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Lula da Silva y su peor pesadilla

En el último mes, el mundo vio como Rio Grande do Sul, y principalmente la región metropolitana de Porto Alegre, vivía la peor catástrofe climática registrada de los últimos 50 años en Brasil. Una región metropolitana de más de 4 millones de habitantes, junto a un área de influencia que corre desde la Laguna de los Patos frente al océano Atlántico hasta el centro norte del estado gaucho, abarcando en su impacto social y ambiental a más de 8 millones de personas.

Una catástrofe de dimensiones bíblicas, que estiman deje secuelas imborrables en la sociedad y en su economía. Cabe destacar que Rio Grande do Sul es el cuarto estado más rico de Brasil, aporta cerca del 15% de la producción agrícola que genera una parte significativa del superávit de la balanza comercial. Es uno de los grandes estados industriales de Brasil, cuna de grandes multilatinas como la principal fabricante de buses, Marcopolo, o de uno de los principales grupos siderúrgicos de Brasil como Gerdau, o en el sector petrolero de la segunda mayor red de distribuidores de combustible como Ipiranga.

Lula da Silva

Pero, además, el impacto de estas lluvias en plena época de cosecha no solo afecta en la soja o maíz que se exporta, sino también en la principal cuenca arrocera de Brasil, que ha llevado a una quiebra de stocks que terminará impactando sobre la mesa de la familia brasileña. En términos generales, la estimación es que el producto este año tenga una caída de dos dígitos, donde además la destrucción de la infraestructura en puntos neurálgicos del transporte y demás servicios públicos impactará en la recuperación de mediano plazo del sur de Brasil.

Frente a este cataclismo, Lula da Silva se encuentra con un gran desafío para su mandato y principalmente para su aventura reelectoral. El gobierno de Lula ya venía trastabillando en su primer año y medio de gobierno debido a que la economía no estaba recuperando de la forma que querían. En consecuencia, el presidente se pasó los últimos meses culpando al Banco Central y su política de tasas que enfriaron la economía brasileña. Pero donde la realidad muestra que el flight to quality de los fondos en Brasil no se frenó por el ruido de un cambio de política monetaria que puede venir luego del cambio este año del presidente del Banco Central de Brasil siguiendo lo estipulado en su estatuto.

Por otro lado, el ala política más dura del Partido de los Trabajadores vino presionando permanentemente al ministro Fernando Hadad para que aumente el gasto público, logrando quebrar las expectativas de equilibrio fiscal para este año, debido a un rojo estimado para este año superior a los R$ 900 mil millones, similar al último gobierno de Dilma Rousseff. Pero, además, todo este descalabro se da en medio a una estrategia de comprar voluntades por parte del oficialismo, en un Congreso adverso con partidas presupuestarias especiales para diputados y senadores. Y, por último, no debemos olvidar que este año, en octubre, en Brasil se vota elecciones para intendentes y concejales en todo el país. Es la elección de medio término en Brasil.

En consecuencia, de este duro camino cuesta arriba que ya venía enfrentando el gobierno de Lula, en un contexto de una sociedad polarizada, donde las discusiones de las famosas fake news, la actitud complaciente de la Suprema Corte de Justicia con el oficialismo y las arremetidas de Elon Musk desde Estados Unidos, son combustible para un ambiente político muy crispado. Pero entonces, a inicios de mayo ocurre esta catástrofe ambiental en el sur de Brasil.

Todo el arco político en Brasil está buscando sacar ventajas de esta tragedia en el contexto de unas elecciones nacionales que ocurrirán en octubre. El Gobierno, que este año es sede del G20 y el año próximo de la COP30 medioambiental, tiene una oportunidad de mostrarse con un liderazgo fuerte y decidido, cosa que hasta ahora no ocurrió. La reconstrucción de Rio Grande do Sul insumirá una tarea titánica de gestión y gasto. Sin embargo, el Gobierno se encuentra con poca sabana para poder afrontar una estrategia de gasto e inversión liderada desde el presupuesto nacional. Mostrar una gestión eficiente frente a la crisis, que sea percibida como eficiente y no sobreactuada políticamente para fines electorales frente a una población harta de la situación, que con sus redes sociales muestra los errores rápidamente y critica abiertamente a todos los estamentos del gobierno, sea nacional, provincial y municipal por igual, es un gran desafío.

Lula hoy enfrenta su propia crisis del Covid, con una dimensión menor, pero con restricciones presupuestarias y principalmente discursivas similares. Construir una estrategia que le brinde una oportunidad de reposicionarse en la agenda pública de cara a las elecciones de octubre será un desafío titánico. La oportunidad está, sin embargo, las disputas internas en el oficialismo entre los activistas verdes de izquierda y los moderados, deberá zanjarse en una política visiblemente pragmática y eficiente para que esta crisis no se transforme en la tumba política del actual Gobierno.

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