

Las casas vacías y los caminos cubiertos de vegetación forman parte del paisaje cotidiano de Tere, la única habitante de una aldea asturiana cuyos últimos vecinos se marcharon en 1991. En ese entorno, conserva la vivienda familiar y una rutina ligada a la huerta, los animales y los recuerdos de quienes vivieron allí. Su historia se conoció a través de una entrevista en el canal de YouTube Hilux Aventura.
El vínculo con ese lugar comenzó cuando tenía tres años, después de la muerte de su abuelo. Allí creció junto a su abuela Flora y sus tíos Pepe y Ricardo, en una familia que combinaba la ganadería, los cultivos y el trabajo fuera de casa. Hoy, entre edificios deteriorados y caminos que requieren mantenimiento, mantiene viva una parte de aquella historia.

La huerta y los alimentos que almacena en el hórreo ocupan un lugar central en su rutina. Su despensa reúne patatas, cebollas y tarros con productos de distintas cosechas. Ella resume esa abundancia doméstica con una frase: “Yo tengo tienda, pero es para mí sola”.
¿Cómo es la vida de Tere en una aldea sin vecinos?
La ausencia de otros habitantes no implica que Tere haya perdido el contacto con el exterior. Trabaja, sale a comprar y recibe ayuda de su hermano “Nacho” para las tareas de la tierra. El huerto aporta parte de los alimentos que consume, con cultivos como berzas, repollos, ajos y habas.
También organiza las próximas siembras y conserva los excedentes para aprovecharlos durante el resto del año. En el hórreo, Tere guarda patatas, cebollas y tarros de conservas que prepara con los productos de su huerta. Esa despensa le permite aprovechar las cosechas durante el resto del año y resume su rutina con una frase: “Yo tengo tienda, pero es para mí sola”. Hasta el pimentón forma parte de su producción: “No compro pimentón”, afirma en la entrevista para el canal.

Esa autonomía convive con una decisión personal de permanecer en la casa familiar. Ante la idea de que vivir sin vecinos equivale necesariamente a sentirse sola, responde: “Sola para nada, porque tendría la opción de estar en otro sitio”.
¿Qué le preocupa sobre el futuro de la aldea?
Tere recuerda quién ocupaba cada casa y a qué se dedicaban sus antiguos vecinos. El pueblo perdió población durante décadas, hasta que sus tíos, los últimos en marcharse, abandonaron el lugar a finales de 1991. Ahora, la vegetación cubre parte de las construcciones y numerosas viviendas presentan un fuerte deterioro.
Mantener el entorno exige tareas que superan el cuidado cotidiano de su propiedad. Entre sus preocupaciones figuran la necesidad de que el ayuntamiento desbroce la carretera, unos eucaliptos próximos a la vivienda y al hórreo y el estado de un antiguo puente de piedra.
Pese a esas dificultades, confía en que su hijo Pablo mantenga el vínculo con el lugar y contribuya a conservarlo. “Tengo la esperanza de que mi hijo no la deje caer”, expresa. Su deseo es que la casa y la memoria familiar tengan continuidad cuando ella ya no pueda ocuparse de ellas.















