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La mayoría de aplicaciones que se utilizan a diario en Europa WhatsApp, Gmail, Google Drive, Instagram tienen su sede en Estados Unidos y operan bajo una legislación que no siempre coincide con las garantías del marco jurídico europeo.

El experto en ciberseguridad y analista digital Ben van der Burg ha puesto el foco en ese desfase y ha lanzado una advertencia directa: depender de estas plataformas supone una vulnerabilidad estratégica tanto para usuarios particulares como para empresas.

Van der Burg sostiene que en un contexto geopolítico cada vez más inestable, la tecnología no es neutral, y que la concentración de datos en manos de unas pocas compañías extranjeras deja a ciudadanos y organizaciones a merced de intereses ajenos. “Quien controla los servidores, controla las reglas del juego”, ha resumido el especialista.

El conflicto entre la Ley CLOUD y el RGPD europeo

El núcleo del problema es jurídico. Aunque los datos de un usuario europeo estén alojados en servidores físicamente ubicados en Europa, si la empresa matriz es estadounidense —como ocurre con Google, Meta o Microsoft— queda sujeta a la Ley CLOUD (Clarifying Lawful Overseas Use of Data Act), que permite a las agencias federales de Estados Unidos reclamar esos datos en cualquier parte del mundo.

Esta normativa entra en conflicto directo con el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la Unión Europea, diseñado precisamente para blindar la información de los ciudadanos comunitarios.

Al utilizar software de empresas estadounidenses, el usuario queda expuesto a ese solapamiento legal, con independencia de dónde estén alojados físicamente sus archivos o mensajes. Las alternativas europeas, al operar exclusivamente bajo la jurisdicción de la UE, eliminan ese riesgo de raíz.

Las alternativas europeas a las redes sociales americanas. (Fuente: archivo)

Qué alternativas europeas propone Van der Burg

El experto señala que Europa ha desarrollado un ecosistema de herramientas maduras y funcionales que permiten recuperar el control de la vida digital sin renunciar a la comodidad.

Para el correo electrónico, destaca dos opciones principales: ProtonMail, con sede en Suiza y cifrado de extremo a extremo que impide técnicamente que la propia empresa acceda al contenido de los mensajes, cuyos servidores se encuentran físicamente en búnkeres bajo los Alpes; y Tutanota, alemana y de código abierto, que cifra también las líneas de asunto y la lista de contactos, cerrando posibles brechas de metadatos.

Para sustituir a WhatsApp, Van der Burg señala a Threema, aplicación suiza que no requiere número de teléfono ni correo electrónico para registrarse: al crear la cuenta se genera un ID aleatorio, lo que permite comunicarse sin revelar la identidad real. Es de pago único, lo que elimina el modelo publicitario como fuente de ingresos.

Como alternativa al almacenamiento en la nube, propone Nextcloud, desarrollada en Alemania, que permite alojar los datos en servidores propios o en proveedores europeos de confianza, con control y auditoría total sobre los accesos.

El coste de migrar a plataformas europeas

Van der Burg reconoce abiertamente que la transición no es sencilla. Abandonar plataformas utilizadas durante años implica una curva de aprendizaje y, en muchos casos, asumir costes económicos directos por servicios que hasta ahora se obtenían de forma gratuita a cambio de ceder datos. “La privacidad es un poco más cara y hay que acostumbrarse”, ha admitido el experto.

Su apuesta, no obstante, va más allá del usuario individual. Van der Burg pone como ejemplo a la Universidad Radboud de Nimega, que distribuye Fairphones —teléfonos modulares de fabricación holandesa— entre sus empleados como dispositivo corporativo, e insiste en que son las empresas y organizaciones las que tienen la capacidad real de normalizar el uso de tecnología europea a escala.

Según su análisis, cada decisión de compra o adopción tecnológica es también una decisión política sobre quién custodia la información y bajo qué reglas.