Las importaciones de ropa usada registraron en 2025 un crecimiento sin precedentes en la Argentina; el volumen pasó de 24.216 kilos en 2024 a más de 4,6 millones al año siguiente, lo que equivale a un salto de más de 190 veces, según datos analizados por Fundación ProTejer con información oficial.
En total, durante 2025 ingresaron al país 4.628 toneladas de ropa usada, por un valor FOB cercano a u$s 4,7 millones, lo que resulta en un precio promedio de u$s 1,02 por kilo. Con fuerte predominio de Estados Unidos como origen, también aparecen Pakistán y China entre los principales proveedores.
Los datos también muestran que el fenómeno fue ganando velocidad a lo largo del año, con una fuerte aceleración durante el segundo semestre que se mantiene en el inicio de 2026.
Un crecimiento que se acelera
El ritmo de las importaciones fue relativamente bajo en el arranque de 2025. En enero ingresaron 21.445 kilos y en febrero apenas 3 kilos. A partir del segundo trimestre comenzó a observarse una expansión más marcada.
En mayo ingresaron 176.793 kilos, cifra que subió a 275.724 kilos en junio y superó el medio millón de kilos en julio, con 585.019 kilos.
La tendencia se consolidó en los meses siguientes con 691.110 kilos en agosto y 534.958 kilos en septiembre, mientras que el mayor pico del año llegó en octubre, cuando las importaciones alcanzaron 1.067.219 kilos, más de 1.000 toneladas en un solo mes.
Entre julio y noviembre se concentró más del 75% del volumen total importado en el año, lo que muestra con claridad el cambio de escala que experimentó este mercado tras la facilitación de importaciones.
Precios en descenso
Además del aumento en los volúmenes, los datos también reflejan una caída sostenida en los precios de importación.
Durante los primeros meses de 2025 el valor FOB superaba u$s 1,50 por kilo, con registros cercanos a u$s 2 por kilo en marzo. Sin embargo, hacia la segunda mitad del año comenzó a observarse un descenso progresivo.
En agosto el precio promedio se ubicó en u$s 0,99 por kilo, en octubre cayó a u$s 0,91 y en noviembre llegó a u$s 0,85, uno de los niveles más bajos del año.
La tendencia parece continuar en 2026. Según los primeros registros disponibles, en febrero ingresaron 15.379 kilos por u$s 12.800, lo que equivale a u$s 0,83 por kilo, por debajo del promedio de 2025.
La ruta de los fardos: de donación a “negoción”
Más del 80% de las prendas ingresan por Jujuy, luego de ser desconsolidadas en Chile. Las prendas que terminan en este destino provienen de donaciones realizadas en Estados Unidos, a través de organizaciones benéficas y sistemas de reciclaje textil.
Ante el enorme volumen de ropa recolectada, muchas de estas entidades venden el excedente a empresas intermediarias que clasifican y comercializan la mercadería en grandes fardos, destinados a distintos mercados del mundo.
En América Latina, uno de los principales nodos de este comercio es la Zona Franca de Iquique (ZOFRI), en el norte de Chile, donde se consolidó un mercado mayorista que abastece a comerciantes de distintos países de la región.
“La ropa llega en fardos grandes desde Estados Unidos, se separa por calidad y después cada comerciante compra lo que necesita”, explican vendedores del sector, que señalan que en los últimos años el circuito se volvió más dinámico a medida que creció la demanda de prendas de segunda mano y de bajo precio.
Ante cuestionamientos en redes sociales sobre el origen de la mercadería, algunos comerciantes argumentan que “las empresas que comercializan la ropa donada transfieren parte de los ingresos a las organizaciones benéficas que reciben esas donaciones”.
Cuánto puede rendir un fardo
Al precio FOB se suman impuestos y costos logísticos. Según el especialista en comercio exterior Gustavo Scarpetta, las operaciones enfrentan aranceles cercanos al 35%, tasa estadística del 3%, doble IVA y percepciones, entre otros cargos, lo que puede elevar el costo efectivo de importación a entre u$s 1,80 y u$s 2,20 por kilo.
En el caso de un fardo de unos 100 kilos, el costo total podría ubicarse entre u$s 180 y u$s 220. Según comerciantes del rubro, cada kilo puede contener entre tres y cinco prendas, por lo que un lote de ese tamaño puede rendir entre 300 y 500 piezas.
