Enviado especial a Río de Janeiro - Hay una forma de mirar el duelo final entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro que va más allá de la disputa presidencial. En Río de Janeiro, donde se superponen trabajo informal, violencia cotidiana, milicias, narcotráfico, iglesias evangélicas y una fuerte tradición ligada a las fuerzas de seguridad, el balotaje desnuda una alquimia que pone en jaque las formas tradicionales de la política y el Estado. Los cambios en la vida cotidiana complicaron la narrativa del Partido de los Trabajadores que ahora promete virar el resultado.
Que las dos campañas hayan elegido esta ciudad como una posta común cierre no es casual. Sus militantes y simpatizantes se desplegaron con cantos y banderas en dos extremos distantes de la playa carioca: el PT copó la extensa Avenida Atlántica con su marea roja a la altura de Copacabana -antes de replicar el acto en San Pablo, su bastión tradicional- mientras que las camisetas amarillas inundaron Barra de Tijuca, centro de la actividad política de los Bolsonaro y su círculo, previo a expandirse hacia el sur y el Distrito Federal.
Contra todos los prejuicios, ambas concentraciones muestran perfiles heterogéneos, aunque algunos grupos predominen sobre otros. Hay mujeres, jóvenes y adultos, en los dos campamentos que recorre El Cronista, con mayor predominio de la población blanca entre los seguidores bolsonaristas.
Pero los matices, sobre todo, se perciben en las sutilezas a la vista, en las canciones, los mensajes y los gestos. Mucho más evidentes cuando encastran en la grilla de los fenómenos que describen la reconfiguración de la vida cotidiana y la falta de oportunidades, en particular cuando se trata de las nuevas generaciones.
Magide Vieira, historiadora y miembro del Núcleo de Relaciones Internacionales del PT, utiliza en diálogo con El Cronista una palabra que resume esa confluencia: “laboratorio”. “En Río, la crisis del sistema tradicional, la violencia cotidiana y el peso de las fuerzas de seguridad se combinan antes y con más intensidad que en el resto del país”, indica.
En su lectura, la ciudad concentra con particular intensidad los fenómenos que también aparecen en otras partes de Brasil: crisis de las mediaciones políticas tradicionales, violencia cotidiana, fuerte presencia policial y militar, expansión de las milicias, crecimiento evangélico en las periferias y una demanda de mano dura alimentada por años de inseguridad. Pero el quiebre no tiene una puerta definida.
Una generación que décadas atrás habría sido interpelada desde la identidad asalariada hoy puede reconocerse de otra manera, por caso. Conductores de Uber, repartidores y trabajadores de plataformas organizan sus jornadas con grados de autonomía que, aunque conviven con ingresos inestables y menor protección laboral, no siempre son percibidos como precarización. De ahí que el discurso de Lula choque con techos que antes no existían.
Vieira lo sintetiza con una imagen: el trabajador puede sentir que no tiene jefe, aunque lo gobierne un algoritmo invisible -e inescrutable- dentro del teléfono. Ahí se abre una disputa no sólo económica sino identitaria: mientras la izquierda lo describe como precarizado y vulnerable, la derecha le habla de autonomía, libertad, emprendedurismo y posibilidad de prosperar. Y se acomoda mejor con su narrativa a los sueños de desarrollo de las nuevas generaciones. Es lógico qué discurso puede hallar mayor receptividad.
Los datos nacionales ayudan a dimensionar la paradoja. El IBGE registró en 2025 casi dos millones de personas que trabajaban mediante plataformas digitales. Entre quienes tenían allí su ocupación principal, casi nueve de cada diez trabajaban por cuenta propia.
Sin embargo, cumplían en promedio 44,7 horas semanales, contra 39,3 entre quienes no dependían de plataformas, por un ingreso mensual prácticamente idéntico. El ingreso por hora era 12% menor y la informalidad alcanzaba al 72,1%. La estadística no fue desagregada por estado y no puede trasladarse mecánicamente a Río, pero muestra la tensión nacional entre autonomía y desprotección.
Gustavo Nasa, economista y funcionario del ICRA en Brasilia, amplía el diagnóstico. Para él, el problema del PT con las nuevas generaciones no consiste simplemente en “hablarles mejor”. El partido nació en un mundo estructurado alrededor de sindicatos, fábricas, movimientos sociales, comunidades eclesiales y organizaciones territoriales capaces de convertir dificultades individuales en demandas colectivas. Mientras que en la actualidad, una parte de los jóvenes vive en servicios, plataformas, informalidad, alta rotación y vínculos cada vez más mediados por las redes.
