Durante años, ser albañil fue considerado un camino seguro para ganarse la vida. En plena expansión inmobiliaria, muchos trabajadores encontraban en la construcción una forma de obtener ingresos que superaban ampliamente los de otros sectores.
Sin embargo, quienes llevan décadas en las obras aseguran que esa realidad quedó atrás. Hoy, pese a la escasez de trabajadores, cada vez menos jóvenes están dispuestos a ponerse el casco y aprender el oficio.
Uno de ellos es Pascual, un albañil que conoce de cerca la evolución del sector y que resume el cambio con una frase que ha generado debate: “Antes ganabas 3000 o 4000 euros; ahora te dejas la espalda por 1200”.
¿Por qué sostiene que el oficio dejó de ser atractivo?
La explicación, según los propios trabajadores, va mucho más allá del dinero. Matías, otro de los obreros entrevistados, fue tajante al diagnosticar el problema: “Los jóvenes españoles no quieren ser albañiles”.
Detrás de esa afirmación aparece una realidad que pocos conocen desde dentro. El trabajo diario implica una exigencia física constante que termina pasando factura con el paso de los años.
“Pasas frío, pasas calor, te duele la espalda”, explica uno de los trabajadores al describir una jornada habitual sobre el terreno. La carga física tampoco es menor. En determinados momentos pueden llegar a mover “50, 100 sacos” en una sola jornada.
La consecuencia es evidente: “Estás todo el día agachado levantando peso”, una rutina que termina afectando especialmente a quienes acumulan años dentro del oficio. Y cuando la jornada termina, el cuerpo lo recuerda. “Las rodillas y la espalda”, aseguran, son las partes que más sufren después de un día de trabajo.
¿Qué ocurre con los salarios?
La dureza física sería más fácil de asumir si estuviera acompañada por remuneraciones que compensaran ese esfuerzo. Pero precisamente ahí aparece otro de los grandes puntos de conflicto.
“No estamos bien pagados”, lamenta Matías al comparar la realidad actual con la de años anteriores. Según explica, los salarios han dejado de ser un incentivo para atraer nuevas generaciones.
Actualmente, “un peón puede estar entre 900 y 1000 euros”, mientras que “un oficial de primera, con suerte, entre 1500 y 1600 euros”. Para muchos jóvenes, esa ecuación resulta difícil de aceptar.
Los propios trabajadores reconocen que hoy los chicos “dicen que tienen otros trabajos que pueden ganar igual o más y no se cansan ni la mitad”. La comparación con empleos menos exigentes físicamente termina inclinando la balanza.
¿Qué pasó con el aprendizaje del oficio?
Los veteranos sostienen que otro de los cambios más importantes se produjo en la forma de ingresar a la profesión. “Antes la gente entraba a aprender el oficio”, recuerda Matías.
La formación se realizaba dentro de la propia obra, de manera progresiva y acompañada por trabajadores con más experiencia.
Él mismo recuerda sus comienzos para mostrar cómo funcionaba ese sistema. “Cuando empecé a trabajar, estaba de peón”, señala.
Ese recorrido, aseguran, ya no es tan habitual. Muchas empresas tienen dificultades para asumir el coste de formar a trabajadores sin experiencia y esperar el tiempo necesario hasta que alcancen un nivel productivo adecuado.
¿Por qué no se incorporan más jóvenes?
La respuesta, según los protagonistas, mezcla economía, formación y riesgo. Los responsables de las obras deben asumir gastos elevados desde el primer día y eso limita la contratación de personal sin experiencia.
Como explican los propios entrevistados, “te cuesta a lo mejor 700 euros cada seguro de cada persona y no te sale el rendimiento de una persona así”.
Se trata de un entorno “bastante peligroso, si no sabes lo que estás haciendo y si no tomas las precauciones adecuadas”. Por eso, los trabajadores insisten en que la experiencia sigue siendo fundamental.
No se trata únicamente de cuánto gana hoy un albañil. Su reflexión apunta a una pregunta más profunda: si el trabajo es duro, exige experiencia, implica riesgos y los salarios ya no compensan como antes, ¿quién construirá las viviendas del futuro?