Si esas prendas se venden en ferias o redes sociales entre u$s 8 y u$s 15, el ingreso potencial puede oscilar entre u$s 2.400 y u$s 7.500, antes de descontar gastos y descartes.
Los vendedores señalan que, en muchos casos, “un fardo se paga con las primeras 20 o 30 prendas vendidas”.
Sin embargo, el contenido de los fardos puede ser muy heterogéneo. Priscila Makari, analista de Fundación ProTejer, explica que dentro de un mismo lote pueden encontrarse prendas en estados muy diferentes.
“No se trata necesariamente de ropa lista para vender; puede haber prendas prácticamente nuevas, otras usadas en buen estado y también piezas que requieren reparación o directamente se descartan”, señaló.
Según la especialista, este tipo de envíos también implica que el país adquiere un “pasivo ambiental”, ya que ingresan residuos textiles, principalmente materiales sintéticos de difícil degradación.
El auge del “second hand”
Del lado de la demanda, vendedores y comerciantes coinciden en que el crecimiento del mercado de ropa usada responde a dos fenómenos simultáneos.
Por un lado, la búsqueda de alternativas más económicas en un contexto de pérdida de poder adquisitivo impulsa la demanda de prendas de menor precio.
Por otro, el auge del consumo second hand o vintage, ya consolidado en muchos mercados internacionales, comienza a expandirse también entre consumidores argentinos, especialmente a través de redes sociales y ferias especializadas.
En ese contexto proliferan pequeños emprendimientos dedicados a la reventa de ropa usada, que encuentran en este tipo de mercadería una oportunidad de negocio.
El foco en la industria
Además del factor ambiental, desde el sector textil observan el fenómeno con preocupación, especialmente por el contexto económico complejo para la industria.
Makari advierte que el fuerte crecimiento de estas importaciones coincide con un momento particularmente delicado para el sector, marcado por la caída del consumo interno, mayores costos productivos y un proceso de apertura comercial.
“El ingreso de grandes volúmenes de ropa usada puede generar competencia directa con la producción local, especialmente en los segmentos de precios más bajos”, señaló.
Según el último informe de FITA, el sector opera a apenas 35% de su capacidad instalada, con una caída cercana al 26% interanual y más de 19.000 puestos de trabajo perdidos en los últimos años.
En paralelo, las importaciones de prendas nuevas crecieron 129%, mientras el consumo interno continúa debilitado.
Qué habilitó el Gobierno
Quienes conocen el circuito explican que el volumen se concentra hoy en el norte del país en lugar que por Buenos Aires, ciudad que históricamente resistió el tratamiento de este tipo de mercadería.
Existe un requisito obligatorio para cualquier importador: el Certificado de Sanitización y Fumigación, que comenzó a exigirse en diciembre de 2025.
“Es una de las pocas cosas que necesitan sí o sí un certificado de fumigación para poder ingresarlo al país. No te dejan ingresar si no lo presentás ante la Aduana al momento de oficializar”, detalló el despachante Diego Jerez.
Este documento debe ser validado primero por la Secretaría de Industria, que emite el aval final necesario para la nacionalización.
Este requisito se convirtió en uno de los principales escollos para muchos importadores que, tras la oficialización de la actividad bajo la actual gestión, se encuentran con mercadería trabada por falta de avales sanitarios.
Este control resulta clave ante la aparición de fardos ilegales que ingresan por fronteras porosas sin ningún tipo de tratamiento, lo que representa un riesgo sanitario latente.
El marco normativo recorrió un camino sinuoso. Tras caer la prohibición de 1999 en abril de 2022, el comercio de ropa usada quedó durante un tiempo en un “limbo” administrativo.
“Con el gobierno actual se oficializó que se podía importar. Si tenés el certificado de fumigación, se presenta y lo ingresás”, resumió el despachante.
Impulsado por la búsqueda de precios más accesibles y por la proliferación de pequeños emprendimientos de reventa, el mercado de ropa usada se expande, sin embargo, el fenómeno abre también un nuevo debate entre consumo, ambiente e industria local.
Mientras para muchos consumidores representa una alternativa económica, para el sector textil se convierte en un nuevo factor de presión en un mercado ya golpeado por la caída de la actividad y la presión impositiva.