“El problema no es de lenguaje, y mucho menos de estética. Es de presencia, organización y capacidad de disputar sentido allí donde esa generación vive, trabaja y forma su visión del mundo: en trabajos precarios, plataformas, periferias, universidades y redes digitales”, describe ante este medio.
René Silva, periodista, activista de la favela Alemão y creador de Voz das Comunidades, agrega otra pieza: muchos brasileños son hoy microemprendedores individuales —MEI— y organizan sus propios horarios. Paradójicamente, una figura que estimuló el propio gobierno de Lula, asegura. En ese universo, debates como la jornada 6x1 no interpelan a todos del mismo modo. Y Flávio identificó ese nicho para explotarlo, añade Silva.
Si bien no hay una lectura lineal ni elementos suficientes que permitan etiquetar a “la juventud” como un bloque conquistado por el bolsonarismo, lo evidente es la frustración material que caracteriza al grupo más joven de la población y que parece no ocurrir solo en Río o en Brasil. Sobre estas falencias, el PT perdió la atracción que arrastraba en el pasado como opción revolucionaria y el cambio -la mudança del país, como dicen aquí- cabe mejor hoy en la narrativa bolsonarista.
El impacto de la violencia en Río de Janeiro: cuando el miedo organiza la vida
En Río, el problema no termina cuando se apaga la aplicación. La violencia atraviesa la experiencia diaria de amplias zonas de la ciudad y su región metropolitana. Vieira sostiene que allí el miedo puede adquirir una potencia política que compite con los discursos tradicionales de clase, derechos y democracia, incluso con las estrategias tradicionales de la izquierda cuando se abordan estas problemáticas sociales.
La dimensión territorial es difícil de soslayar. Una actualización del Mapa Histórico dos Grupos Armados, elaborada por GENI/UFF y Fogo Cruzado, estimó que en 2024 cerca de cuatro millones de habitantes de la Región Metropolitana de Río —el 34,9% de la población— vivían bajo control o influencia de algún grupo armado. Los investigadores definen “control” como la capacidad de extraer recursos, imponer normas de conducta y sostener ese orden mediante la fuerza.
Eso ayuda a entender la observación de Vieira sobre la nueva economía que regentean las milicias y que va mucho más allá de delitos comunes o la venta de protección: intervienen también en transporte, distribución de gas, conexión a internet y otras actividades cotidianas, donde el Estado está ausente y el mercado legal no llega. Narcotráfico y estructuras milicianas se convierten así en poderes que regulan aspectos básicos de la vida comunitaria.
La violencia tampoco se expresa únicamente en homicidios. Un estudio de UNICEF, Fogo Cruzado y GENI/UFF calculó que al menos 188.694 niños y adolescentes de la red municipal de Río tuvieron afectados sus trayectos entre la casa y la escuela por interrupciones del transporte vinculadas a violencia armada entre enero de 2023 y julio de 2025. El dato muestra un aspecto menos espectacular pero de la vida diaria: el miedo altera circulación, horarios y acceso a derechos básicos.
En ese contexto, la promesa de orden encuentra una traducción política posible. Vieira sostiene que la derecha logró capitalizar mejor el discurso de mano dura. Pero Silva, desde su labor cotidiana con los sectores más vulnerables, introduce una corrección importante: la misma violencia no produce necesariamente el mismo voto.
En este sentido, un habitante de favela que apoya a Bolsonaro puede responsabilizar al gobierno de Lula porque la inseguridad no fue resuelta, aunque sea potestad de los estados y sus gobernadores y no de la administración central en Brasilia. Pero otro elector, identificado con el PT, puede temer que una estrategia más agresiva de Flávio contra el crimen organizado empeore la situación. De hecho, no hace mucho, las calles de Río de Janeiro se convirtieron en el teatro de una guerra abierta entre fuerzas de seguridad y narcos que dejó 122 personas muertas.
La llamada “Operación Contención” tuvo lugar el 28 de octubre de 2025 con más de 2.500 agentes con vehículos blindados y helicópteros en plan de asestar un golpe letal a los centros de comando de la facción criminal Comando Vermelho (CV) en los complejos de favelas del Alemão y de la Penha, en la zona norte de la ciudad.
