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Para entender las decisiones de política exterior de Trump, siempre conviene partir de la misma pregunta: ¿cómo afecta esto a China? Aun las acciones más extravagantes, las que a veces parecen más difíciles de comprender, tienen casi siempre el mismo objetivo de fondo: contener el avance chino como potencia económica y política y mantener a Estados Unidos en el lugar de primacía que ocupa desde hace más de un siglo.

La guerra en Oriente Medio no fue la excepción. China importa cerca del 70% del petróleo que consume y alrededor de la mitad de ese volumen viene del Golfo Pérsico. El 90% del crudo que exporta Irán termina en refinerías chinas. Muchas de ellas son las teapots (teteras), nombre informal con el que se conoce a las plantas que procesan el producto clandestino que la República Islámica vende mediante su flota fantasma para evadir sanciones.

En la cabeza de Trump, era una jugada maestra. Asestar un golpe sin precedentes al régimen que desde hace 47 años canta “muerte a Estados Unidos” para precipitar su caída o forzar un cambio profundo en su orientación, y al mismo tiempo poner en aprietos a su gran rival geopolítico.

Según esta lógica, China iba a enfrentar un problema de desabastecimiento de corto plazo, mientras durara el conflicto, y un aumento de costos que en el largo plazo iba a afectar su productividad. Esto bajo el supuesto de que Washington pasaría a controlar a Irán y, a través suyo, el estrecho de Ormuz por el que transita una porción decisiva de la energía china.

Las negras también juegan

Pero las cosas no salieron como estaban planeadas y, transcurridos casi 50 días de guerra, China parece en una posición más fuerte que Estados Unidos. El dato más importante es político: Washington se encamina a retirarse con un fracaso, el de no haber podido domesticar al régimen iraní. Sin casi mover sus piezas, Beijing mantiene a su principal aliado en Oriente Medio y celebra el tropezón de su adversario.

Los resultados económicos no son menos elocuentes. Hasta el lunes, Irán había logrado administrar Ormuz de manera tal que no salían barcos con petróleo y gas, salvo aquellos destinados a China y a otros aliados dispuestos a pagar un peaje de hasta u$s 2 millones en yuanes o cripto. En la mañana del viernes, Teherán informó que liberaba el paso mientras se extienda la tregua.

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El bloqueo naval estadounidense parece haber roto ese esquema, pero es difícil medir su eficacia porque se da en el contexto de un cese del fuego que, por ahora, todas las partes están respetando.

Eso no significa que China no haya sufrido cierto estrés. Pero tiene mucha más espalda de la que creía Trump para afrontarlo. Sus reservas estratégicas superan los 1.200 millones de barriles de petróleo, tres veces las de Estados Unidos, que las vio aún más reducidas por la decisión de liberar 172 millones para amortiguar la suba de precios.

A eso se suma que China es el país que más invirtió en energías renovables en los últimos años para reducir su dependencia de los combustibles fósiles. Eso lo convirtió en un gran exportador de insumos verdes, desde paneles solares hasta turbinas eólicas. Entonces, así como Estados Unidos se convirtió en el mayor productor de crudo gracias a la revolución shale y está aumentando sus exportaciones, China también se verá beneficiada por un aumento en la demanda de tecnologías que permitan reducir la dependencia del Golfo.

Pero Xi Jinping tiene una ventaja estratégica: el tiempo le sobra. Piensa su política en décadas porque no se tiene que preocupar por elecciones. Puede absorber shocks de corto plazo y seguir mirando el mediano y el largo. Estados Unidos no. En un sistema democrático como el suyo, el poder político se evapora con mucha facilidad.

La guerra evidenció otra vulnerabilidad de Estados Unidos. Está agotando sus reservas de ataque y defensa, desde misiles Tomahawk hasta sistemas Patriot, que ya venían tensionadas por los tres años de apoyo a Ucrania durante la administración Biden. Continuar la ofensiva contra Irán implica arriesgarse a quedar más expuesto frente a otras hipótesis de conflicto. Y recomponer esos stocks lo expone a una mayor dependencia de China, amo global de los minerales críticos que son indispensables para todos esos sistemas.

Por todas estas razones, Trump necesita cerrar cuanto antes el capítulo persa. El mercado cree que no se van a reanudar los combates y por eso el S&P 500 quebró su récord histórico esta semana. El cese del fuego entre Israel y Líbano que comenzó a regir anoche es otra señal de que todo se encamina a una resolución.

Crece la tensión en Medio Oriente y Estados Unidos despliega el portaaviones más letal en pleno conflicto con Irán Fuente: Shutterstock

Teléfono rojo

Este es el contexto de la conversación telefónica que mantuvieron el miércoles Trump y Xi Jinping, después de la suspensión de la cumbre prevista entre el 31 de marzo y el 2 de abril en Pekín. El diálogo llegó justo después de que el Financial Times revelara que Irán habría usado un sistema satelital espía chino para atacar con eficacia bases estadounidenses en todo Oriente Medio.

La inteligencia norteamericana habría detectado que China se preparaba para enviar nuevos sistemas de defensa antiaérea a la Guardia Revolucionaria. Eso es lo que Trump intentó frenar con un llamado amistoso, pero acompañado por una amenaza: aplicar un 50% adicional de aranceles si se confirmaba una venta de armas a Irán.

Según Trump, Xi se comprometió a no suministrar armamento a Irán. Y confirmó que se verán en unas semanas para darse “un abrazo grande y gordo”. Buscarán firmar una tregua más duradera de la que firmaron el año pasado tras la gran batalla comercial que terminó con una victoria acotada para el estadounidense.

Una relación comercial que arrancaba con aranceles promedio casi empatados en torno al 21%, que llegó en mayo del año pasado a un pico de 148% de Estados Unidos sobre China y de 127% de China sobre Estados Unidos, quedó en 47,5% contra 31,9%.

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Números que le permiten a Estados Unidos incentivar tanto la relocalización de empresas hacia el interior del país como hacia otras partes del sudeste asiático que enfrentan menores barreras comerciales. Una victoria que tuvo su costo: China consiguió acceso a ciertos microprocesadores estadounidenses que habían sido restringidos durante la era Biden.

Retirarse del pantano persa le permitirá a Estados Unidos volver al frente que considera verdaderamente decisivo: el continente americano. Panamá, Groenlandia, Venezuela, Cuba y la presión sobre países como Chile para que no firmen acuerdos sensibles con Pekín son parte de esa jugada. Ahí Washington puede ser mucho más eficaz para limitar un avance chino que, hasta hace poco, parecía irrefrenable.