El respaldo a los presidentes se deterioró en buena parte de América y Europa durante 2026, pero los datos no permiten establecer una relación automática entre caída de aprobación y derrota electoral.
Esa es una de las principales conclusiones del último informe del Observatorio Pulsar.UBA al que accedió El Cronista, que analizó 226 mediciones entre mayo y octubre y comparó la evolución de 17 mandatarios.
El dato general es contundente: de los 14 presidentes que permanecieron en sus cargos durante todo el período analizado, 12 perdieron aprobación, uno se mantuvo estable y solamente uno mejoró. El deterioro, sin embargo, tuvo magnitudes muy diferentes. Mientras Rodrigo Paz cayó 31 puntos y José Antonio Kast perdió nueve, Lula da Silva fue el único que logró mejorar, aunque apenas un punto respecto del primer cuatrimestre.
La pregunta adquiere especial relevancia este domingo, cuando Brasil irá al balotaje entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. La primera vuelta dejó una diferencia estrecha: Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%, por lo que ninguno alcanzó la mayoría necesaria y la elección quedó definida para el 25 de octubre.
En ese contexto, los números de aprobación ofrecen una fotografía interesante. Lula llega a la definición con 44% de aprobación en septiembre y un promedio de 46% entre mayo y octubre. Durante 2026 su respaldo se movió dentro de una franja relativamente estable, siempre por debajo del 50%, sin una recuperación sostenida pero tampoco con un derrumbe. Desde el comienzo de su tercer mandato perdió 7,3 puntos: pasó de un promedio inicial de 51,5% a 44,2% antes de esta elección.
La comparación con Jair Bolsonaro resulta especialmente significativa. Antes de perder la elección de 2022, el entonces presidente tenía una aprobación promedio de 39,5%, después de haber sufrido una caída de 27,5 puntos desde el inicio de su mandato. Lula, en cambio, llega ahora con un respaldo superior y con un desgaste mucho menor. Pero el propio estudio advierte que eso no alcanza para anticipar el resultado.
La experiencia internacional muestra por qué. Justin Trudeau, Emmanuel Macron y Pedro Sánchez consiguieron continuar en el poder pese a haber perdido más de 20 puntos de aprobación. En sentido contrario, Bolsonaro, Olaf Scholz y Rishi Sunak no lograron renovar sus mandatos. Incluso Donald Trump perdió las elecciones de 2020 con una aprobación previa similar a la que tenían otros presidentes que sí consiguieron continuar. La conclusión del informe es que una misma cifra de aprobación puede convivir con desenlaces electorales completamente diferentes.
Para Lula, por lo tanto, el dato más relevante no es solamente cuánto mide su aprobación sino qué capacidad tuvo para ampliarla antes de llegar al balotaje. El informe encuentra allí un límite: el presidente consiguió conservar buena parte de sus apoyos, pero no logró sumar respaldo de manera sostenida. La primera vuelta, además, mostró que una porción importante del electorado se movilizó detrás de una alternativa opositora.
El escenario de los últimos días confirma que la elección llega abierta. La encuesta Quaest difundida el miércoles ubicó a Flávio Bolsonaro en 45% y a Lula en 44%, dentro del margen de error de dos puntos. En votos válidos, el resultado fue 50,56% contra 49,44%, mientras que la tasa de rechazo también aparece como un factor relevante: 52% para Flávio y 47% para Lula.
El otro gran caso que analiza el informe es Donald Trump, que enfrenta el 3 de noviembre sus segundas elecciones de medio término. Su aprobación promedio entre mayo y octubre se ubica en 38%, apenas por encima del piso de los últimos 50 años: George W. Bush tenía también 38% cuando llegó a las elecciones de 2006, en las que los republicanos perdieron 30 bancas en la Cámara de Representantes y seis en el Senado, cediendo ambas cámaras.
Trump además acumula una caída de 12 puntos desde el comienzo de su segundo mandato, una trayectoria que el informe compara con la de Joe Biden. Ambos llegaron a una instancia electoral con niveles de respaldo cercanos al 40%, aunque el deterioro de Trump fue más rápido durante los primeros meses y luego se estabilizó alrededor de ese nivel.
Hay otro dato que resulta significativo para evaluar el desgaste del presidente estadounidense: la guerra con Irán no produjo el tradicional “efecto bandera” que puede elevar transitoriamente la aprobación de un mandatario durante una crisis internacional. Trump tenía 37% de aprobación en febrero y 36% en julio. Y, según una medición de Pew Research Center citada por el informe, entre fines de septiembre y comienzos de octubre el 65% desaprobaba su manejo de las operaciones militares contra Irán, frente a apenas 33% que lo aprobaba.
El tercer dato regional aparece en Javier Milei. El Presidente argentino queda ubicado en el octavo lugar del ranking, con 37% de aprobación promedio entre mayo y octubre, por debajo de Lula (46%) y Trump (38%), pero por encima de otros mandatarios como José Antonio Kast (36%) y Daniel Noboa (35%).
Milei, además, forma parte del grupo de presidentes cuyo respaldo se deterioró durante el año: perdió cuatro puntos entre el primer cuatrimestre y el período mayo-octubre. No se trata de una caída comparable con los casos más pronunciados del ranking, pero sí de una señal de desgaste que lo coloca en el mismo segmento de aprobación que Trump y cerca de Lula, aunque con trayectorias políticas y electorales muy diferentes.
El contraste entre los tres casos permite plantear una pregunta que atraviesa todo el informe: ¿cuánto pesa realmente la aprobación presidencial cuando los ciudadanos vuelven a votar? Brasil ofrecerá la primera respuesta inmediata. Estados Unidos tendrá otra prueba apenas unos días después. Y la Argentina queda como un tercer caso para observar la evolución de un gobierno que, aun con una aprobación inferior a la de Lula, conserva un nivel de respaldo que lo mantiene dentro del grupo intermedio del ranking.
El estudio deja una conclusión menos lineal que la idea de que “el que cae, pierde”. El desgaste importa, pero no alcanza por sí solo para explicar una elección. La aprobación puede marcar las condiciones en las que un presidente llega a las urnas, pero el resultado depende también de la competencia, la polarización, los temas que dominan la campaña y la capacidad de cada candidato para convertir respaldo social en votos.