas, con la apertura al comercio exterior y la privatización de las empresas estatales. Salvo en lo referido a las medidas para enfrentar la violencia y el delito, hoy hay mucho menos apetito por algo tan ambicioso.
Las restricciones del actual entorno político quedaron en evidencia en dos de los países que celebraron elecciones recientes. En Chile, José Antonio Kast asumió en marzo, pero vio cómo su imagen positiva se desplomaba apenas unas semanas después de negarse a usar el gasto público para limitar las subas en el precio de la nafta provocadas por la guerra con Irán.
En Bolivia, el presidente de centroderecha Rodrigo Paz creía tener el mandato para reducir los subsidios a los combustibles tras poner fin a casi dos décadas de gobiernos socialistas. Pero en las últimas semanas la capital, La Paz, quedó paralizada por las protestas y los bloqueos encabezados por los sindicatos obreros y agrarios.
En Colombia, de la Espriella también promete recortar el gasto público, pero dio pocas señales de dónde piensa encontrar el ahorro. Exabogado penalista, no tiene experiencia administrativa y ha mostrado desdén por los partidos tradicionales cuyo apoyo en el Congreso ahora va a necesitar.
La única excepción notable es Milei, el iconoclasta libertario argentino, que aplicó drásticos recortes del gasto desde que asumió en 2023 y aun así vio cómo su partido salía fortalecido de las elecciones legislativas de octubre. Pero la disposición de los votantes argentinos a aceptar su enfoque radical estuvo marcada por las desesperantes circunstancias económicas que heredó, con una inflación superior al 200%.
Si algo demostraron las elecciones más recientes es una polarización extrema antes que un giro duradero hacia la derecha. Al final, de la Espriella ganó por menos de un punto porcentual: el triunfo más ajustado en la historia moderna de Colombia.
En la elección presidencial de Perú, la disputa es tan reñida que, dos semanas y media después del balotaje del 7 de junio, todavía no se proclamó un ganador y aún se cuentan los últimos votos. Keiko Fujimori, otra populista de derecha, es la favorita para imponerse finalmente, pero por ahora aventaja a su rival de izquierda por apenas 43.000 votos. Lejos de anticipar una ola de derecha, los resultados de ambas elecciones sugieren que se trata de países con una marcada división política. Los dos podrían caer fácilmente en la parálisis.
