En la economía doméstica prevalece la percepción de que los datos negativos pueden desacomodar toda la cancha. Es lo que sucedió con el 3,4% de inflación de marzo. Pero algo similar pasaba el año pasado cuando no se acumulan reservas o cuando el PBI empezaba a mostrar una curva descendente.
Lo que sucede con estos indicadores es que desatan los denominados sesgos de confirmación. Los que piensan que el rumbo está mal, o que simplemente un encadenamiento de variables poco favorables va a empeorar la situación, solo están a la espera del próximo dato que confirme esa sensación.
A la Argentina siempre le faltó comprender la noción de ciclo. Los países desarrollados tienen periodos de alzas y bajas, pero sus líderes (y también sus sociedades) no tienen la ansiedad por lograr resultados de corto plazo. Es entendible que crisis largas generen demandas de ese tipo. Pero la ilusión del atajo nunca funcionó. Las pruebas están a la vista.
Las razones del salto inflacionario del mes pasado eran identificables y pueden persistir algún tiempo más, pero no alteran la tendencia. Por eso abril no será igual a marzo. El BCRA sumó u$s 6000 millones y ese flujo seguirá creciendo. Los pagos de deuda fueron reasegurados y la noción de que nada se interpondrá en el objetivo del superávit fiscal sigue firme. Hay una economía que está cambiando (en un mundo que también lo hace) y lo relevante es ver dónde encajara cada empresa y cada persona en ese escenario. En eso hay que enfocarse hoy. Siempre haya ganadores y perdedores, pero los que ganan son los que se preparan para lo que viene. Obsesionarse con anticipar el riesgo político de 2027 es seguir golpeando la puerta de las profecías autocumplidas.