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Mientras el Gobierno despliega una batería de medidas para convencer a los argentinos de sacar los dólares del colchón y volcarlos al sistema financiero, al consumo o a la inversión, los datos muestran que la costumbre más arraigada de la economía local sigue vigente: las llamadas “personas humanas” como las califica el Banco Central, mantienen, los que pueden y tienen resto, comprar dólares para ahorrar.

La paradoja es evidente. Nunca en los últimos años hubo tantas condiciones para que los dólares permanecieran dentro del circuito formal. Los depósitos en moneda extranjera del sector privado ya rondan los u$s 40.000 millones y el stock de préstamos en dólares se acerca a los u$s 20.000 millones. Sin embargo, la dolarización de los excedentes de las familias no se detiene.

Las estadísticas cambiarias del Banco Central muestran que las personas humanas continúan siendo las principales protagonistas de la formación de activos externos. Sólo en abril, unas 1,5 millones de personas compraron billetes para atesoramiento por u$s 2.292 millones netos. En total, la formación de activos externos de las personas físicas alcanzó los u$s 2.876 millones.

Más aún: desde diciembre de 2023, las compras netas acumuladas de moneda extranjera por parte de personas humanas superan los u$s 45.500 millones. Se trata de una dinámica que el ministro de Economía, Luis Caputo, intenta revertir desde el inicio de la gestión. Por ahora con éxito más que acotado.

Primero fue la estabilización macroeconómica, el ajuste fiscal y la reducción de la emisión monetaria. Luego llegó la flexibilización cambiaria y la eliminación de restricciones para operar en el mercado oficial. Más tarde aparecieron el blanqueo y los incentivos explícitos para movilizar los dólares no declarados, desde el régimen simplificado de Ganancias hasta el proyecto de “Inocencia Fiscal” y las medidas destinadas a facilitar operaciones en dólares dentro de la economía.

El objetivo siempre fue el mismo: transformar el canuto en ahorro formal, crédito, inversión o consumo. Pero el resultado, por ahora, parece parcial. Los dólares ingresan cada vez más al sistema financiero, pero los argentinos siguen comprándolos.

Para Gustavo Araujo, Head of Research de Criteria, la explicación es más profunda que cualquier coyuntura económica. “En Argentina persiste una demanda estructural de dólares para atesoramiento asociada a un régimen de bimonetariedad de facto. Los hogares y las empresas utilizan pesos como medio de pago, pero eligen dólares como principal activo de reserva de valor”, explica.

Según el especialista, existe un piso relativamente estable de formación de activos externos de entre US$ 1.700 millones y US$ 2.000 millones mensuales incluso en períodos de normalidad. Cuando aumenta la incertidumbre política o cambiaria, esa demanda puede duplicarse y alcanzar niveles de US$ 4.000 o US$ 5.000 millones mensuales.

La historia reciente parece darle la razón. Durante las elecciones legislativas de 2025 las compras para atesoramiento llegaron a rozar los US$ 4.500 millones por mes. Y aunque todavía falta para el próximo turno electoral, varios economistas coinciden en que el calendario político volverá a jugar un papel relevante.

Tasas bajas y cobertura

Martín Polo, estratega jefe de Cohen, encuentra una explicación adicional. “Argentina estructuralmente siempre tuvo una demanda alta de activos externos. Pero además hoy las tasas en pesos quedaron muy bajas para competir contra el dólar”, sostiene. A su juicio, la estabilidad cambiaria por sí sola no alcanza para modificar el comportamiento de los ahorristas. “El Gobierno asegura que van a sobrar dólares, pero evidentemente el común de la gente no lo cree tan así y sigue cubriéndose”, señala. Con rendimientos en pesos cada vez más reducidos y un dólar que dejó de estar completamente planchado, muchos inversores prefieren resignar rendimiento antes que asumir riesgos.

Sebastián Menescaldi, director de Eco Go, cree que la explicación tiene raíces mucho más profundas. “La historia nos condena”, resume. “Después de décadas de inflación crónica, sucesivas devaluaciones y la eliminación de trece ceros de la moneda nacional, la compra de dólares continúa siendo para muchos argentinos la forma más natural de preservar riqueza. Seguimos sin tener un horizonte firme y claro. El riesgo político todavía existe y comprar dólares sigue siendo una alternativa viable, aunque cara”, afirma.

Fuente: Shutterstock
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Menescaldi agrega otro dato relevante: la inversión inmobiliaria, históricamente utilizada como sustituto del dólar, perdió atractivo. Durante años, comprar un departamento en pozo o construir una vivienda funcionó como refugio de valor frente al cepo y la inflación. Hoy el escenario cambió.

Los costos de construcción alcanzaron niveles históricamente elevados medidos en dólares y, además, la eliminación de las restricciones cambiarias redujo la necesidad de utilizar ladrillos como mecanismo indirecto de dolarización. “Sin cepo, la construcción perdió parte de su atractivo como sustituto del ahorro en dólares”, resume.

Desde Balanz, Jerónimo Badin introduce un matiz importante. Si bien las compras de dólares continúan siendo elevadas, la diferencia con otros episodios es que ahora los fondos permanecen dentro del sistema financiero.

Según datos del Banco Central, cerca del 90% de los dólares comprados para atesoramiento quedan depositados en cuentas locales. “Eso permite respaldar depósitos, aumentar el crédito en moneda extranjera y profundizar el mercado de capitales”, explica.

En otras palabras, el fenómeno ya no implica necesariamente una fuga de recursos del sistema financiero, como ocurría durante los años de cepo. Sin embargo, varios economistas advierten que el impacto sobre la actividad económica existe.

Ricardo Arriazu sintetizó recientemente esa preocupación con una frase contundente: “Cada dólar menos que compren los argentinos es un dólar más de demanda interna”. La observación apunta a un mecanismo simple. Cada peso destinado a comprar divisas es un peso menos destinado al consumo, la inversión o el ahorro en instrumentos financieros locales.

Jorge Vasconcelos, economista jefe de la Fundación Mediterránea, lo cuantificó con precisión. “Cada US$ 500 millones que aumenta la fuga hacia el colchón se está sustrayendo de la demanda agregada el equivalente al 2,4% de la masa salarial mensual”, afirmó.

El desafío pendiente

Las medidas implementadas lograron algo que parecía imposible hace pocos años: los dólares vuelven a los bancos, crece el crédito en moneda extranjera y buena parte de los ahorros permanece dentro del sistema.

Pero todavía no consiguieron modificar un comportamiento que lleva décadas arraigado en la cultura económica argentina. Mientras persistan las dudas sobre el futuro político, las tasas en pesos sigan siendo poco atractivas y el recuerdo de las crisis continúe fresco en la memoria colectiva, el dólar seguirá ocupando el lugar que históricamente tuvo: el de refugio predilecto de los argentinos.

Y eso implica que el famoso colchón, aunque algo más liviano, todavía está lejos de vaciarse.