El festival mileísta que arrancó el lunes en Parque Norte y cerró el jueves a bordo del portaaviones USS Nimitz logró, al menos por un rato, mejorar el humor del presidente Javier Milei. Un alivio breve. Porque las encuestas y los números no acompañan: el índice de confianza registró su caída más pronunciada de 2026 y en el sector privado ya circula una metáfora inquietante para describir el clima económico: “Los Juegos del Hambre”.
Puertas adentro, una parte del gabinete dejó de disimular la preocupación, en contraste con la energía que intenta irradiar la mesa chica de la Casa Rosada.
Los eventos de la semana devolvieron al Presidente al terreno donde se siente más cómodo: la batalla cultural. Allí buscó recuperar iniciativa política, fijar agenda y construir un relato que contrarreste los números que golpean a su gestión y que alimentan cierto nerviosismo incluso entre quienes no le sueltan la mano, en parte porque tampoco ven una alternativa consolidada del otro lado.
Pero detrás de escena, las señales fueron otras. Los aplausos tibios en algunos tramos del mensaje en Parque Norte y las conversaciones que se reproducen en mesas empresarias por fuera del circuito oficial dejaron una conclusión incómoda: Milei sigue captando atención, pero eso ya no alcanza.
En el oficialismo habían promocionado la cena de la Fundación Libertad como un punto de inflexión, un momento para volver a seducir al Círculo Rojo. Sin embargo, desde lo más alto del Gobierno se volvió a aplicar el filtro sobre invitados habituales que incomodan a la Casa Rosada, lo que no pasó desapercibido entre los asistentes y generó cierta contrariedad en las mesas.
La mención a cada hito económico libertario -de la reducción del déficit a la acumulación de dólares- marcó un claro contraste entre la celebración entusiasta de algunos comensales y las miradas cómplices entre otros. Ni siquiera la madrina de la Fundación Libertad, “Chiquita” Legrand, que suele engalanar estas cenas fue parte en esta ocasión producto de su último achaque a la salud. Y eso no pasó desapercibido entre los habitués de mayor edad.
La escena más elocuente se dio con Mauricio Macri. Llegó de buen humor, se movió con soltura en el cóctel previo y en los espacios informales donde predominan los intercambios de ocasión. Pero esa sonrisa se fue desdibujando a medida que avanzaba la exposición presidencial.
Las filminas que comparaban gestiones —y que en algunos casos dejaban mal parado a Juntos por el Cambio— tensaron el ambiente. “Hubo una, la de la acumulación de dólares, que emparejaba la curva de Milei con la de Néstor Kirchner como los dos momentos de mejor registro. Creo que esa fue la gota que rebalsó el vaso”, describió un testigo directo de la escena.
No hubo saludo. No hubo gesto. Y, como sintetizaron con ironía algunos de los asistentes, “no hubo foto de los novios”. Macri cambió de mesa y se refugió en la del PRO. Milei abandonó el lugar tan rápido como había llegado. Ya lo habían notificado de antemano a Macri que no compartirían la cena pero ni siquiera se repitió el reconocimiento de otras veces.
“Ni un ‘Presi’ ni nada”, notó un dirigente violeta que captó la mutación en el rostro del Calabrés.
El expresidente partió luego rumbo a Egipto. La cercanía de un escenario internacional convulsionado parece, para algunos, menos hostil que el vínculo actual con el jefe de Estado. Mientras tanto, el líder del PRO sigue testeando su potencial candidatura y multiplicando contactos, con el termómetro en la mano.
¿Puede ser Macri un factor divisivo en el Círculo Rojo si se lanzara? Nadie confirma —pero tampoco descarta— que haya sido tema de conversación en su almuerzo de carne al horno con papas junto a Paolo Rocca, el líder de Techint, que no oculta su fastidio con el rumbo económico. La agenda de Macri incluye nuevas reuniones a su regreso, en un contexto donde su figura vuelve a ser medida con atención.
En ese mismo universo, un grupo de industriales que compartió mesa en un hotel céntrico durante la semana previa dejó una definición que empieza a repetirse. “Se va a empezar a multiplicar el cierre de empresas a partir de junio”, advirtió uno de los presentes. Y completó: “Muchos están tratando de aguantar a ver si su competencia se cae primero. Es como ‘Los Juegos del Hambre’”.
La postal es desigual. Mientras algunos sectores muestran signos de crecimiento, el Conurbano bonaerense expone el costado más frágil del modelo: caída del empleo cercana al 10% respecto a noviembre de 2023, desplomes de hasta 20% en ventas, eliminación de horas extras y problemas de salud mental cada vez más visibles entre los trabajadores.
“No alcanza el sueldo”, sintetizan. El impacto se traslada directamente al consumo: los sectores de mayores ingresos compran en el exterior, favorecidos por el tipo de cambio, mientras la clase media empieza a migrar hacia productos importados sin certificación.
Los empresarios aseguran haber trasladado todas estas preocupaciones al equipo económico. Reconocen canales abiertos con Luis Caputo e incluso con Federico Sturzenegger, pero se quejan de la falta de respuestas concretas. O incluso de la falta de empatía en algunas de ellas. Paradójicamente es uno de los ítems que más se desplomó en la medición mensual que realiza la Universidad Di Tella, un 13,9%.
“Uh, cierto, la cag… con eso”, reconstruyó sin eufemismos uno de ellos sobre la reacción de un funcionario de segunda línea ante los efectos de ciertas certificaciones para los productos importados y de correr al Senasa de su rol histórico. La respuesta que recibió fue igual de cruda: “Vayan a buscar a otro que haga lo mismo…”.
En paralelo, el Gobierno sostiene su narrativa. Milei insiste en que no hay destrucción de empleo sino una transformación hacia formas diferentes, por no llamarlas informales. “Que no sea el empleo que les gusta es otra cosa”, planteó ante empresarios, en línea con lo que ya había expresado el área de Capital Humano.
Pero ese discurso no impregna, no logra replicar el mismo entusiasmo dentro del propio oficialismo pese al esfuerzo del Presidente.
Milei busca transmitir seguridad y, de hecho, pese a que trascendieron los momentos del cruce con los periodistas -“chorros” y “corruptos”, los llamó- y el grito de “asesinos” a la izquierda, gran parte de su breve paso por el recinto lo mostró sonriente. Hasta dedicándole corazones y lanzando besos a la diputada Myriam Bregman.
Con todo, hubo otra postal en Diputados el miércoles que es igual de elocuente: funcionarios convocados a poblar los palcos para respaldar al jefe de Gabinete, distribuidos por áreas y regiones, en una escenografía que recordó a la presentación del Presupuesto. Pero, a diferencia de aquella ocasión, muchos se esforzaron por pasar desapercibidos: prefirieron la segunda o tercera hilera de sillas al arribar a su lugar designado, o directamente se escondieron detrás de columnas y cortinas.
El contraste entre la épica discursiva y el clima real empieza a ser cada vez más evidente. Y en ese desfasaje, el Gobierno no elude su partido más incómodo: el de sostener el relato mientras la realidad se vuelve más difícil de ordenar.