Chile decidió jugar fuerte en la carrera por la Secretaría General de Naciones Unidas y, con un movimiento coordinado junto a Brasil y México, oficializó la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet.
El anuncio, realizado por el presidente Gabriel Boric, instala un competidor de peso frente al argentino Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica, quien también aparece en las conversaciones regionales como posible aspirante al máximo cargo diplomático global.
Boric destacó que Bachelet “encarna fielmente los valores de la ONU” y que su postulación representa una esperanza compartida: que América Latina y el Caribe hagan oír su voz en la construcción de soluciones colectivas ante los desafíos de la época. Con este respaldo explícito, Chile busca reposicionarse como actor influyente en la escena internacional, impulsando una figura con trayectoria en derechos humanos, democracia y gobernanza global.
La candidatura de Bachelet no es solo un gesto simbólico: implica una apuesta estratégica en un escenario donde la región aspira a recuperar protagonismo dentro del multilateralismo. La exmandataria cuenta con experiencia directa en Naciones Unidas, donde fue Alta Comisionada para los Derechos Humanos, un antecedente que refuerza su perfil como dirigente global.
En paralelo, la figura de Grossi aparece como la carta argentina con proyección internacional. Su liderazgo en el ámbito nuclear y su visibilidad en temas de seguridad global lo convierten en un candidato competitivo. Sin embargo, la entrada de Bachelet abre una disputa regional que podría definir alianzas y tensiones diplomáticas en los próximos meses.
Con este paso, Chile plantea que la próxima conducción de la ONU podría tener sello latinoamericano, y busca consolidar a Bachelet como alternativa frente a otros nombres en carrera. La competencia, aún incipiente, anticipa una puja intensa por el liderazgo de un organismo clave en un mundo atravesado por conflictos, crisis climática y desafíos democráticos.