En aquel momento, el alcalde Eduardo Paes brindó su apoyo institucional frente a la guerra que había desatado el mandatario bolsonarista Claudio Castro en su ciudad. Pero una vez que se perfiló como candidato a la gobernación, con el respaldo de Lula, mostró distancia y ensayó algunas críticas. Hace tres semanas, perdió su elección para la gobernación.
Si bien no es factible decir que la violencia determina automáticamente una opción electoral, los entrevistados coinciden y los datos apuntalan la lectura de que su expansión cambia las preguntas que el votante le hace a la política: quién controla el territorio, quién garantiza seguridad y qué ocurre cuando el Estado aparece de manera intermitente o principalmente bajo su faceta coercitiva. No es inocente el énfasis entonces del candidato del Partido Liberal en esas cuestiones.
Religión y política: el alcance de la iglesia evangélica donde otras instituciones pierden presencia
Es en ese mismo territorio donde Vieira introduce el tercer componente del “laboratorio” carioca: las iglesias evangélicas. Su explicación evita reducirlas a máquinas electorales. Reconoce que en muchas comunidades funcionan como espacios de amor, cuidado, ayuda y pertenencia, ocupando lugares que otras instituciones dejaron vacantes.
La presencia evangélica tiene además una dimensión generacional comprobable, aunque no específicamente carioca. La investigación Religião e Vida Pública no Brasil, coordinada por el ISER y con trabajo de campo de Quaest, encontró en 2026 que el 33% de los brasileños de entre 16 y 34 años se identificaba como evangélico, por encima del 29% del promedio nacional de mayores de 16. El Censo 2022 también había encontrado una presencia proporcionalmente mayor entre adolescentes que en el promedio general.
Ese dato no transforma la religión en intención de voto, en particular porque hay referentes de la fe evangélica con mayor proximidad con Lula. Sí ayuda a dimensionar, no obstante, el peso de instituciones que, como describe Vieira, ofrecen vínculos personales, contención y una comunidad estable allí donde partidos, sindicatos u organizaciones territoriales cedieron presencia. Y allí también Bolsonaro encontró una línea para su discurso.
Vieira vincula el crecimiento evangélico en las periferias y la Baixada Fluminense con la capacidad del bolsonarismo para articular agendas morales, seguridad y orden, en los contextos de vulnerabilidad que se describen. Su explicación es política: las iglesias no constituyen un universo homogéneo ni todos sus fieles votan del mismo modo y de hecho las generalizaciones tienen sus excepciones, como suele suceder. Pero la sintonía discusiva acerca posiciones.
“Soy hijo de pastores, nieto de pastores, y en mi familia hay muchos que votan a Bolsonaro. Pero yo no”, retruca Thiago, mientras conduce el Uber de regreso de los estudios de Globo donde acaba de desarrollarse el último debate antes del balotaje entre Lula y Bolsonaro. “Yo voté a Luiz Inácio Lula da Silva. Y espero que gane el domingo: quiero a Brasil y quiero educación”, resalta con su sonrisa difícil de ocultar en la oscuridad, mientras suena una samba de fondo,
Todas las voces convergen en un punto: el problema del PT con una parte de las nuevas generaciones es más profundo que una campaña en redes. Vieira pone el acento en el lenguaje; Nasa, en la pérdida de presencia y capacidad de organización y Silva, en un elector cuya experiencia política transcurre cada vez más a través de una pantalla. En contrapartida, se muestran más fértiles ante quienes prometen una alternativa.
Río aparece en esta disputa por el balotaje no solo como una explicación acabada del fenómeno del bolsonarismo sino como un laboratorio en plena fase de experimentación, una versión concentrada de los dilemas que enfrenta el progresismo y que los Bolsonaro supieron capitalizar en Brasil en 2018 con éxito y seis años después con suficiente poder de daño como para poner en jaque, de momento, la continuidad del PT.
Pero ningunas de las variables que convergen en la sociedad carioca convierte de manera automática a sus integrantes -y en particular a sus jóvenes- en votantes de Flávio Bolsonaro. Lo indiscutible es que las categorías con las que históricamente el PT y otras fuerzas del progresismo latinoamericano organizaron su relación con trabajadores y sectores populares ya no bastan por sí mismas. Y la elección de este domingo puede bosquejar cómo sigue ese camino.